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Entrevistas

Etiquetas:   Entrevista   -   Sección:   Entrevistas

'Así como el ladrón de bancos, un cronista debe buscar la esencia de la historia tratando de pasar lo más desapercibido posible'

Juan Pablo Meneses, cronista
Redacción
viernes, 16 de febrero de 2007, 10:51 h (CET)
Juan Pablo Meneses es un cronista de gran prestigio en América Latina. Nació en Chile, estudió en Barcelona y en la actualidad vive en Argentina. Sus crónicas han aparecido en importantes revistas como Gatopardo, National Geographic, Etiqueta Negra y es columnista del diario chileno El Mercurio. Es autor del libro Equipaje de mano (Planeta, 2003) y del imperdible Sexo & Poder. El extraño destape chileno (Planeta, 2004). Ha sido becario y relator de los talleres de la Fundación Nuevo Periodismo, presidida por Gabriel García Márquez. Si desean saber más de él, pueden leer un libro suyo completo: Un día con Juan Pablo Meneses.




Juan Pablo Meneses

Gabriel Ruiz-Ortega / Siglo XXI

Juan Pablo, ¿cómo llegaste a la crónica?

Porque me gusta escribir, básicamente. Siempre quise contar historias y me ha tocado vivir el momento, el de ahora, el de mi generación y la que viene, donde por fin despertó la crónica y es –por muy lejos- la mejor forma de contar los días que corren. Supongo que ayuda mucho que pertenezca y viva en Latinoamérica: un continente cuyas disparatadas historias alguna vez alimentaron grandes ficciones. Cualquiera de las crónicas de “Equipaje de mano”, en otra época, perfectamente podrían haber sido publicadas como cuentos. Pasa que ahora estamos más conscientes de que eso es crónica. De que eso es real. Llegué buscando una manera de escribir, y fue la crónica la que me salió a recibir con el mejor traje. Y la elegí a ella.

Una de las características de tu trabajo yace en la mirada que linda entre la ironía y la ternura. ¿Cuáles son los parámetros que usas a la hora de escribir sobre un hecho determinado?

Trato de no llevar un manual de parámetros en mi equipaje de mano. Cuando llego a un sitio espero, pacientemente, que la historia me toque. Y por ahí sigo. No hay apuros. Soy de los que cree que la historia te dice de la manera que quiere que la cuentes. La ironía, el humor, la ternura, la maldad, la soberbia, la apatía, y muchos más, son elementos que uno puede llegar a usar. Depende de la historia.

Uno de tus trabajos más sonados fue Sexo y poder: el extraño destape chileno. Como bien sabes, uno de los lados más subjetivos en el periodismo que se sienten más es cuando se escriben crónicas. ¿Tuviste alguna clase de repercusión personal luego de abordar un tema tan delicado como lo es el abuso de menores?

Yo tengo una teoría, la de “El gran golpe”. Y trato de enfrentar cada crónica como eso, como dar un gran golpe, con quedarse con algo que no es tuyo. Así como el ladrón de bancos, un cronista debe buscar la esencia de la historia tratando de pasar lo más desapercibido posible. Eso sí, antes de dar cualquier gran golpe, uno debe saber que en esa empresa va a quedar parte de tu vida ahí. Con Sexo y Poder, además de la repercusión de ver por primera vez como un libro mío era pirateado y se vendía en la calle, en ese libro quedó parte de mi vida. No fui el mismo después de terminarlo. Pienso diferente a como pensaba antes. Conseguí un botín, ver lo diferente que era el Chile real del oficial, pero en el camino me parece que perdí bastante. Algo de inocencia, por ejemplo.

Cuando hablo con amigos escritores sobre géneros literarios siempre encuentro opiniones muy divididas, en algunos casos con mucha intolerancia, en relación a si se debe considerar a la crónica como género literario. ¿Cómo la consideras tú?

Es posible que tus amigos intolerantes nunca hayan publicado nada, o si lo han hecho, no estén completamente conformes con el resultado. En general, la gente que mira esto de afuera, suele idealizar. Vivir encasillando es la manera más ingenua de idealizar. Si estás frente a un texto que te conmueve, te sensibiliza, te revela, te desnuda y te descubre un mundo, es ridículo ponerse a pensar si eso es un género literario o no. Da lo mismo. Es como si mientras tienes buen sexo, estás pensando si esa chica tiene el pasaporte al día o es una inmigrante ilegal. Para esos trámites legales está la policía. Lo mismo con la crónica, las novelas, los cuentos, los poemas: si está buena y te hace sentir, ¿a quién le importa su situación legal?

Claro, alrededor de la crónica hay mucho prejuicio e ignorancia, existe hacia ella mucha resistencia por parte de ciertos obcecados, pero algo que también noto en tus crónicas es un enlace casi marital con la experiencia del viaje, y esta, a la vez, unida a la actitud del compromiso. ¿En cuánto ha influido en ti el nuevo periodismo?

Me gusta llamar a mi trabajo “Periodismo portátil”. Dentro de la maleta del periodista portátil, uno de las influencias es el Nuevo Periodismo. O, por lo menos, parte de él. No es la única, ni la más importante, pero está presente. En mi caso creo que mucho más determinantes han sido los viajes, el mundo que está ahí afuera. Al periodismo portátil le he dado dos fundamentos absolutamente esenciales: sobrevivir escribiendo historias por el mundo, y escribir de todo lo que se pueda. En ambas situaciones se puede trabajar apoyado en los maestros del Nuevo Periodismo, o no. En ese sentido, también podría sentirme deudor de ciertos poetas malditos: tu vida es buena parte de la obra.

