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Moscú-Tokio: El tratado de paz podría haber sido firmado hace cincuenta años

Anatoli Koshkin
Redacción
viernes, 20 de octubre de 2006, 03:20 h (CET)
Hace medio siglo, el 19 de octubre de 1956, en el Kremlin, los gobiernos de la URSS y del Japón firmaron la Declaración Conjunta que hasta hoy en día regula las relaciones entre los dos países. Según su postulado principal, fue anunciado el cese del estado de guerra y el restablecimiento de las relaciones diplomáticas en pleno volumen. El texto del documento contenía la cláusula referente a las condiciones de demarcación de las fronteras. Se estipuló que “accediendo a los deseos del Japón y respetando los intereses del Estado nipón, la URSS acepta la entrega de las islas Jabomai y la isla Shikotán al Japón, pero solamente después de suscrito el Tratado de Paz entre la URSS y el Japón”. De este modo, la Declaración Conjunta resolvió el “problema territorial” entre las dos naciones.

El compromiso alcanzado permitía concluir sin demora el Tratado de Paz habiendo demarcado definitivamente la frontera. Existen documentos y materiales de que el Gobierno del Japón precisamente determinó la devolución de las mencionadas islas como condición de la firma del Tratado de Paz. También en el Tratado de Paz de San Francisco de 1951 el Gobierno nipón renunció a “los derechos, las bases jurídicas y pretensiones” a todas las islas Kuriles.

Contrario a la normalización completa de las relaciones nipo-soviéticas, EE UU se opuso abiertamente a la firma del Tratado de Paz entre los dos países en las condiciones concordadas por ambas partes. Al ejercer fuerte presión sobre el Gobierno del Japón, los norteamericanos recurrían a las amenazas directas. En octubre de 1955, en una nota remitida al Gobierno del Japón, el secretario de Estado de EE UU, John Dulles, advirtió que la ampliación de los vínculos económicos y la normalización de las relaciones con la URSS “podrá servir de obstáculo para la realización del programa de ayuda al Japón elaborado por el Gobierno de EE UU”. Luego dio la orden rigurosa al embajador de EE UU en el Japón y a sus asesores de impedir el feliz desenlace del diálogo nipo-soviético. A la sazón, bajo presión estadounidense, las negociaciones se vieron suspendidas.

Su nueva vuelta tuvo lugar en Moscú. La delegación japonesa fue conducida por el ministro de Exteriores, Mamoru Sigemitsu, quien trataba también de persuadir a los interlocutores de “devolver” las islas Iturup y Kushanir. Sin embargo, la parte soviética se negó rotundamente a negociar estos territorios, ya que la escalada de tensión en el proceso negociador podía conducir a la negativa del Gobierno soviético también a la promesa dada antes respecto a Jabomai y Shikotán. Y de nuevo los norteamericanos se inmiscuyeron burdamente. A últimos de agosto, sin ocultar su propósito de frustrar las negociaciones soviético-niponas, Dulles amenazó al Gobierno japonés de que en caso de que, conforme al tratado de paz con la URSS, el Japón se atreviera a reconocer las islas Kuriles como soviéticas, EE UU se conserva por siempre su soberanía a Okinawa y a todo el archipiélago de Riukiu. El 7 de septiembre de 1956 el departamento de Estado cursó al Gobierno del Japón un memorando amenazante advirtiendo en éste que EE UU no habría reconocido la resolución comprobatoria de la soberanía de la URSS sobre los territorios, a los que el Japón renunciara a favor de la URSS según las condiciones del Tratado de Paz.

El Gobierno japonés se cuidó de mostrar desobediencia a los norteamericanos. Entonces el primer ministro Itiro Hatoyama asumió toda la responsabilidad. Decidió salir a Moscú para firmar el documento sobre la normalización de las relaciones nipo-soviéticas. Itiro Kono, ministro de Industria pesquera y de Economía agropecuaria y forestal, fue apoderado de sostener negociaciones definitivas con Jruschov, jefe del Gobierno soviético. Las conversaciones confidenciales duraron tres días: 16, 17 y 18 de octubre de 1956.

Consciente de que los norteamericanos se oponían a la firma del Tratado de Paz nipo-soviético, Jruschov trataba de convencer a su interlocutor de que para el Japón sería más ventajoso desde la óptica política, que la entrega de las islas Jabomai y Shikotán “sea realizada después de firmado el Tratado de Paz y entregados al Japón Okinawa y otros territorios ancestralmente japoneses ocupados por EE UU”.

