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Etiquetas:   Tribuna de opinión   -   Sección:   Opinión

Hacia los Estados Unidos de Europa (I)

Si realmente queremos una Unión Europea de ciudadanos, la premisa es que sean éstos quienes les representen en las instituciones europeas
Nicolás de Miguel
@NicodeMig
domingo, 30 de marzo de 2014, 14:19 h (CET)
"Un día vendrá en que las armas se os caigan de los brazos, a vosotros también. Un día vendrá en el que la guerra parecerá también absurda y será también imposible entre París y Londres, entre San Petersburgo y Berlín…" este breve retazo del manifiesto pronunciado por Victor Hugo en el Congreso Internacional de la Paz de París de 1849 en el contexto de las revoluciones de 1848, de la hegemonía continental de la Rusia de Nicolás I, de la ballena victoriana. Un discurso, una idea, como la ‘hugoliana’, que nos servirá de hilo conductor de lo que debe y puede ser Europa. Una meta que figura en el horizonte de todos aquéllos que creemos en una Europa donde las personas sean el centro del proyecto político europeo.

Si realmente queremos una Unión Europea de ciudadanos, la premisa es que sean éstos quienes les representen en las instituciones europeas. Y para lograr este fin, son ellos quienes han de asumir el reto de tomar partido, pues vivimos días en que la clase política deviene en una casta privilegiada, alejada de la ciudadanía. Una casta que se asemeja -en países como España de forma palmaria- al estamento aristocrático en el viejo orden anterior al verano de 1789, o del verano de 1914. Este año precisamente, se cumple el centenario de la Gran Guerra y retomo una frase de Maurice Paléologue, embajador galo en Rusia, en las semanas previas a la catástrofe: "Recordaré durante mucho tiempo la deslumbrante exhibición de joyas en los hombros de las mujeres...una fantástica sucesion de diamantes, perlas, rubíes, zafiros, esmeraldas, topacios, berilos". Esta conclusión que describe M. Hastings, tiene una vigencia actual poderosa, con menos glamour y bastante más caspa que en la Belle Époque: Allí hubo un último florecer de la serena autocomplacencia de la clase dominante de la vieja Europa.

Esta vez lo tenemos en nuestras manos, sin necesidad de trincheras ni frentes orientales. Nadie dice que sea tarea fácil, todo lo contrario. Requiere del esfuerzo, no en pocos casos descomunal, de modernos ciudadanos; ciudadanos que no pueden abandonar sus labores para defender y salvar la república. En el caso español, entre otros, porque no tienen trabajo que abandonar y bastante tienen con la supervivencia física; en otros, porque no pueden abandonarlo so riesgo de caer en el anterior grupo y sumergirse en la pauperización. Aun así, sacrificando su tiempo personal y su hacienda en aras de la ecúmene europea, y por ende, española; de lo que debe y puede representar.

Nadie mejor que los ciudadanos que son arte y parte de nuestra sociedad, para asumir la representación, la participación en las decisiones sobre su presente y futuro. Y donde sean elegidos en función de su capacidad y mérito. En igualdad de oportunidades, en listas abiertas, con primarias transparentes y no solo de mascaradas de las mismas. Donde la limitación de mandatos debe ser condición sine qua non. Donde los representantes públicos deben rendir cuentas ante sus electores sobre sus promesas. En nuestro actual sistema español ‘partitocrático’ de alternancia, se blinda la mediocridad; donde milagrosamente familias y amigos reúnen todos los requisitos para dirigir bien un plan de infraestructuras viarias, o bien la política exterior en el Golfo de Bengala. Y se preguntan por la creciente desafección de la ciudadanía; desafección que, amén de lo dicho, crece vertiginosamente producto de la visión de un mastodóntico tinglado político-institucional que fomenta una parasitación endémica que obstruye las tuberías de la Administración, impidiendo su renovación democrática. Obstaculizando las demandas ciudadanas, con unas formaciones más preocupadas en mantener su privilegiado status y crear problemas en vez de solucionarlos -de nuevo con nuestro país como paradigma-. Son alarmantemente incapaces de admitir su ineptitud. Se hace necesaria, pues una, regeneración a todos los niveles.

Necesitamos de liderazgos (que no caudillismos) que ilusionen, que generen confianza y retornen la idea de otra Europa necesaria y posible. Se quejan de la creciente alza de populismos de diverso pelaje, incluso pardo; del euroescepticismo cuando no la eurofobia galopante. No se paran, porque no les interesa, en pensar que uno de los lacerantes problemas que nuestra sociedad percibe, son ellos. Y es ese descreimiento el que da alas al discurso fácil, feo cuando no fatal, de demagogos de mercadillo y vísceras. Tenemos mucho trabajo por delante: la construcción de un proyecto europeo con más integración política, económica y social. Y obviamente, pasa por situar al ciudadano en el centro del proyecto político, y remarco político, europeo. Y de nuevo, retomando otra frase descollante del novelista y pensador decimonónico francés: "A nadie le faltan fuerzas; lo que a muchísimos les falta es voluntad".
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