Truman Capote, Gay Talese, Norman Mailer, John Kesey son algunos de los referentes inmediatos del Nuevo Periodismo, pero me gustaría saber qué piensas, en especial, de Hunter Thompson. Thompson es la persona que más puso de sí en cada crónica.

Del grupo que mencionas me quedo con Talese y Mailer, partiendo porque son las mejores plumas. Con respecto a Hunter Thompson, un tiempo me gustó mucho, y luego de descubrirle el truco, algo menos. A veces, ponerse a sí mismo muy delante de una crónica, es señal de algo más simple que el mero exhibicionismo: es la falta de investigación y reporteo. Sin embargo, creo que además de dejarnos por lo menos dos libros formidables e imperdibles, nos ha legado algo por lo que, si estuviera vivo, debiera responder en un tribunal: una larga corte de malas copias de su periodismo gonzo. Uno los ve, ahí están, cientos de malos imitadores creyendo que descubrieron la pólvora con asuntos que Thompson hizo y escribió hace 30 años. Personajes que piensan que por el hecho de escribir la palabra YO en sus textos, ya están siendo encumbrados a las más altas esferas del periodismo testimonial. Esos falsos imitadores debieran tener una orden de arresto, inmediata, e irrevocable.

Eres un cronista independiente, tus crónicas han aparecido y aparecen en importantísimas revistas latinoamericanas y españolas. Hoy en día estamos obligados a rendir cuentas a alguien, laboralmente, en especial. Ahora, tú trabajas como freelance, ¿consideras un lujo trabajar así en estos tiempos que corren?

Ganarse la vida como freelance no es un lujo, sino que más bien un tormento. En general se paga poco, se demoran en pagarte, hay que gestionar tus propias notas y no hay un solo medio en habla hispana que te pague por una nota lo suficiente para vivir un mes. Es decir, el tormento se debe repetir por lo menos una vez a la semana. Creo que lo que me salva es que, a diferencia del periodista freelance, el periodista portátil busca otros asuntos. El que se dedica al periodismo freelance tiene la única meta de poder subsistir teniendo independencia de sus jefes, el que se vuelca al periodismo portátil busca además –y por sobretodo- recorrer el mundo y vivir de lo que va contando. Gracias a eso, he podido disparar un fusil AKA 47 en pleno Vietnam, o aparecí en una película porno de Ron Jeremy en Nueva York, o escuché historias de amor desesperado en las aguas del río Amazonas, o vi argentinos llorando su encierro en un pueblo abandonado de España. Y eso, si bien no es un lujo, está bueno.

Recuerdo muchísimo tu crónica sobre los freaks de Gibsonton. ¿Consideras que experiencias como estas puedan germinar en ti la idea de querer abordarlas a través de la ficción?

No veo por qué una buena historia real debiera empujarme a escribir ficción. Supongo que el día que no me interese salir a buscar historias verdaderas, o el día que no las encuentre, me dedicaré a inventarlas. Pero historias como la de Gibsonton, que está en mi libro “Equipaje de mano” y que cuenta de un pueblo cerca de Tampa, en Estados Unidos, donde van a jubilar las personas freaks de circos de rarezas, no hacen más que darme ganas de buscar nuevas y mejores historias reales.

¿Por qué escribes en cibercafés?

Al comienzo, yo viajaba con mi propia laptop. Pero desde que comprobé que en el mundo de hoy hay casi tantos cibercafés como pobres y que cada vez cuesta más barata la hora de conexión, eliminé el riesgo de que me roben la computadora y adopte los centros de internet como mi despacho. Una oficina portátil que está en cualquier sitio y que se parece mucho a la redacción de un periódico.

En tus propias palabras, ¿cómo definirías una oficina portátil?

Lo mejor que tienen las oficinas de verdad, es que vemos todos los días a la misma gente. Lo peor de las oficinas de verdad es lo mismo: todos los santísimos días con los mismos malditos vecinos de escritorio. En el caso de la oficina portátil, de trabajar en los cíbers, la felicidad tampoco es completa: nunca se ve una misma cara dos veces, con lo bueno y lo malo que eso trae. La gracia de la oficina portátil es que es una oficina de verdad. Y que si necesito guardar papeles en mi escritorio me basta entrar a la cuenta de mail que creé especialmente como cajón. Así funciono en la práctica. Cada día, esté donde esté, lo primero que hago al empezar el día laboral es abrir el escritorio, que en este caso es la casilla oficinaportatil@gmail.com. En pocos minutos ya tengo desplegado todo sobre la mesa. Y lo mejor es que la puedo abrir en cualquier esquina del mundo, y eligiendo a gusto a mis compañeros de oficina. Aunque, claro, mi verdadero compañero de trabajo de toda la vida sigue siendo ese lector imaginario que sueño que me leerá

¿Podrías decirme, si gustas, el tema de la crónica que estás escribiendo ahora?

Estoy metido en varias crónicas, pero la que más me ocupa la cabeza es la historia de mi vaca argentina. Una vaca que me compré hace dos años y de quién estoy contando su historia hasta el día en que muera. Es más, más que ocupármela, la vaca se ha tomado mi cabeza por completo. Y ya casi me cuesta sacarla de ahí.

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