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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La sociedad dual

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 22 de octubre de 2006, 06:25 h (CET)
“De los pobres campesinos
sin trabajo, jornaleros
del hambre por los caminos.”


Rafael Alberti

El sistema social se está escindiendo en dos, dando lugar a lo que habitualmente se llama una “sociedad dual” o “sociedad a dos velocidades”. La consecuencia de ello es una desintegración más rápida del tejido social. En lo más alto de la escala social hay una desenfrenada carrera para obtener uno de esos raros empleos estables y al mismo tiempo con posibilidades de promoción. Es lo que un lema publicitario completamente repugnante ha llamado “la pasión de ganar”. La sociedad se presenta bajo el modelo de la lucha sin tregua. Aquellos o aquellas que no son vencedores o ganadores se encuentran marginados de la sociedad, de la que no tienen nada que esperar y en la que no tienen razones para reconocerse. Su violencia suscita contra-violencias, desafectos, nostalgias agresivamente regresivas o reaccionarias.

Esta desintegración de un sociedad fragmentada nos remite a un problema de fondo: ¿qué debe ser un sociedad en la que el trabajo a tiempo completo de todos los ciudadanos ya no es necesaria ni económicamente útil? ¿Qué prioridades, diferentes de las económicas, deben fijarse? ¿Cómo debe organizarse para que los aumentos de productividad, la economización de tiempo de trabaja, beneficien a todo el mundo? ¿Cómo redistribuir mejor el trabajo socialmente útil, de manera que todo el mundo pueda trabajar menos y recibiendo su parte de las riquezas socialmente producidas?

La tendencia dominante es dejar de lado este tipo de cuestiones y plantear el problema al revés, en los siguientes términos. ¿cómo conseguir que pese a los aumentos de productividad, la economía consuma tanto trabajo como en el pasado? ¿Cómo conseguir que las nuevas actividades remuneradas lleguen a ocupar el tiempo que, a escala social, liberan los aumentos de productividad? ¿A qué nuevos ámbitos de actividad pueden extenderse los intercambios comerciales para reemplazar, mejor o peor, los empleos eliminados de otra parte en la industria y los servicios industriales?

Todo conocemos la respuesta, una respuesta cuyo camino han mostrado Estados Unidos y Japón: el único ámbito en el que es posible, en una economía liberal, crear en el futuro un gran número de empleos es en el de los servicios a las personas. Podría no haber límite al desarrollo del empleo si se llegase a transformar en prestaciones de servicios retribuidas las actividades que hasta hoy la gente había asumido cada uno para sí mismo. Los economistas hablan a este respecto de “nuevo crecimiento más rico en empleos”, de “terciarización” de la economía y de desarrollo de una “sociedad de servicios” que toma relevo a la “sociedad industrial”.

Pero esta manera de pretender salvar la sociedad industrial provoca problemas y presenta contradicciones que merecerían ser el centro del debate público y de la reflexión política. En efecto, ¿cuáles son el contenido y el sentido de la mayoría de las actividades cuya transformación en servicios profesionalizados y monetarizados es actualmente evocada? Es fácil mostrar que su profesionalización ya no responde a la misma lógica que el desarrollo económico pasado.

En efecto, en el pasado el crecimiento económico tenía como motor fundamental la “sustitución productiva”: las tareas que desde hace siglos la gente asumía en la esfera doméstica fueron progresivamente transferidas a la industria y a las empresas de servicios, dotadas de máquinas más eficaces que aquellas de las que podía disponer un hogar. De este modo, la producción industrial y los servicios industrializados han reemplazado la auto-producción doméstica al encargarse los individuos de sí mismos.

Sin embargo, el problema que plantea el desarrollo presente es el siguiente:¿aún es posible reinvertir en la economía el tiempo economizado gracias a la revolución microelectrónica? ¿Aseguran los nuevos empleos creados en los servicios personales de manera más eficaz, es decir mejor y más rápido, los servicios que la gente hasta ahora, se proporcionaba a sí misma?

La mayoría de los economistas ofrecen la siguiente respuesta: la automatización hace descender los precios relativos de muchos productos. Este descenso de los precios hace aumentar el poder adquisitivo y permite a la gente pagarse servicios “de proximidad”. Razonamiento impecable, pero que deja de lado un aspecto esencial: ¿de dónde procede el descenso de los precios relativos debidos a la automatización? Respuesta: procede del hecho de que las empresa automatizadas han reducido el “coste salarial”, han reducido el volumen de salarios que distribuyen. El “coste salarial” lo han reducido reduciendo sus efectivos. Aquellos que, gracias al descenso de los precios disponen de un poder adquisitivo adicional, no son, evidentemente, quienes han perdido su antiguo empleo. Sólo quienes conservan un empleo fijo, a menudo mejor cualificado, y relativamente bien pagado disponen de tal poder adquisitivo adicional. Por tanto, sólo ellos pueden pagarse los nuevos servicios comerciales en los que se considera que deben encontrar empleo millones de asalariados.

Los servicios personales se desarrollan gracias al empobrecimiento de una creciente masa de gente, empobrecimiento constatado en todos los países de la Unión Europea. La desigualdad socioeconómica entre los que prestan los servicios personales y aquellos que los contratan se ha convertido en el motor del desarrollo del empleo. Este se funda sobre una dualización de la sociedad, sobre una especie de sudafricanización, como si el modelo colonial se asentase en el corazón de las metrópolis. Y es que, como dijo el poeta: “¡Qué poco me va quedando / de lo poco que tenía! / Todo se me va acabando / menos la melancolía”.

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