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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Lenguaje y terrorismo

Josefina Albert
Redacción
lunes, 16 de octubre de 2006, 23:36 h (CET)
Hace unos días el obispo de San Sebastián acudía a la Fundación Joan Maragall, en Barcelona, para impartir la lección inaugural del año académico, en la que anunciaba la «hoja de ruta» para la reconciliación en el País Vasco. ¿Sabe el Sr. Obispo qué significa el término reconciliación? No, Sr. Obispo, no hay que «volver a las amistades y acordar los ánimo desunidos», como señala la Real Academia Española para el término reconciliar. ¿Amistades con los asesinos? Quienes hablan este lenguaje están haciendo un uso perverso del mismo, utilizando palabras tan hermosas como reconciliación o paz («El papel de la Iglesia en la construcción de la paz en Euskadi», titulo de la ponencia de Uriarte) para referirse a la claudicación del estado de derecho ante un grupo de asesinos terroristas. Es sencillamente repugnante (y perdóneseme el adjetivo) que el obispo reclame, como hacía en Barcelona el pasado día 12, que tanto el Gobierno como ETA-Batasuna deban hacer «signos de acercamiento, gestos y acciones pacificadoras» para devolver la ilusión al pueblo vasco.

¿Signos de acercamiento del gobierno hacia ETA? Desde luego que el gobierno ya lo hace. Pero, ¿se da usted cuenta el Sr. Obispo las palabras que utilizó? No salgo de mi asombro cuando leo que pide misericordia –otra hermosa palabra con los mismo fines- para los agresores y que la Justicia sea flexible con ellos? ¿Está abogando Monseñor Uriarte por ese siniestro personaje que es de Juana Chaos, el hombre que celebra con champán los veinticinco asesinatos vilmente cometidos, y, que, para mayor inri, se ha reído de todos los españoles (incluido el mismo prelado), haciendo de la huelga de hambre, si se me permite el coloquialismo, un paripé? ¿Nadie le replicó? Estoy segura de que entre ese selecto auditorio, que escuchaba al Obispo de San Sebastián, había alguien que no estaba de acuerdo con sus opiniones, pero la cobardía es una moneda de uso frecuente ante el nacionalismo irresponsable y excluyente, que se va extendiendo como la grangrena. Viene al caso aquella frase de la magnífica película de Bertolucci, El último emperador: «Si no decís lo que pensáis nunca pensaréis lo que decís. Y un caballero debe pensar siempre lo que dice».

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Josefina Albert Galera es profesora de la Universidad Rovira i Virgili.

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