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El espiritu de los Borgia aún sigue vivo
Pelayo López
Esto empieza a parecerse al cuento del lobo y las ovejas. ¡Que viene!, ¡que viene!, nos grita un desconsolado pastor para proteger a sus ovejas, y, luego, resulta que no era así, que sólo era una falsa alarma. Resulta que, después de gritar a pulmón abierto que Corea del Norte se había erigido como una nueva y diabólica amenaza nuclear, los Estados Unidos ahora ponen en tela de juicio que el régimen norcoreano haya culminado con éxito su ensayo de prepotencia. ¿Habrá usado la Casablanca en esta ocasión las mismas lentes con las que visionó las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein?. Lo que queda claro es que Pyongyang ya ha dejado atrás a su profesor norteamericano, ya destinan los asiáticos el 80% de su dinero a la carrera armamentística, y eso no tiene precio, o sí, aunque resulte incluso pecaminoso decirlo, el de miles y miles de personas con fecha de caducidad.
Ya saben ustedes que la energía nuclear es muy especial. No todos pueden tenerla, y sólo unos pocos deciden quien puede jugar con ella o no. Jugar, lo que se dice jugar no, pero el botón rojo encendido, y nunca mejor dicho si hablamos de los colores nacionales, es el que sigue encendido en nuestra selección absoluta de fútbol pese a la balsámica victoria frente a una amistosa Argentina. Si nos pidiesen que asignásemos un color a la vergüenza, casi todos diríamos que el rojo. Pues el único rojo que parecen llevar el Presidente de la Federación, el entrenador y los jugadores es el la camiseta, porque en sus rostros sólo se puede contemplar eso, una cara, pero cara cara. A alguno que otro le mandaríamos al Purgatorio para que expirase sus pecados. ¡Lástima!, que ahora el Vaticano ha cerrado el acceso. Eso sí que es adaptarse a los tiempos presentes. Renovarse o morir. Si Dios está en todas partes, la próxima vez lo mismo cierran las puertas de las iglesias. Parece mentira, pero como pueden comprobar, ahora que se acaba de estrenar su vida en el cine, cinco siglos después poco hemos evolucionado. Las luchas de poder espiritual y terrenal siguen encendidas, una llama que se entrecruza con la otra, el espíritu de los Borgia aún sigue vivo.
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