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Etiquetas:   El espectador   -   Sección:   Opinión

Los mamporreros de Cataluña

Jorge Hernández

jueves, 19 de octubre de 2006, 01:35 h (CET)
Pido la paz y la palabra. Si dos presidentes de gobiernos autónomos asisten encantados a un encuentro de fútbol en el Camp Nou que se convierte en un homenaje a los asesinos de ETA y al mismo tiempo, 55.000 personas saltan alborozadas al grito de «Puto español el que no bote» es que algo falla en nuestro país. Por eso no es casualidad lo que ocurrido el martes en Martorell, donde, aparte de Acebes y Piqué, también fue agredido el diputado popular por Salamanca José Antonio Bermúdez de Castro. Lo más grave, como asegura el propio político salmantino hoy en nuestro periódico, es que no es ni mucho menos la primera vez que ocurre, y con especial virulencia en Cataluña donde a la luz de los acontecimientos, todos los ciudadanos no son igualmente libres.

El intento de impedir un acto electoral del PP mediante otro de extrema violencia llevado a cabo por las juventudes radicales del nacionalismo es ya algo muy común en Cataluña de algún tiempo a acá. Son una serie de actos que, si fueran protagonizados exclusivamente por una serie de jóvenes desalmados, constituirían una anécdota. El problema es que sus mayores, los mismos que asaltan piscinas con carnés de diputado en la boca y que se encadenan en las ventanas de emisoras de radio, avalan en muchos casos con su presencia todo este tipo de situaciones.

Yo ya sabía que España desde hace dos años es una anormalidad europea, pero lo que es un hecho es que el Estado no existe en algunas partes de nuestro territorio. La prueba es que en Martorell ni la Policía Nacional ni los Mossos d’Esquadra estaban disponibles para asegurar la libertad. Sólo ocho o nueve guardias civiles hicieron lo que pudieron para proteger a los militantes y dirigentes del Partido Popular.

El momento actual es de especial gravedad: la reforma de los estatutos de autonomía han convertido España en un país inviable. La política contra la convivencia de todos, las desastrosas alianzas internacionales y la vergonzosa claudicación ante las pretensiones de la banda terrorista nos sitúan al borde del estado de excepción.

La cosa no pinta bien, hay quien tacha de exagerados y de 'cantamañanas' a los que desde hace tiempo vienen denunciando y alarmando de que el barco va a la deriva, pero hay algo que es irrefutable. A medida que avanzamos en el tiempo, los hechos no hacen sino concederles la razón. Fíjense que en Barcelona se ha cancelado una cumbre de ministros de Vivienda porque los cachorrillos independentistas tenían previstas movilizaciones masivas. Al final pasa lo de siempre, si la violencia no se condena, y además no se combate, es inevitable no ya que se perpetúe, como estamos viendo, sino que además se legitime.

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