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Etiquetas:   Akelarre   -   Sección:   Opinión

Zaplana y sus comparaciones

Rafa García
Rafa García
@rafagarciak
domingo, 22 de octubre de 2006, 06:23 h (CET)
En su panegírico del jueves, dijo Eduardo Zaplana, hablando de ETA, que su partido jamás tendrá miedo a cualquier tipo de comparación. ¿Y Zaplana, tendrá miedo a las comparaciones? Lo digo porque no conozco a muchos presidentes autonómicos que regalen graciosamente el dinero de sus conciudadanos al papá de Chábeli. Tampoco es muy común que alguien que nombra digitalmente a su sucesor, tenga que ver como éste lo primero que hace es una auditoria para dejarle en vergüenza, y en entredicho. Les aseguro que no abundan los presidentes que, llevados por su megalomanía, sean capaces de arrastrar a las cajas de ahorros del lugar hasta el precipicio de los más disparatados, faraónicos, y ruinosos negocios.

Y ahora, si me permiten, les voy a contar un cuento. Comienza así: ¡había una vez, un circo que alegraba siempre el corazón…! Perdón, perdón, quería decir ¡había una vez, un chico de Cartagena, distinguido y guapo, moreno de solárium, de amplia sonrisa y ácido verbo, que perdió las elecciones en su pueblo de adopción! Lejos de caer en el abatimiento, esperó pacientemente su oportunidad. Y cual espontáneo en una plaza de toros, una calurosa tarde de verano se echó a la arena, sabedor de que el milagro se había obrado. Una tal Maruja, de forma desinteresada y altruista, sin “tejemanejes” ni trapacerías, dejó de ser socialista, para convertirse en la socia más lista de una vergonzante moción de censura, que terminó en un ridículo y disparatado ejercicio de oposición en el Congreso de los Diputados, previo paso por el Palau de la Generalitat Valenciana, y por el ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales.

Este cuento contemporáneo no es muy generoso con su protagonista, a quien el autor tacha de excesivo, demagogo, charlatán, poco amigo de la verdad, y maestro en el despilfarro. Con manifiestas veleidades mediáticas, intentó crear su pequeño gran imperio televisivo. "Espejito, espejito, dime si hay otro más bello que yo. No mi amo, no mi molt honorable president, contestó el reflector; ni siquiera Polanco tiene tantas televisiones y tan bien adiestradas como tú".

El relato no tiene final feliz, porque su personaje principal acaba enloqueciendo. "¡Qué viene el lobo, qué viene el lobo!", gritaba sin cesar en sus momentos de mayor lucidez. "¿Quién me ha robado la mochila?", repetía al agudizarse la crisis. Pese a lo que pudiera parecer, en las felicitaciones que enviaba a sus amigos en diciembre, con motivo de la natividad de Jesús, no firmaba como Pocholo. A él le gustaba más aquello de "hola, soy Edu, ¡feliz navidad!"

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