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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Muertes, más muertes y la ignominia

Manuel Desalas (México)
Redacción
viernes, 20 de octubre de 2006, 22:41 h (CET)
Del 14 de junio para acá, como un destino trágico, ineludible, el movimiento social sindical encabezado por el magisterio oaxaqueño y la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, aporta periódicamente su cuota de sangre en el altar de los sacrificios erigido por la aberración mental y política, estúpida y criminal, de un tiranuelo que en 2004 se apoderó del poder en Oaxaca junto con una camarilla fascista, un poder ejercido autoritaria y demagógicamente en un mar de corrupción y de destrucción del patrimonio histórico y natural de los oaxaqueños.

Un poder estatal espurio, producto de una fraudulenta elección de estado. Un poder que se ha ejercido a la manera del siglo XVII colonial, atropellando a la ciudadanía, a la prensa independiente, a los más elementales derechos humanos y civiles de las y los oaxaqueños. Un poder que mantiene en la pobreza a un 60% de la población oaxaqueña, en tanto se construye mansiones de desvergüenza.

Pero el tirano de Oaxaca no ha estado solo, es soportado por una “clase política” nacional enquistada en los Poderes Republicanos (Ejecutivo, Legislativo y Judicial). Soportado por partidos políticos que no sólo han traicionado a sus bases militantes sino se han traicionado a sí mismos vendiendo principios ideológicos propios en el pantano del pragmatismo y complicidad más escandalosa vista en México. Hoy los herederos de Plutarco Elías Calles, come curas de ayer, señores de las logias masónicas, se abrazan obscenamente con los herederos de los cristeros, sinarquistas y quema Libros de Texto, quienes sin eucarístico rubor, los acogen en su seno para procrear un engendro, un poder corrupto, inmoral e ilegítimo.

A ellos se unen con prostibularia alegría medios de comunicación audiovisual y escritos, comunicólogos y comentaristas, fariseos todos y expertos en torcer la verdad y presentar la mentira como realidad. Herederos legítimos de los corifeos, su mayor virtud en la historia del México contemporáneo ha sido la enajenación y la estupidización de millones de mexicanos. Solo el valor de unos cuantos, descendientes de “El Zarco”, de Aquiles Serdán, preservan para la historia el ejemplo de su conducta.

Los muertos de Oaxaca en el transcurso del movimiento suman once, son once víctimas que creyeron que en México se respetaba la vida y el derecho de los mexicanos a disentir; once víctimas que supusieron que la patria de Hidalgo, Juárez, Madero, Zapata, había alcanzado la estatura de país civilizado con un Estado garante, respetuoso y vigilante del respeto a las garantías individuales establecidas en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Once asesinados fríamente, sin la mínima posibilidad de defensa, cuyos bestiales victimarios actuaron bajo el amparo y la impunidad del poder bastardo que les ordena y premia.

Que los detentadores del poder y su servidumbre hoy se regocijen y revuelquen en el estercolero de su bacanal asesina. Que sus hipócritas y cómplices protectores y promotores les acompañen en la embriaguez de sangre. Que sus publicistas y propagandistas mercenarios les alaben, festejen y canten las glorias asesinas al unísono con los incensarios corrompidos y proclives a la pederastia. El gusto no les durará eternamente, más pronto que tarde, habrán de podrirse en detritus de la historia y literalmente, en la escatológica gangrena que les fue heredada en el momento de su procreación.

Para los y las huérfanas, para las viudas, para las madres y los padres de los mártires, las palabras poco o nada pueden hacer para mitigar el dolor de la pérdida, ni siquiera el saber que sus muertos habrán de permanecer en la memoria colectiva, que el recuerdo de sus hijos, esposos, padres y hermanos, sobrevivirá a las bestias asesinas. Empujar la historia fue el destino de las víctimas, aportar su vida en la apertura y construcción de “las grandes alamedas” es su gloria, porque la razón ética e histórica es la raíz de la lucha por la cual ofrendaron sus vidas.

Por ellos no un minuto de silencio, el imperecedero reconocimiento por su entrega y martirio. Un día cualquiera acabará el festín de las hienas.

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