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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Suárez, de camisa azul a blanca

El desmontador del franquismo
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
martes, 25 de marzo de 2014, 07:49 h (CET)
Después de varios años de padecimiento con el Alzheimer atacando su cerebro borrando cruelmente todas sus vivencias ha muerto Adolfo Suárez, el que fuera primer presidente de España después de la muerte del dictador Franco. Suárez, por mucho que se empeñen todos esos exegetas que han aparecido con su muerte, nunca fue el primer presidente democrático de este país, antes que él estuvieron los presidentes de la República que fueron arrumbados del poder legítimo por la fuerza de las armas y las camisas azules de la Falange, esa misma camisa azul que Suárez visitó desde el año 1956 cuando Herrero Tejedor, su padrino político y valedor, le nombró Delegado gubernativo en Ávila, su provincia de nacimiento.

En aquel ya lejano 1956 un joven Adolfo Suárez subió al coche oficial por primera vez y ya no lo dejaría durante decenas de años. Su carrera siempre fue en ascenso, siempre auspiciada por Herrero Tejedor, preboste del régimen franquista y mandamás de la Falange, aunque ésta intentará disfrazarse bajo el nombre de Movimiento Nacional. Suárez fue escalando, sin prisa pero sin pausa, los escalones del poder hasta llegar a lo más alto. En 1967 le nombran Procurador en Cortes por Ávila, al año siguiente ya es Gobernador Civil de Segovia, durante el periodo 1969 al 1973 es Director General de TVE desde donde el régimen imparte consignas y doctrina a los españoles que no tenían más opción que un segundo canal, también oficial, si querían ver otra cosa. En 1975 ya está en uno de los puestos más altos de la política franquista, es Vicesecretario General del Movimiento y Consejero Nacional, pero tiene la mala suerte de que su mentor, Herrero Tejedor, muere en accidente de tráfico y Suárez dimite de todos sus cargos políticos para marchar como Delegado del Gobierno a Telefónica, por aquel entonces empresa estatal.

El 20 de Noviembre ocurre un importante acontecimiento que hace variar la vida de los españoles y que de nuevo lleva a Suárez al mundo de la política. Fallece Franco, después de larga agonía, se entroniza, sin que el pueblo tenga opción a otra cosa que a oír, ver y callar, la monarquía de los Borbones en la figura de Juan Carlos I y éste encarga a Arias Navarro la formación de Gobierno, y Arias nombra a Suárez Ministro Secretario General del Movimiento. Por fin aquel joven abulense que comenzó a medrar en política al amparo de Herrero Tejedor estaba ya en una clara posición de salida para aspirar a más altas instancias.

Arias Navarro, también conocido como “el carnicero de Málaga” por la represión que hizo sufrir a los malagueños durante la Guerra Civil, era un franquista hasta las cachas que creía en aquello del “atado y bien atado” que había proclamado el dictador. El núcleo duro del franquismo no quería ni oír hablar de urnas, democracia ni apertura política y además se sentían fuertes al contar con un ejército cuyos mandos todavía provenían de la época en que se alzaron en armas contra la legalidad republicana. Las discusiones entre el Rey y el Presidente del Gobierno eran constantes, al Rey no le interesaba que su reinado se asemejará en nada al franquismo dictatorial y al finalmente en el verano de 1976 destituyó a Arias Navarro para poner al frente del Consejo de Ministros a un hombre joven, de su generación y con el que parecía tener cosas en común, de esta manera aquel verano Adolfo Suárez llegó a la Presidencia del Gobierno, sus aspiraciones se habían cumplido.

Desde este puesto su principal misión era democratizar a España en lo que pudiera, y en esta tarea se empleó también, ahora con prisa y sin pausa, el país debía modernizarse y comenzar a caminar el camino que llevaría a la democracia. No era tarea fácil de llevar a cabo, pero Suárez era un encantador de serpientes con mucha mano izquierda y con la ayuda de Torcuato Fernández Miranda y el apoyo de Juan Carlos I comenzó por desmontar todo el entramado franquista obligando a hacerse el harakiri a todos aquellos procuradores en Cortes cuyo único mérito para ocupar su escaño en la Carrera de San Jerónimo era su fidelidad a Franco, nadie les elegía de manera directa. Conversaciones de despacho y pasillo, promesas de prebendas para los más díscolos como la que ofreció a Pilar Primo de Rivera, jefa de la Falange femenina, de recolocar como funcionarias a todas sus “chicas”, generalmente damas ya de edad avanzada, y a los más reacios a votar a favor de la propuesta, los procuradores del tercio sindical, del sindicato único franquista, los envió de crucero a Panamá para que el día de la votación no estuvieran presentes. Así, con todas estas componendas, y la defensa de la Ley que desde el estrado hizo Miguel Primo de Rivera, sólo le quedaron enfrente cuatro gatos amparados en los faldones de Blas Piñar y Girón de Velasco que fueron fieles al dictador hasta la muerte.

