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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La ETA y el PNV

Francisco Rodríguez
Francisco Rodríguez
viernes, 20 de octubre de 2006, 03:20 h (CET)
La muerte de Fernando VII no planteó un problema exclusivamente sucesorio, sino de enfoque general de la política entre la vuelta al absolutismo, encarnado en la figura de Don Carlos María Isidro, o la apertura al liberalismo bajo Isabel II. Los vascos organizaron un ejército y lucharon por imponer a toda España al absolutista Don Carlos. Vencidos los carlistas, los liberales transformaron el país vasco, especialmente Bilbao, donde crearon una potente industria que atrajo a trabajadores del resto de España.

Sobre el resentimiento de la derrota del carlismo, el triunfo de las ideas liberales y la presencia numerosa de inmigrantes en el país vasco, el desequilibrado Sabino Arana predicó que la superioridad vasca estaba en peligro en sus personas y sus instituciones a causa de la presencia de los españoles, una raza degenerada en su opinión. Con esta base racista y resentida, tan escasamente democrática, fundó el Partido Nacionalista Vasco.

Este partido, que llegó poco a poco a representar a la burguesía vasca, buscó siempre que el gobierno de Madrid dictara medidas proteccionistas que le ayudaran a mantener cautivo el mercado español donde vender los productos de su industria.

Con la llegada de la II República todos los partidos creyeron llegada la ocasión de conseguir sus programas máximos: unos una república burguesa, otros la revolución anarquista, otros la comunista y el PNV un estatuto de autonomía que les aproximara lo más posible a la independencia. La guerra civil y el triunfo de Franco cortaron en seco la deriva independentista del PNV pero la burguesía vasca encontró ayudas y fácil acomodo en el régimen franquista.

La bandera del independentismo la tomó la izquierda radical vasca que hizo su estruendosa hazaña de asesinar a Carrero Blanco, con el aplauso de todos los izquierdistas, cuya oposición a Franco fue esperar a que se muriera.

Esta izquierda radical, bajo el manto de su lucha por Euskalerría, se dedicó a asesinar y a vivir de la extorsión. La transición, que algunos esperaban como río revuelto en que pescar, consiguió remontar la situación y aprobar una Constitución con la que pretendía contentar a todos y dar por superados los enfrentamientos.

Los nacionalistas no se contentaron con los Estatutos de Autonomía que les dio la Constitución, sino que se les estimuló el apetito de poder. El PNV, que no es, ni ha sido nunca, un partido de izquierdas, pensó que la izquierda radical vasca, Batasuna y ETA sobre todo, era una baza en su mano. Arzallus dijo sin rubor que “ellos moverán el árbol y nosotros recogeremos las nueces”. Seguro que pensó que cuando el PNV consiguiera la independencia ya controlaría a la izquierda radical. Pero cuando se pacta con un monstruo no es tan seguro que puedas eliminarlo cuando te convenga.

La izquierda radical vasca, terrorista, asesina y extorsionadora, espera ser ella la que obtenga la independencia, especialmente en esta extraña situación de un gobierno de España que pacta con ellos y está dispuesto a ceder, no sabemos bien por qué. Si ETA y su entorno consiguieran la independencia para el país vasco, no sería para instaurar un régimen democrático sino una férrea dictadura de tipo social-comunista que terminaría de inmediato con el PNV, las empresas extorsionadas podrían ser nacionalizadas, los que no sean nacionalistas deberían abandonar el país y… los obispos y curas que hasta ahora les favorecen no sé como acabarían.

El mal llamado “proceso de paz” no es sino la marcha acelerada hacia la independencia. Lo único que se negocia es cómo y cuándo se va a producir la rendición del Estado. Malas perspectivas para todos, excepto para los terroristas.

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