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Etiquetas:   España   Política   -   Sección:   Opinión

Un dedo en los labios

El de un periodista
José Luis Heras Celemín
lunes, 24 de marzo de 2014, 07:54 h (CET)
La noticia, poliédrica, estaba en Valladolid. La Agencia de noticias de información de Castilla y León, ICAL, era en sí misma noticia. Celebraba su vigésimo quinto aniversario. Premiaba a nueve personalidades castellanoleo-nesas, una de cada provincia, por su contribución a una sociedad mejor. Entre-gaba un Premio Especial al Compromiso Humano al abulense José Jiménez Lozano. Y había convocado un acto regional importante, al que iban a acudir las autoridades autonómicas, que se preveía multitudinario.

Luis Miguel Torres, el director de ICAL, había comenzado el acto haciendo la presentación de la agencia. Se habían entregado los premios a los galardonados: Sara Escudero, voluntaria de la Cruz Roja, por Ávila. Clemente Serna, abad del Monasterio de Silos, por Burgos. Cristóbal Halffter, compositor, por León. Jose María Pérez “Peridis”, arquitecto, por Palencia. Eugenio Santos, biólogo director del Centro de Investigación del Cáncer, por Salamanca, María José Frías, autora teatral, por Segovia, Juan Manuel Ruiz Liso, especialista en dietética, por Soria. Ánge-la Bachiller, concejala singular, por Valladolid. Y María del Rosario Heras, doc-tora en física experimental, por Zamora.

Después le tocó el turno a José Jiménez Lozano. Al menudo y enorme don José, que fue premio Cervantes en el año 2002 y que atesora más cuali-dades que distinciones tiene, se le había sido encargado hablar en nombre de los galardonados. Comenzó su discurso, tras un atril, desechando otras como-didades que una luz y unos folios:

“Conforme ya parece ser costumbre consolidada en situaciones como la presente de una ceremonia de recepción de premios o distinciones otor-gados a muy diversa clase de personas de muy distinto ámbito, como en este caso son la empresa, la ciencia, el conocimiento, las bellas artes y las letras, es la persona que entre ellas parece como más arrimada al ámbito periodístico y literario quien debe encargarse de agradecerlos en nombre de todos…”.

Y en llegando ahí, apareció el periodista. Y la profesión le pudo. Enton-ces salió a la luz otra cara de la noticia, no la más importante que vendría pare-ja. Fue una clase, tan magistral como sencilla, de un escritor de clase, castella-no, con el conocimiento de base de los plumillas viejos, con las maneras senci-llas de los hidalgos de siempre, y con las huellas de los periodistas puros. Ante el atril de la agencia de noticias ICAL, fue soltando, como puños duros, perlas enormes de magisterio:

- “el periodista no precisa más libertad para ejercer su profesión que una cuartilla y un lapicero”.

- “todos los periódicos que han superado en España los cien años, con sólo una excepción, han sido pequeños periódicos de provincia”. … La prensa de provincias “ha estado en la realidad diaria de las gentes sin tener que inven-tarla”.

Al considerar la libertad con que se ejerce el periodismo, advirtió, “no se puede preguntar hasta dónde se puede llegar”, porque la misma pregun-ta ya supone un límite.

Después, como redactor de base, enunciaría las cinco preguntas de la noticia que preocupan al periodista: ¿Qué?, ¿Quién?, ¿Cómo?, ¿Cuán-do?, ¿Dónde? Y se reservaría, como privativa, la última: ¿Por qué?.

Entonces fue cuando, en el poliedro magnífico de la noticia, apareció esa cara extraordinaria que es, por auténtica y vocacional, sublime:

José Jiménez Lozano, don José, movía los folios con las manos, tras un atril no muy grande, en una suerte de prestidigitación de la que iba sa-liendo, además del magisterio y con el gesto, algo más que la noticia.

Antes de mover cada hoja de papel, el orador se llevaba la mano a la boca, ponía el dedo índice enhiesto y lo dejaba pasar junto a los labios. El gesto, por familiar, me emocionó. Agucé la vista, concentré la atención e intenté ver hasta dónde llegaba el dedo para ver si pretendía, o no, ser humedecido por los labios. A pesar de la distancia, lo advertí: Si Jiménez Lozano acercaba el dedo a los labios no era para humedecer el folio.

Al terminar el acto, me acerqué a él y no le pregunté porque sabía la respuesta, sólo le pedí:

- Don José, mañana, cuando me levante, voy a escribir una crónica sobre el acto de hoy. Y hay un gesto suyo que me ha emocionado, porque es igual que el que hacía mi madre, al pasar las páginas que nos leía a mi hermana y a mí. Usted lo ha repetido hoy. Si me hace usted el favor, le agradeceré un título para esa crónica que voy a escribir.

Se puso serio, también alegre, me ofreció una sonrisa inmensa con sus ojillos de castellano recio y me otorgó el titular que encabeza ésta:

Ni él ni yo lo dijimos, pero los dos supimos que el dedo del periodista en los labios comunicaban lo más excelso de la noticia: Eso que no se ve y sí se siente cuando se ve a alguien como José Jiménez Lozano con...

Un dedo en los labios.
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