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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Cazar votos y 'caçar bolets'

Ignasi Castells Cuixart (Barcelona)
Redacción
jueves, 19 de octubre de 2006, 01:43 h (CET)
Hemos inaugurado campaña electoral, y hace tres días –como aquél que dice– estrenamos en Catalunya la temporada de los bolets. Salvando todas las distancias, y sin ánimo de confundir algo tan serio como es el ejercicio democrático y el mundo de los rovellons, veo entre ambos eventos “cinegéticos” una serie de curiosas coincidencias.

La primera es que son dos actividades que “enganchan” y levantan pasiones. Es irrefutable que tanto el poder como los rovellons ejercen una atracción fatal sobre candidatos y boletaires. Además de estas intensas emociones, ambos comparten características propias de los ancestrales rituales iniciáticos: ir a “caçar bolets” -coger setas– es, para los aficionados, todo un ceremonial, que empieza con el consabido madrugón, seguido habitualmente de una despedida en el portal con un alentador “si no traes la cesta llena no hace falta que vuelvas” por parte de la pareja, después, ya en el destino, toca un desayuno potente compartiendo porrón y batallitas con otros “boletaires”, foto testimonio sosteniendo un ejemplar de rovellón más o menos digno, y vuelta a casa con el trofeo, la cesta a rebosar o medio llena por lo menos, que testifique que ya se pertenece a la casta de los “boletaires” de pro. Los políticos no quieren ser menos en esos menesteres, y la “caza de votos”, tiene también su propia escenografía y su propio ritual. Así, a la arquetípica pegada de carteles con nocturnidad y fervor militante que marca el comienzo, le sigue habitualmente una prueba iniciática diseñada a propósito para verificar si el candidato es realmente merecedor del nuevo estatus: se trata de repartir sonrisas y programas ,durante días, sin parar, y en todo tipo de de aglomeración ciudadana susceptible de capacidad de voto, como, por ejemplo, los mercados municipales. Allí, además de aguantar a más de un pelma que asegura que hace años que le vota, tendrá que hacerse la foto de rigor con la pescadera, el carnicero, y probablemente, también con el hijo del frutero. Una vez superado este trago con éxito, sólo le resta acabar el día en el “casal del avis” del barrio haciendo promesas imposibles a jubilados impasibles. Y mañana más. O Montilla.

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