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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Teresa Rivero, una pionera también en el fútbol

José María Moncasi
Redacción
jueves, 19 de octubre de 2006, 01:43 h (CET)
La igualdad entre las mujeres y los hombres parece que también va llegando al mundo del balompié aunque para ser más precisos me temo que todavía habrá de llover unos lustros para que realmente ésta sea una realidad también en el fútbol.

Uno que es seguidor infiel de este deporte, y lo digo porque lo disfruto en muy contadas ocasiones, se alegra que la mujer también vaya ocupando un lugar preferente en el deporte rey. Cada domingo me es fácil imaginar a mi encantadora Teresa Rivero viviendo con auténtica pasión los goles, pases y esfuerzos de su once inicial y también sufriendo con las faltas, penaltis e injusticias que los árbitros y los otros equipos incurren a sus ‘niños’. Porque esto sí los jugadores del Rayo sienten a su Presidenta como a una madre. Y es que ella es así, como el Fino San Patricio, una auténtica madre para sus trece hijos y cincuenta y tantos nietos (ya me pierdo) que aplica algo más que encanto, inteligencia, bondad, ternura, pasión y dinamismo que cualquiera de los presidentes de clubes españoles. Y eso que su equipo del alma juega en segunda be qué ni les cuento el ejemplo que daría a más de uno si estuviese en el lugar que le corresponde.

Ahora parece que Doña Teresa compartirá afanes futbolísticos con otra mujer aunque quizás no lleguen a coincidir de momento en palco alguno. Me refiero al Athletic de Bilbao que en sus 108 años de historia ha nombrado a una joven profesional para que se siente en el de San Mamés. Ana Urquijo se llama. Cuenta con 45 primaveras y es abogada de formación siendo su profesión API. Hija del que fuera vicepresidente del equipo rojiblanco en los 80, Rufino Urquijo, y socia desde 1969 proclama que ser del Athletic es una ‘liturgia’ y representarlo un ‘gran honor’. Rompió moldes en 1990 cuando entró a formar parte de la junta directiva de este club por lo que se convirtió en la primera mujer que formaba parte de ella.

Que la mujer ocupe lugares más destacados en la sociedad actual en la que vivimos me parece muy necesario y más importante aún es que esta igualdad se sustente sobre parámetros tan claros como la valía, profesionalidad, seriedad, solvencia, empuje y capacidad contrastada en saber liderar, muchas veces en solitario, un barco en tiempos de crisis. Es decir que nuestras dos protagonistas no están donde están por ser mujeres sino porque han sabido abrirse un hueco, a base de mucho esfuerzo y trabajo, en un mundo dominado por el hombre. El caso de Ana Urquijo parece que le viene de casta y si hablamos de la inefable Teresa Rivero cuando llegó a la presidencia del Rayo ya reunía credenciales suficientes como para asumir ese cargo. Esta jerezana supo crecerse, por su fe en la Providencia, en aquellos momentos tan duros como fue el expolio de la Rumasa de su marido. Y ahí está ejerciendo de profesional liberal en un barco no deseado por el resto de sus iguales.

María Teresa fue entonces pionera en esto del balompié y supo lidiar con elegancia y sencillez los embistes que se encontró: La soledad, incomprensión, los chascarrillos precisamente por ser eso, una mujer. Uno que se ha criado desde niño entre mujeres sabe que ellas son pioneras en todo y que están dotadas, por voluntad divina, de una fortaleza y sabiduría propia de su naturaleza. Enhorabuena a las dos por vuestra valentía, por estar ahí y por romper moldes. También en el fútbol.

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José María Moncasi de Alvear es consultor de comunicación.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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