Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La sociedad del tiempo liberado

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 14 de octubre de 2006, 03:29 h (CET)
“El tiempo que ibas contando
por años, meses y días,
por horas y por minutos,
era el tiempo que perdías.”


José Bergamín

Desde el comienzo de la sociedad moderna, no ha dejado de plantearse una misma cuestión en las sociedades occidentales: ¿en qué medida es compatible la racionalidad económica con el mínimo de cohesión económica que una sociedad necesita para sobrevivir? Hoy se plantea este mismo problema bajo nuevos aspectos, con una actualidad y agudeza crecientes.

En el conjunto de los países de la Unión Europea se producen hoy tres o cuatro veces más riquezas que hace cincuenta años. Sin embargo, tal producción más que triplicada no precisa tres veces más horas de trabajo. Exige una cantidad de trabajo mucho más reducida.

En Alemania el volumen total por año de trabajo ha disminuido un 35 por ciento. En Francia lo ha hecho en un 20 por ciento en cuarenta años y un 10 por ciento en los seis últimos años. De aquí en adelante, se nos dice, que los franceses mayores de 15 años pasarán menos tiempo en el trabajo de lo que pasan viendo la televisión.

El sentido de tales cifras –sentido al que nuestra civilización y nuestros representantes políticos prefieren no enfrentarse- implica que ya no vivimos en una sociedad de productores, en una civilización del trabajo. Este no es ya el principal cimiento social, ni el principal factor de socialización, ni la ocupación principal de cada uno, ni la principal fuente de riquezas y bienestar, ni tampoco el sentido y centro de nuestras vidas. Salimos de esto de espaldas y de espaldas nos adentramos en una civilización de tiempo liberado, incapaces de verla y de quererla, e incapaces entonces de civilizar el tiempo liberado que no has tocado, incapaces de fundar una cultura del tiempo disponible y una cultura de las actividades elegidas para reemplazar y completar las culturas técnicas y profesionales que dominan la escena. En nuestro discurso, todo continúa dominado por la eficiencia..., la preocupación, en definitiva, de obtener el mayor resultado posible con el mínimo trabajo en el mínimo de tiempo. Y parecemos decididos a ignorar que nuestros esfuerzos de eficacia, de racionalización económica, tienen como consecuencia principal un resultado que dicha racionalidad económica no podrá evaluar ni dotar de sentido: la liberación del trabajo, la liberación de nuestro tiempo y la liberación del reinado de la propia racionalidad económica.

Esta incapacidad de nuestras sociedades de fundar una sociedad del tiempo liberado tiene como consecuencia una distribución completamente absurda y escandalosamente injusta del trabajo, del tiempo disponible y de las riquezas. Nuestra mayor atención recae sobre las nuevas vías que abre la revolución microelectrónica y sobre las transformaciones fundamentales que suponen en la naturaleza del trabajo industrial y, sobre todo, en las condiciones de los trabajadores. Se nos dice que las tareas repetitivas y de pura ejecución tienden a desaparecer de la industria; que el trabajo industrial tiende a convertirse en un trabajo interesante, responsable, auto-organizado, diversificado, que exige individuos autónomos capaces de iniciativa y capaces de comunicar, de aprender y de manejar una variedad de disciplina intelectuales y manuales. Un nuevo artesanado, se nos dice, está tomando el relevo de la antigua clase trabajadora y realizando su viejo sueño: los productores tienen el poder sobre los departamentos de producción y en ellos organizan soberanamente, su trabajo.

Y si preguntamos. ¿Qué proporción de asalariados accede entonces a esta nueva condición? Se nos responde así: hoy en día, se trata tan sólo de un 5 a un 10 por ciento de trabajadores de la industria, pero mañana serán más del 25 por ciento, porcentaje que en las industrias metalúrgicas alcanzará del 40 al 50 por ciento.

Muy bien. Pero ¿qué sucederá con el 75 por ciento de los empleados de la industria, el 50 o 60 por ciento de la metalurgia, que no accederá a esta envidiable situación que acabamos de describir? ¿Qué sucede con aquellos y aquellas que no trabajan en la industria? ¿No son éstos cada vez más numerosos? ¿No despide la industria mano de obra, no reduce, a medio y largo plazo sus efectivos? ¿No ha descendido la proporción de la población activa empleada en la industria alrededor de un 40 por ciento hace veinte años, alrededor del 30 por ciento actualmente y no se prevé que representará menos del 18 por ciento en una decena de años? ¿Qué sucede entonces con esta mano de obra que la industria “libera” , si puede decirse así, para no conservar sino estos preciados profesionales polivalentes a los que, para mantenerlos, se les ofrece un tratamiento y una situación privilegiados?

Conocemos las respuestas a estas preguntas, pero preferimos no ver el significado doloroso, desolador. En efecto, para casi la mitad de la población activa, la ideología del trabajo es una maldita farsa, la identificación con el trabajo algo imposible, pues el sistema económico no tiene necesidad, o tiene una necesidad esporádica, de su capacidad de trabajo. La realidad que nos ocultan la exaltación de los “recursos humanos” y la exaltación del trabajo de los nuevos profesionales es que el empleo estable, de jornada completa, durante todo el año y toda la vida activa, se convierte en el privilegio de una minoría, y que para casi la mitad de la población activa el trabajo ha dejado de ser un instrumento que les integra en una comunidad productiva y define su puesto en la sociedad. Y como dijo el poeta: “¿Qué quieres que yo te diga / que no sea un mal decir / de tu suerte y de la mía?”.

Noticias relacionadas

Patriotismo vs. pasotismo

“Cuando la patria está en peligro no hay derechos para nadie, sino sólo deberes” E. von Wildenbruch

La retirada de Trump del acuerdo sobre cambio climático y el movimiento social que desencadenó

Falta de educación

El respeto, la educación y los buenos modales se están perdiendo en los adolescentes

El nefasto cuento de la lechera del separatismo catalán

“Es lastimoso que seamos seducidos por nuestras propias bufonadas e invenciones” M.E de Montaigne

Sin retorno

a locura melancólica no tiene sentido; pero el reto del progreso no admite enajenaciones
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris