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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'El Diablo viste de Prada': la Meryl Streep más maléfica también convence

Graciela Padilla
Redacción
martes, 19 de diciembre de 2006, 22:23 h (CET)
La gran dama del cine norteamericano actual tenía ganas de hacer de mala, malísima, y el papel de Miranda Priestly es un regalo para la actriz. La norteamericana desfila por la pantalla enfundada en modelos carísimos e impensables para la vida diaria de una mujer de a pie. El Prada del título, Valentino (con cameo incluido), Marc Jacobs, Chanel y decenas de marcas funcionan como publicidad necesaria y no molesta dentro de la película. Porque detrás de tanta joya, tacón, abrigo o bolso se esconde una bruja buena dentro de la bruja mala. Hay momento para el drama después del lujo.

Pero eso es otra historia. Antes, Meryl Streep tiene otro objetivo en la película: hacer la vida imposible a su nueva asistente personal, gracias a sus manías, excentricidades y necesidades “vitales” varias. Es la bruja de la joven Cenicienta, Anne Hathaway, que interpreta a Andy Sachs, una joven e idealista recién licenciada en Periodismo. Andy sueña con escribir en un gran periódico. Pero la supervivencia le empuja a aceptar un trabajo que va en contra de todos los valores que tenía hasta entonces. Así es la vida en Nueva York.

La joven actriz repite papel, ya que este rol se asemeja mucho (¿demasiado?) al que hizo en las dos partes de “Princesa por Sorpresa”. Entonces, la “malvada” era su tía, interpretada por otra gran dama, Julie Andrews. La inolvidable Mary Poppins tenía que convertir a una colegiala desgarbada en digna heredera al trono del país inventado para el cuento infantil. Ahora, Streep se encarga de hacer lo mismo, cambiando los zapatos de princesa por unos de Manolo Blahnik. La diferencia es que la joven ha crecido y ha madurado. Entre ambas películas demostró que se hacía mayor en Brokeback mountain, interpretando a la esposa de Jake Gyllenhall. Ahora, la joven Hathaway, con 24 años, intenta convencer al público más adulto. Pero sus grandes ojos castaños, llenos de ingenuidad, quedan eclipsados por la rabia contenida y las maneras de Meryl Streep, simplemente perfecta incluso en productos más ligeros. Curiosamente, el look de la Streep también recuerda a otra película infantil: su compañera de generación, Glenn Close, llevaba un peinado (demasiado otra vez) parecido para interpretar a la mala de 101 Dálmatas. Pero esos detalles se olvidan cuando se trata de pasar un buen rato.

El elenco de secundarios asienta el abanico de sentimientos de la película entre crítica, sátira, comedia, romanticismo y drama. Stanley Tucci, que se las hacía pasar canutas a Tom Hanks en La Terminal, se convierte en cómplice y asesor de imagen de la joven asistente. Con formas amaneradas y gestos exagerados la ayuda en su proceso de “conversión”. Emily Blunt, relacionada con el famoso cantante Michael Bublé, se convierte en la hermanastra de esta Cenicienta. Y Adrian Grenier y Simon Baker ponen el punto romántico. Grenier, neoyorquino y chico Woody Allen (Celebrity, Todo lo demás) es Nate, el novio de la joven Andy. Son la pareja perfecta pero el trabajo les separará y dejará su relación en suspenso; no todo puede ser un cuento de hadas. Por otro lado, el guapo Simon Baker (visto en LA Confidential y últimamente, en The Ring 2) pone el punto sexual y pícaro, intentando conquistar a la protagonista.

El resultado es una película fresca, agradable, distinta de la comedia romántica que esperaban todos los espectadores de la sala. Su director, David Frankel, se ha arriesgado en su debut cinematográfico, alejándose del tono de su trabajo en televisión (Hermanos de sangre, Entourage, Sexo en Nueva York). Por ello, se puede augurar que su próximo trabajo será más comprometido y menos pomposo.

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