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Etiquetas:   Ver juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

El amor transforma, el odio destruye

Los adversarios de Suárez, de todos los colores, consiguieron derrocarlo utilizando todos los medios a su alcance
Francisco Rodríguez
viernes, 28 de marzo de 2014, 08:04 h (CET)
En aquellos tiempos de la transición, ya tan lejanos, existía un sentimiento generalizado de reconciliación y de concordia, que se sobreponía a las abundantes manifestaciones de terrorismo, odio y enfrentamiento.

No duró mucho aquella primavera que impulsó Adolfo Suárez, aunque lo suficiente para conseguir una constitución aceptada por amplia mayoría de los españoles y la elaboración de los pactos de la Moncloa, conseguidos por la franca colaboración de todos los agentes económicos y sociales y la eficaz moderación del profesor Fuentes Quintana.

Los adversarios de Suárez, de todos los colores, consiguieron derrocarlo utilizando todos los medios a su alcance, desde la crítica despiadada hasta al golpe de estado y comenzó el rodaje de la democracia, que ha sido sobre todo una encarnizada lucha por el poder entre izquierda y derecha, donde han abundado más los enfrentamientos que los consensos y ha terminado por esfumarse el perfume de la concordia.

La entrada en Europa, las ayudas que se consiguieron y la realización de obras faraónicas: Expo, V Centenario, Olimpiadas, Ave y Autopistas, nos entretuvieron ilusionados, el estado de bienestar funcionaba y la burbuja inmobiliaria empezó a crecer, con trabajo para todos los de aquí y los de fueras, hasta que todo se vino abajo y puso al descubierto la corrupción y el despilfarro de unos y otros, de todos.

España pasó de ser un ejemplo para el mundo por su transición desde un régimen autoritario a otro democrático y su espectacular crecimiento económico, al bochorno de ser un país endeudado hasta las cejas que ha de someterse a las exigencias de los organismos de Bruselas.

Acostumbrados a vivir con desahogo y a disfrutar de prestaciones sociales crecientes llevamos mal el paro, por supuesto, y los recortes de prestaciones que todos creían derechos consolidados para siempre. Para protestar por todo ello, una parte de los españoles se lanzan a la calle para echar las culpas al gobierno y estas protestas se van haciendo cada vez más ácidas y corrosivas. Ni la oposición ni los que protestan aportan soluciones para salir de la situación sino que la deterioran por momentos.

Si en los tiempos de la transición había un sentimiento de reconciliación y concordia, ahora lo que se respira por todos lados es el odio radical al contrario. En este caldo de cultivo no es extraño que grupos extremistas desencadenen la violencia con la vieja idea revolucionaria de: cuanto peor, mejor. Nada de buscar soluciones sino destruir y arrasar pensando que, una vez arrasado todo, surgirá un mundo maravilloso.

Como la primera premisa política de los partidos es que todo lo que sea malo para el contrario nos beneficia, es lógico que la oposición no condene sino que se alegre de las dificultades del gobierno.

Pero el odio es terriblemente contagioso. Los que se sienten odiados responden también con odio en una espiral sin fin. Aquello que Kipling decía a su hijo para ser un hombre: si sintiéndote odiado, sin odiar a tu vez, puedes luchar y defenderte, pocos lo habrán leído ni seguido.

Los cristianos con fe saben que el amor es más fuerte que el odio y tienen el deber de amar a sus enemigos y amar es buscar activamente el bien de quien se ama. ¿Habrá cristianos con fe que sean capaces de poner amor donde hay odio, como decía Francisco de Asís, y hacer una España mejor?.


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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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