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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Civismo

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 19 de octubre de 2006, 01:43 h (CET)
Desde septiembre de 2005 hasta el 15 de mayo de 2006, se han dado casi 150 casos de violencia y conflictos de convivencia en los centros de Primaria y de Eso de Catalunya. La Consejería de Educación considera que 25 de ellos pueden tratarse de asedio reiterado de un alumno sobre otro, de los cuales, 12 ya han sido calificados por los inspectores como casos que podrían considerarse “bullying”. De entre los otros problemas notificados los hay de niveles de gravedad muy diversos. “Podemos encontrar desde una pequeña pelea a un acto de vandalismo que puede llegar a superar los 8.000 euros en desperfectos en el centro educativo”, destaca Pere Led, responsable del programa Convivencia y Mediación Escolar que impulsa Educación.

Además de la violencia escolar hemos de añadir los actos vandálicos que se producen en la calle: quema de contenedores, destrucción de mobiliario urbano, agresiones racistas, consumo de drogas y alcohol entre otros, que no se contabilizan en los informes de Educación. La violencia adolescente se está convirtiendo en un problema de difícil solución.

Se dice que la nuestra es una sociedad carente de valores y que urge volver a enseñar principios cívicos para invertir el proceso degenerante en el que estamos inmersos. Es muy fácil decir que se debe enseñar civismo. Cuando nos pasa por la cabeza que debe impartirse esta asignatura que se encuentra perdida en el trastero polvoriento y envuelta de telarañas, acto seguido dirigimos la mirada hacia la escuela esperando encontrar en ella la solución que anhelamos. Nos equivocamos si creemos que la escuela es el lugar idóneo para enseñar civismo.

La Biblia no da opción a la elección. Los padres son los primeros responsables de educar a sus hijos. A los progenitores, quién les enseña a ser padres? ¿Dónde se halla la escuela o la universidad que les enseñe a ser buenos pedagogos? Nos fijamos la avidez con que los padres jóvenes leen literatura especializada en la educación infantil. Sienten una verdadera necesidad de ser buenos padres. Son sinceros en sus propósitos pero los resultados no son los apetecidos porque todo lo que aprenden son principios médicos, dietéticos y éticos que la realidad de la vida les impide poner en práctica. El fracaso se debe a que se empieza a construir la casa por el tejado. Se olvida poner cimientos firmes y el edificio se derrumba ante los embates de la vida.

Jesús nos dice como poner un cimiento estable en nuestra vida. Nos explica que es en la obediencia a la Palabra de Dios como uno se convierte en una persona prudente que edifica su casa sobre la roca (Mateo,7:24-27). Dios en Cristo es el secreto para que los padres se conviertan en buenos educadores de sus hijos. Es así porque Dios deja de ser alguien distante que se despreocupa de sus criaturas que ha puesto en este mundo. Por la fe en el nombre de Jesús Dios se convierte en el Padre celestial a quien complace escuchar atentamente los clamores que le dirigen sus hijos. Es un Dios muy cercano que se interesa por las más ínfimas incidencias que afectan a los suyos. A partir de aquí Dios deja de ser un Dios de quien se ha oído hablar pero que no le afecta lo más mínimo, para convertirse en un Dios en quien se cree porque se le conoce por experiencia.

Ahora, los progenitores se convierten en padres responsables que no traspasan en personas extrañas la educación , en nuestro caso, cívica de sus hijos que tiene su fundamento en los principios éticos que emanan de las Sagradas Escrituras. Cuando Israel se encontraba en la frontera de la Tierra prometida, Moisés le vuelve a recordar al pueblo los mandamientos de Dios que debían regir en todos los asuntos, privados y públicos. Refiriéndose al tema que hoy nos preocupa, escribe para que lo recordemos en estos momentos de crisis educativa: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón, y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Deuteronomio,6:6,7). Este mandamiento divino podrá parecernos excesivo, pero el bienestar y la dicha de nuestros hijos bien se merecen un esfuerzo y una renuncia a muchos deleites que distraen de les responsabilidades paternas.

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