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Etiquetas:   Las plumas y los tinteros   -   Sección:   Opinión

La cerrazón frente a lo bárbaro

Daniel Tercero
Daniel Tercero
viernes, 20 de octubre de 2006, 03:20 h (CET)
Turquía no es Europa. Y si eso es cierto no debería pertenecer a la Unión Europea (UE). Tampoco Rusia es Europa, ni tampoco lo es Armenia, ni Chipre; de la misma manera que España no es África pese a Ceuta, Melilla y las islas Canarias... porque si Rusia es Europa ésta llega hasta el Pacífico y deja al mar Caspio en el centro geográfico de Europa. Y Europa dejaría de ser Europa y pasaría a ser Eurasia, y entonces nos vamos hasta Australia. No. Turquía no es Europa aunque debamos tener acuerdos comerciales y sociales con un país que tiene un 3% de su territorio en Europa y es fronterizo con la UE, como también se deben mantener acuerdos con Marruecos o Rusia, por los mimos motivos.

En Francia deben de pensar que cuantas más dificultades establezcan hoy a Turquía más fácil será decir no al ingreso de este país en la UE. Esta es la sensación que se tiene tras comprobar como la Asamblea Nacional aprobó el pasado jueves una ley que penaliza la negación del genocidio armenio. No es señal de buena salud que una asamblea o parlamento decida sobre lo que es o no es cierto en la Historia. No parece acertado que los políticos establezcan de lo que se puede y no se puede discutir, ¡en la calle! -que ya no digo en las universidades, donde sería lo más lógico-.

La mayoría de los historiadores especialistas en la materia afirman que los turcos mataron alrededor de un millón y medio de armenios a principios del siglo XX -el de la muerte-, e incluso Turquía acepta que entre 300.000 y 500.000 personas fueron víctimas de los enfrentamientos entre turcos y armenios, en los últimos años de vida del Imperio Otomano. Otros especialistas hablan de deportaciones masivas, enfrentamientos bélicos o guerra de religiones (cristianos contra musulmanes). E aquí la Historia.

No parece lógico que se castigue con 45.000 euros de multa y hasta un año de cárcel para quien, en suelo francés, cuestione las evidencias históricas de tal masacre -y ahora me da igual que sean 300.000 o un millón y medio-. ¿Qué se le ha perdido a la política en la Historia? ¿Qué papel tienen que jugar los historiadores si la Historia es escrita por los políticos? Revisionismo delirante, dirán algunos. Bien, que éste sea respondido con un avenismo reflexivo. Pero nunca impuesto mediante la multa, la amenaza y la coacción, aunque sea bajo la tutela de la ley.

Por suerte, en Francia, funciona mejor que mal la división de poderes -tres eran, ya cuatro con los medios de comunicación-, y la independencia de cada uno de ellos del partido político de turno. Catherine Colonna, ministra de Asuntos Europeos del gabinete francés y miembro del mismo partido que domina la cámara legislativa, aseguró al conocer la raquítica votación de la Asamblea -106 votos a favor y 19 en contra, de un total de 577 diputados- que no tenían derecho a inmiscuirse “en la Historia de un país ajeno. Mucho menos con el uso de leyes y con el propósito de imponer tesis propias”. Más allá ha ido el ministro turco de Asuntos Exteriores, Abdulá Gul, afirmando que Francia “se convertirá en un país que castiga a la gente por expresar sus ideas”. Y no le falta razón, si tenemos en cuenta que ahora un estudioso del Imperio Otomano, o del periodo 1915-1918, tendrá que medir mucho sus escritos y palabras para no ser multado en Francia.

El sentimiento de agresión ha llegado a Turquía de manera desmedido -confirmando así una de las razones por las que Turquía no puede ser miembro de la UE-. Un diputado del Parlamento turco ha pedido que su coche oficial deje de ser de la marca francesa Peugeot, las estaciones de servicio y gasolina de la petrolera Total, también francesa, están siendo objeto de boicot por parte de la ciudadanía, en supermercados turcos los productos franceses desaparecieron de los estantes algunos días de la semana pasada y el caso más llamativo, y visible por los periodistas, fue el del ataque al consulado francés de Estambul por casi medio millar de energúmenos.

Ante esta situación -limitación del estudio en Francia y reacción bárbara en Turquía- es de agradecer que un armenio de origen, ex-ministro, y hombre de confianza de Nicolas Sarkozy, Patrick Devedjian, presentase una enmienda a la ley de marras en la que pretendía excluir de las posibles consecuencias legales sobre la negación del genocidio armenio los trabajos académicos de los historiadores. La cerrazón no aprobó su enmienda.

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