Al mismo tiempo, recalcó: “Sé que en el Japón existe un grupo pronorteamericano mostrando su descontento con motivo de nuestras negociaciones, pero podremos pasarlo por alto”. Lo dicho atestigua que Jruschov subestimaba el grado de resistencia de EE UU y de sus partidarios en el Gobierno japonés a la firma de un omnímodo Tratado de Paz nipo-soviético.

Ambos titulares, Hatoyama y Kono, accedieron a suscribir solamente la Declaración Conjunta para poder restablecer las relaciones diplomáticas.

En esa Declaración se reflejó el asenso de las partes a “proseguir las negociaciones en torno al Tratado de Paz después de restablecidas las relaciones diplomáticas entre la URSS y el Japón”.

Después de haber sido ratificada la Declaración Conjunta por el parlamento japonés y el Presídium del Soviet Supremo de la URSS, era necesario fijar el plazo de la firma del Tratado de Paz y concordar los trámites formales relativos al paso de las islas Jabomai y Shikotán bajo la jurisdicción nipona. Sin embargo, EE UU exigió de manera perentoria que el Gobierno del Japón se negara a firmar el Tratado de Paz nipo-soviético en las condiciones de Declaración Conjunta. Al ceder a la presión de EE UU, el nuevo gabinete de ministros con Nobusuke Kisi al frente, comenzó a eludir las negociaciones en torno al Tratado de Paz. Para argumentar su postura, por enésima vez fueron presentadas las exigencias inadmisibles para la URSS de devolver al Japón, además de las islas Jabomai y Shikotán, las islas más grandes y mejor potenciadas: Iturup y Kunashir, cuya superficie representa casi la mitad del archipiélago de las Kuriles.

La firma en 1960 del “Tratado de Seguridad” nipo-estadounidense, de hecho alianza militar, apuntada contra la URSS y China, complicó más aún el problema relativo a la frontera entre la URSS y el Japón. Pues, teniendo en cuenta la situación político-militar de “guerra fría” en Extremo Oriente, con el peligro de que toda concesión territorial hecha al Japón contribuyera a ampliar el territorio utilizado por las tropas foráneas. Frente a la falta de deseo del Gobierno japonés, a cuyas espaldas se encontraba EE UU, de cumplir los postulados de la Declaración Conjunta, y al calificar el “Tratado de Seguridad” de acto hostil, el Gobierno de la URSS declaró que el problema relativo al arreglo territorial con el Japón después de la Segunda Guerra Mundial había sido resuelto por los correspondientes acuerdos internacionales.

En los años 80 y 90, primero Mijaíl Gorbachov y más tarde Borís Yeltsin intentaron resolver de alguna manera el contencioso territorial con el Japón. Sin embargo, la falta de deseo del Gobierno japonés de aceptar compromiso, por un lado, y las protestas de los medios sociales de Rusia contra la “entrega de las islas Kuriles”, por el otro, no permitieron elaborar una fórmula recíprocamente aceptable de arreglo del problema en cuestión.

Al llegar al poder, Vladímir Putin no pudo pasar por alto la postura negativa de la aplastante mayoría del pueblo de Rusia hacia las pretensiones japonesas a las islas Kuriles. Por primera vez definió su actitud hacia ese problema al visitar Sajalín en septiembre de 2000. Entonces, en vísperas de su primera visita oficial al Japón, declaró bien a las claras que “nadie se propone entregar las islas”. No obstante, el nuevo presidente de la Federación de Rusia aceptó incluir en la declaración ruso-nipona sobre los resultados de la visita el punto siguiente: “Las Partes convinieron en proseguir negociaciones para apoýandose en los acuerdos logrados hasta el presente,.. elaborar un Tratado de Paz dando solución al problema de soberanía a las islas Iturup, Kunashir, Shikotán y Jabomai”.

Fue rechazada la oferta pública del Ministro de Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, relativa a la disposición del Gobierno ruso de volver a los postulados de la Declaración Conjunta de 1956. El carácter rígido de las exigencias territoriales niponas presentadas a Rusia impulsó al mandatario ruso cambiar de tono y hacer el 27 de septiembre de 2005 la declaración de que las islas Kuriles Meridionales “se encuentran bajo la soberanía de Rusia y en este sentido ella no se propone discutir nada con el Japón... Este hecho se ve refrendado por el Derecho Internacional como resultado de la Segunda Guerra Mundial”. No obstante, la administración rusa no se niega a seguir buscando condiciones mutuamente admisibles para firmar el Tratado de Paz entre los dos Estados. La historia de la firma de la Declaración Conjunta en 1956 viene a confirmar que existiendo buena voluntad y respeto recíproco de las posturas de las partes, será plenamente posible alcanzar este objetivo.

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Anatoli Koshkin, Doctor en Historia, para RIA Novosti.

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