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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Adolfo Suárez, crónica de una necrología anticipada

“Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales”, Miguel Delibes
Miguel Massanet
lunes, 24 de marzo de 2014, 08:06 h (CET)
Dios todopoderoso se ha mostrado piadoso con don Adolfo Suárez porque, en su desvarío mental, no le ha permitido darse cuenta de como el afán de anticipación de los medios de comunicación, sus compañeros, los políticos y todos aquellos que durante la transición no se ocuparon de otra cosa que de segarle la hierba debajo los pies; se han apresurado a anticiparse a la labor de la guadaña de la Parca, enterrándolo en vida, adelantando los obituarios que a cualquier mortal se reservan para después de su fallecimiento.

Es posible que las prisas, la ambición de ser el primero en adornar una vida de un personaje importante para la Historia de nuestro país con las mejores, más floridas y adornadas frases de condolencia; el deseo de contar sucesos, anécdotas o confidencias recibidas o inventadas del personaje o la pretensión de haber sido uno de sus amigos más entrañables, que de estos sujetos está nuestro país sobrado; hayan precipitado que en todos los medios de comunicación, sean públicos o privados, se hayan anticipado las noticias de su muerte como si en realidad hubiera ya ocurrido. Puede, señores, que esto sea fruto de esta vida apresurada que hace que parezca que estemos ansiosos de que pase el tiempo, se precipiten los acontecimientos y dejemos atrás la vida sin ser capaces de tomarnos un tiempo para disfrutar de sus placeres.

El caso del triste anuncio de la gravedad de la enfermedad de don Adolfo Suárez,; la unánime consternación que ha producido entre la mayoría de españoles que tuvieron la oportunidad de vivir aquellos difíciles tiempos de la transición y el deseo de muchos de aprovechar esta ocasión para rendirle un homenaje póstumo al personaje no justifican, en modo alguno, el hecho de que se le haya enterrado en vida, hablando en pasado como si el alma inmortal del moribundo, que todavía gozaba de los últimos alientos de su personal periplo por este cruel mundo de padecimientos e injusticias, estuviera depositada en la barca de Caronte, navegando por el río Aqueronte rumbo a su última morada.

Lo cierto es que tengo la impresión de que, si este caballero de la transición y maestro de políticos, hubiera podido decidir sobre cómo quería acabar su existencia, me imagino que hubiera preferido menos algaradas, anticipos, velatorios y llantos de plañideras antes de que se produjera su fallecimiento y mas recogimiento, respeto y oraciones, en tanto le quedara un hálito de vida. En todo caso, ya se han cumplido los agoreros pronósticos de los médicos, la peor condena que se le puede dictar a un enfermo y don Adolfo nos ha abandonado, dejando tras de sí el recuerdo de un gran estadista que, con el tiempo, ha conseguido que su figura se agrandase y que la Historia lo haya acogido como aquella persona que supo conseguir, al menos en aquellos momentos, que los españoles fueran capaces de reconciliarse después de años de rencores y resabios, derivados de la guerra Civil.

Nadie puede decir que el balance político de don Adolfo no deje un saldo abultado a su favor y que, sus esfuerzos, no estuvieran destinados a conseguir lo mejor para España. En cualquier caso, no todo lo que se propuso, con la experiencia que nos ha dado el tiempo transcurrido desde su mandato, resultó como pensamos que él se habría imaginado. Como cualquier humano, por capacitado que esté, no puede sustraerse a cometer equivocaciones, es posible que la premura para conseguir una paz y evitar el enfrentamiento entre españoles no le permitiera calibrar el peso del comunismo en España (menos del que se imaginaba, como probaron los resultados de las urnas) y es posible que restara importancia al reforzado partido socialista del señor Felipe Gonzáles, salido del XXVI Congreso del PSOE, en Suresnes. Muchos opinaron entonces que, la legalización del PC de Carrillo, fue precipitada y ello irritó al Ejército y a una parte importante de los españoles adictos al anterior régimen del general Franco; algo que puede que contribuyera al intento de golpe de Estado del 23F de 1981.

Seguramente, Suárez debió pensar que, una forma de satisfacer a los catalanes y a los vascos, que consiguiera apaciguar sus ideas separatistas, sería el conformar un tipo de Estado menos centralizado y, por ello, se optó por recoger, en la Constitución de 1,978, un sistema distinto al anterior ( regiones y provincias) para sustituirlo por un modelo en el que se les daba más libertades a las autonomías, se constituían gobiernos autonómicos y, lo más importante, se les traspasaban importantes paquetes de las antiguas competencias estatales, para que pasaran a ser administradas por los nuevos gestores autonómicos. En ello, también, como el tiempo se ha encargado de confirmar, faltó valorar en sus justos términos lo que se conoció como “el hecho diferencial”, que distinguía entre comunidades históricas y aquellas que no se consideraban como tales. Inmediatamente lo que se había pensado que sería un elemento pacificador, para amainar el sentimiento nacionalista de catalanes y vascos, quedó claro que no resultó ser la piedra filosofal para evitar que fuera in crescendo; al revés, con el Estatut catalán, se inició una nueva etapa que, a través del tiempo, ha llevado a la situación actual de enfrentamiento y evidente tirantez con el Estado español.

El propio Adolfo Suárez, si hubiera dispuesto de lucidez, seguramente se hubiera apercibido del error de cálculo que supuso darles los medios, a los nacionalistas, que les permitieran avanzar por su cuenta, al margen del Estado español, utilizando la transferencia de la educación para establecer la inmersión en el idioma catalán y para adoctrinar a los jóvenes catalanes en las ideas separatistas que los han convertido en activistas en pro de la independencia de España. Algo que ya no tiene remedio.

Claro que esto no fue responsabilidad del gobierno presidido por Adolfo Suárez, sino de los gobiernos que se fueron sucediendo después, donde la miopía política de los distintos gobernantes no supieron evitar que, este proceso disgregativo, se fuera extendiendo como una de las peores epidemias que ha venido padeciendo nuestra nación. Lo cierto ha sido que, la talla de estadista de don Adolfo no ha sido heredada por ninguno de sus sucesores en el gobierno de la nación, que han sido incapaces, con la excepción del señor Aznar, de gobernar para los ciudadanos, preocupados solamente en conseguir votos para mantenerse en el poder.

Muchos de los que ahora, hipócritamente, se lamentan de la muerte de Suárez, elogian su trayectoria política y alaban sus cualidades como negociador, fueron los que, en su día, dentro de su propio partido, la UCD, le traicionaron y le obligaron a retirarse para no ser un obstáculo para la nación. No olvidemos que, todavía, nadie sabe quienes fueron los verdaderos promotores e inductores del golpe del 23F y de donde partió la idea de levantarse contra el gobierno establecido. Dios se apiade del alma de este patriota y lo acoja en el seno de los bienaventurados; de corazón lo deseamos.
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