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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

Datos para meditar

Francisco Rodríguez
Francisco Rodríguez
jueves, 19 de octubre de 2006, 01:35 h (CET)
Llegan cada día hasta nosotros una multitud de datos, estadísticas, sucesos y noticias que apenas consiguen afectar nuestra sensibilidad, salvo que vayan acompañados de imágenes impactantes, aunque el impacto tampoco dure demasiado ni nos haga reflexionar.

Pero el informe que ha publicado el Instituto de Política Familiar sobre la evolución de la familia en España contiene datos preocupantes que no podemos ignorar.

El ascenso imparable del divorcio, que en 2055 afectó a 149.255 matrimonios, lo que representa el 71% de la cifra de bodas celebradas en el mismo año y que en el primer semestre del 2006 ha llegado ya a 85.633 rupturas, superando en un 21.1% al mismo semestre del año pasado. Es decir 408 separaciones diarias, una separación cada tres minutos y medio.

El también imparable ascenso del aborto con 85.000 niños eliminados en 2004, cantidad que habrá sido superada en 2005, y que coloca al aborto como la tasa de mortalidad más elevada, muy por encima de todas las demás. Fueron en 2004 nada menos que 239 niños los que murieron cada día del año, laborable o festivo, a manos de profesionales abortistas. Hoy quizás serán ya 250 cada jornada.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Cómo es posible que nos quedemos impasibles ante esto?

La ley del divorcio de 1981 se nos vendió como una salida civilizada para las parejas cuya convivencia era imposible y se le dotó de determinados filtros en forma de separación previa, plazos y trámites que pudieran hacer posible la reflexión de los cónyuges antes de una ruptura definitiva. La ley no sirvió tanto para solucionar problemas como para alentar las rupturas y en lugar de buscar remedio a estas situaciones el gobierno actual se sacó de la manga la ley del divorcio exprés para incentivarlo aún más. El divorcio pasó de ser una situación excepcional a generalizarse y todos los medios se lanzaron a meternos en la cabeza que todas las situaciones de rupturas, de cambio de pareja, había que verlas como normales y aceptarlas sin más. Algo habrá influido, pienso yo, esta situación en los hijos pues a la vista están los problemas educativos, la violencia en las aulas, el acoso escolar practicado desde la infancia y tantos otros. La violencia doméstica o de género ¿no tendrá bastante que ver con todo esto?

La ley de despenalización del aborto también se nos vendió como algo progresista: la mujer que se “veía obligada a abortar” ya tenía bastante trauma para que además se le aplicara el código penal considerándolo delito. Se establecieron unos plazos y unos casos tasados, para despenalizar el hecho del aborto que pronto fueron rebasados, con interpretaciones cada vez más lasas, mientras que por otro lado se defendió el aborto como “un derecho de la mujer a disponer sobre su cuerpo”, sin querer enterarse de que el cuerpo del niño ya es distinto del de la mujer.

La defensa del no nacido no contó con apoyos jurídicos suficientes. El no nacido no era persona, pues para serlo, según el código civil, era necesario que viviera después de 24 horas separado del claustro materno. Esta condición del código, redactado en el siglo XIX, tenía como finalidad resolver complicados problemas hereditarios, en unos tiempos en los que madre e hijo podían morir fácilmente con motivo del parto. Pues bien ello ha servido para negar al no nacido el más fundamental de los derechos: la vida.

La ley del aborto, como la del divorcio, ha servido no tanto para solucionar problemas como para crear otros más difíciles de resolver. Se desató una urgencia informativa incontenible respecto a la sexualidad, información, que como el reparto de preservativos a los adolescentes, resultó ser mucho más una incitación al sexo sin responsabilidad, al sexo como juego. Los astutos laboratorios farmacéuticos y los astutos políticos buscadores de votos encontraron la píldora del día después. Artilugios que no han hecho descender el número de abortos que sigue aumentando. Luego ponemos el grito en el cielo si aparece un recién nacido en un contenedor de basura pero nos quedamos indiferentes con los recipientes llenos de niños troceados en las clínicas ginecológicas que ganan mucho dinero y llaman a esto “interrupción del embarazo”
Somos una sociedad anestesiada y timorata que quiere ser “progre” pero no sabe hacia qué progresa. El camino de este progreso pienso que lleva al abismo.

Los datos que aporta el informe del Instituto de Política Familiar no nos pueden dejar indiferentes. Esto es mucho más grave que la OPA de E.On y otras mil cosas con la que nos entretienen y embaucan. Reflexionemos.

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