Con el camino ya expedito Suárez convocó elecciones generales en Junio de 1977, pero primero el sábado santo de aquella Pascua legalizó el Partido Comunista cosa que provocó ruido de sables en algunas Salas de Bandera de los cuarteles y la dimisión de los Ministros militares. Para aquella elecciones Adolfo Suárez junto con otros jóvenes cachorros del franquismo cambiaron sus viejas camisas azules y las blancas chaquetas del uniforme del Movimiento por serios y oscuros ternos y blancas camisas para crear la Unión de Centro Democrático, un batiburrillo de partidos que, aunque ganó dos veces las elecciones, acabó explotando por la variedad de ideologías que finalmente se cobijaron bajo las siglas U.C.D.

Suárez, buen conocedor de la idiosincrasia del franquismo supo llevar a cabo el desmantelamiento del mismo, pero no todo el mérito fue suyo como en estos días nos quieren hacer creer. Los partidos políticos mayoritarios se confabularon para que, como en la obra de Lampedusa todo cambiara para que todo siguiera igual o casi igual. Franco había muerto en la cama y sus seguidores, después de la desaparición oficial del franquismo, siguieron en sus puestos con la aquiescencia de una parte de la clase política que, decían que por prudencia, no se atrevieron nunca a exigir responsabilidades a aquellos que durante casi cuarenta años habían estado gobernando España como si de su cortijo se tratara. Siguieron los mismos jueces, la misma policía, aquella policía que se había pasado años y años torturando y, en algún caso asesinando, demócratas, y los mismos funcionarios al frente de estamentos necesarios para el desarrollo de las libertades en el país. La Transición fue la que fue, nunca se terminó de llevar a cabo una verdadera renovación de los estamentos franquistas que siguieron durante años y hasta su muerte dominando diversos aspectos del país. Y todo ello bajo el ojo vigilante de un Ejército anticuado y franquista cuyos sables pendían cual espada de Damocles sobre las cabezas de los políticos, que fueron haciendo algunas leyes, como algún apartado de la Constitución, al dictado de los milicos.

Descanse en paz Adolfo Suárez, tan sólo por los años de enfermedad ya lo tiene merecido. Pero que no nos vendan que gracias a él disfrutamos de la democracia, no le niego la parte alícuota que le corresponde, pero tampoco olvido algunas de las cosas que hizo o dijo. No olvido que, ese acendrado demócrata, afirmó que no se podía estudiar física nuclear en vasco o en catalán, no olvido que los problemas que el llamado Estado de las autonomías tiene en estos momentos se debe a su invento del “café para todos” y dar autonomía incluso a las regiones que no la pidieron para eludir las aspiraciones de catalanes y vascos, como mérito le cuelgan la medalla de haber traído a Tarradellas e instaurar la Generalitat catalana antes de promulgar la Constitución pero lo hizo para parar los pies a la izquierda catalana. Y sobre todo no creo que en Vitoria nadie olvide que aquel fatídico 3 de marzo de 1976 en que murieron cinco trabajadores acribillados por las balas de la policía Adolfo Suárez era el Ministro del Interior en sustitución del titular, Manuel Fraga, que estaba de viaje en Alemania.

Una cosa hay que poner en su haber, fue un hombre dialogante y buscó el consenso cuando lo consideró oportuno. Hoy esa derecha que le llora con lágrimas de cocodrilo y que fue la que le obligó a dimitir en 1981 tendría que poner en práctica algunas de las cosas que resaltan de él en estos momentos de duelo. Y fue un hombre valiente, el 23-F se mantuvo a pie firme ante el loco ataque de un teniente coronel con pistola y tricornio que se amparaba en los hombres a su cargo a la mayoría de los cuales llevó engañados a asaltar el Congreso. Consiguió lo que quería, desde abajo llegar a lo más alto.

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