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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El futuro de la CEI es una alianza civilizacional

Surén Zolián
Redacción
domingo, 22 de octubre de 2006, 06:24 h (CET)
Al celebrar el décimo quinto aniversario de la CEI (Comunidad de Estados Independientes), es preciso evaluar de forma adecuada el pasado y ofrecer una perspectiva realista para el futuro.

Los problemas políticos y económico recién surgidos cuestionan la conveniencia misma de la existencia de esta organización, destacando esta cuestión primordial: ¿en qué objetivos y valores debe basarse esta comunidad y cooperación?

Una alianza orgánica, y no mecánica, debe descansar en una ideología y sistema de valores comunes. Fenómenos críticos que se dan en el seno de la CEI se deben en gran medida a la falta de una visión única del presente en sus miembros y, lo que es principal, del futuro, sin lo cual es imposible participar en proyectos conjuntos de carácter estratégico.
El componente ideológico en la CEI sí existe pero éste se reduce a los recuerdos: la identidad se limita únicamente a un pasado común. Se trata de un componente aglutinante sustancial que no funciona si falta otro componente: un proyecto común orientado hacia el futuro.

A mi parecer, los problemas que la CEI afronta no conciernen tanto a la organización y ni siquiera son de índole política, sino ideológica y comunicacional. Son justamente estos factores los que determinan el grado de organización del sistema, su carácter orgánico y viabilidad. Por paradójico que pueda parecer, nosotros no tenemos que ni tomar ni inventar estos factores porque ellos ya existen.

Los espacios civilizacionales únicos en su género que existen en la CEI y los países del Báltico, especialmente si se toman en cuenta los areales eurooriental y ortodoxo-cristianooriental adyacentes, reside en que constituye un lugar de cita de culturas heterogéneas (propensas a centros distintos). De esta manera se forma un areal que carece de fronteras naturales que son abiertas y variables. En un determinado momento histórico eran los límites políticos del Imperio Ruso, y en la actualidad coinciden más bien con el área de propagación del idioma ruso (aunque sea como segundo o secundario).

Veo el futuro de la CEI no como alianza política o económica sino civilizacional. Antaño la comunidad civilizacional surgía como consecuencia de factores políticos (la economía en el Imperio Ruso y en la URSS estaba sometida a la política). El funcionamiento de todas las estructuras y organismos en la URSS se basaba en la existencia del centro. Las comunicaciones podían realizarse, correspondientemente, únicamente a través del centro.

El idioma ruso, aparte de ejercer sus funciones políticas (lengua oficial de la URSS), se utilizaba como instrumento único y más apropiado de la institucionalización, como único idioma intermedio. Por ejemplo, la traducción del armenio al ruso daba la posibilidad de traducir a otras lenguas de la URSS: kazajo, kirguiz, lituano, etc. Al propio tiempo, el ruso como uno de los idiomas universalmente reconocidos, garantizaba la posibilidad de comunicarse con el mundo externo con respecto a la URSS.
Ahora llega el tiempo en que el enfoque político-económico pasa a ceder lugar al enfoque cultural y civilizacional que, permitiendo que se sostenga un diálogo entre lenguas y culturas, permite cambiar la situación y configurar un nuevo modelo de la CEI.

La actual complejidad de los procesos de información supone su multicanalidad y, correspondientemente, la multiplicidad del instrumental lingüístico. La lengua no es más que el medio secundario de transmisión y almacenamiento de información, siendo solamente un mecanismo de creación de información.

El futuro de la CEI y de los países bálticos se ve como sociedad informacional abierta, organizada según el principio de la red. Después de quedar garantizada la pluralidad de canales de comunicación para sostener el diálogo de lenguas y culturas, será posible conservar un campo civilizacional único que a partir de ese momento se organice no mediante intersección (en el centro) sino mediante unificación lógica de espacios culturales heterogéneos.

Los valores comunes y la ideología de la cooperación deben tomar su forma adecuada en los institutos públicos. Hoy por hoy, lamentablemente no se toma conciencia en medida apropiada de que las lenguas y la cultura constituyen el primer elemento aglutinante de la CEI. El acuerdo sobre la cooperación humanitaria aprobado en 2005 en Kazán constituye un importante paso mas de momento no ha sido respaldado por mecanismos válidos. Este acuerdo debe dejar de ser mera declaración de buenas intenciones para llegar a ser un documento que refrende los objetivos y obligaciones de los países partes. Como prototipo podría servir la Convención Cultural del Consejo de Europa, y no tanto su texto como sus principios básicos y mecanismos de realización. Lo principal es que en sus prolegómenos se define el objetivo: por una parte, el estudio de lenguas, la historia y las culturas de diversos pueblos y, por la otra, la creación de una cultura y una civilización comunes para todos los países partes.

Para lograr este objetivo deben crearse condiciones correspondientes. Los Estados tienen la obligación de garantizarles a sus ciudadanos el ejercicio del derecho a utilizar las lenguas como canales de comunicación según el principio de red. El intento de enfocar los problemas lingüísticos en el contexto de diásporas o minorías étnicas disminuye el potencial general y no contribuye al desarrollo de vínculos integracionistas multilaterales. La lengua y la cultura deben verse no sólo como patrimonio exclusivo de un pueblo u otro sino como aporte al patrimonio cultural y civilizacional común. La ayuda en el estudio y la propagación de la lengua, la historia y la cultura de su país en el exterior no debe limitarse al marco de una diáspora. La creación de condiciones apropiadas en su país para el aprendizaje de otras lenguas no debe predestinarse única y exclusivamente para las minorías. A este respecto bien podría servir de primera golondrina el Instituto Internacional de Lenguas de la CEI adjunto a la Universidad Lingüística de Moscú, que es la institución básica de las lenguas y la cultura de la Comunidad.

Igual que antes, en el espacio de la CEI al idioma ruso le cabe un papel especial pero, a la vez, algo distinto al que desempeñaba antaño. En la época soviética, dentro de una estructura estrictamente centralizada, el idioma ruso representaba el único canal de comunicación. Esta situación sigue manteniéndose ahora en forma más tenue debido a que al idioma ruso se le ha atribuido el status oficial de lengua de trabajo de los órganos interestatales de la CEI. Pero aparte de ello, el status del idioma ruso en todo el espacio postsoviético obedece a factores mucho más profundos que los políticos o jurídicos. Como ya queda dicho, el rasgo específico del espacio cultural y civilizacional de la CEI se basa en la conservación de la heterogeneidad y traducibilidad lingüísticas, lo cual es posible si existe no sólo un idioma que sirve de instrumento de comunicación interétnica, un idioma intermedio, sino que existe también la variante de sentido que este idioma garantiza. El idioma ruso, al menos en la CEI, no es solamente un instrumento de comunicación sino que un vehículo de una cultura correspondiente. No sólo asegura la comunicación sino que representa un portador de sentidos, si no comunes, al menos claros y mutuamente traducibles en el espacio postsoviético. Los gobiernos de los países de la CEI deben garantizar su aprendizaje y utilización con ayuda de programas educacionales, culturales e informacionales, así como mediante garantías legales.

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Surén Zolián, rector de la Universidad Linguística de Ereván, miembro del Consejo de Expertos de RIA Novosti.

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