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Tags: Opinión · Cesta de Dulcinea · Nieves Fernández
Refajos y ombligueros


Nieves Fernández


Nieves Fernández Nieves Fernández
domingo, 22 de octubre de 2006, 08:23
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Fue por curiosidad que entré en la tienda. Animada por haber perdido unos kilillos, quise probar suerte en la zona de pantalones vaqueros elásticos y ahí estaban. Aparentemente eran muy normales, aunque por atrás llevaban fantasías bordadas que brillaban según los nuevos diseños, eran esos pantalones bajos de cintura llamados ombligueros por ser precisamente el ombligo lo que dejan al aire.

Y en el probador empezaron mis problemas, les diré que no hagan nunca caso de la talla que marque la etiqueta, pues los fabricantes las colocan a su propio interés que hace que, inexplicablemente, una talla más o menos grande no pueda subirte de la misma rodilla. La comprensiva y delgadísima dependienta te aclarará el problema: “Son los fabricantes que nos confunden a todos, fíjese yo tengo una 38 y el pantalón que llevo es una 42”, y entre sudores hasta te consuela. Así es imposible dar la talla, la talla concreta de cada sección, de ahí que se diga que una determinada prenda da más o menos talla. Quizá también deberían darla los mismos fabricantes en todos los sentidos.

Pero no son las tallas minúsculas con trampa las que confunden a jóvenes y menos jóvenes, sino también los talles. Una vez, un columnista amigo de esta misma sección, se preguntaba cómo se colocaban las jovencitas esos pantalones mágicos sin que se les caigan en tanto que al parecer mágicamente quedan fijados en torno a las caderas como si un poderoso pegamento a su piel los dejara pegados, y que por mucho que se vayan de juerga el pantalón ni sube ni baja, se queda justo donde el fabricante desea, fabricante que apuesto también lo es de la ropa interior que se exhibe ingenua y descaradamente.

Hecha la prueba en mis propias carnes, les diré que ese pegamento de verdad existe, pero es un pegamento juvenil más consistente, mágico y eficaz cuanto menos son los años que tiene quien en sus piernas calza la prenda y por el contrario se hace menos gelatinoso y pierde su poder de adherencia con los kilos y el tiempo vivido, es una fórmula peso-edad que hace que pienses que algunas tiendas de moda deberían colocar un buen cartel anunciador para indicar a los consumidores el tipo de ropa que venden y a quienes va dirigido.

Con suerte y algún tironcillo que otro gracias a ser elástico el pantalón entró, y de pronto comprendí que tan bien enfundada como estaba no importaban los problemas que el susodicho ombliguero podría darme. Pero sí empezaron los problemas, problemas derivados por la ley física que alguien más capacitado que quien les habla vaya a descubrir o haya descubierto. Y es que a falta de una buena sujeción, el pantalón cae de forma gravitatoria, hacia abajo claro, y llega el momento de los arrepentimientos, sobre todo en este tiempo de lluvias generalizadas con una bajada también generalizada de las temperaturas que baja tanto los bajos del pantalón que parece que se hayan inventado para barrer los parques y aceras o para absorber los charcos de la calzada, pero eso quizá no debería preocuparme, también es moda, vean si no como llegan los adolescentes a casa en los días lluviosos, empapados de rodilla para abajo, pero ahí está la lavadora y la mucha energía para tirar del múltiple peso del pantalón ombliguero y arrastrado.

Durante horas lidié con su cinturilla, doblando los bajos, tirando de las trabas y en estos menesteres de tira y afloja me acordé de los cambios caprichosos de las ropas y las modas, sobre todo del justillo y refajo de mi abuela tan justos, respetuosos y fajados ellos, y comprendí que si a medio camino de tu vida intentas cambiar la cintura o el talle de tu vestimenta habitual puede ocurrir que te encuentres fajado y con el ombligo más que encogido. ¡Ay, si Cantinflas levantara la cabeza!

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