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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

La indecencia de la demasía retributiva

“No hay montaña tan alta que no la suba un asno cargado de oro” Luján de Sayavedra
Miguel Massanet
sábado, 15 de marzo de 2014, 07:08 h (CET)
Soy un decidido defensor de que el esfuerzo, la sabiduría, la inteligencia y la creatividad fuere quien fuere quien las poseyese, tanto el pobre como el rico, sean valoradas por encima de la cruel mediocridad de la gran masa. La igualdad de oportunidades, la línea de salida de la carrera de la vida debe tratar por igual a quienes acuden a ella, sin distinción alguna derivada de los orígenes, la clase social, las creencias o las ideas políticas que cada uno pueda tener; sin embargo, siempre los habrá que corran mejor, que destaquen por su fortaleza, que sean más rápidos, listos o mejor dotados intelectualmente que otros para desenvolverse. Si a estos que destacan de los demás, que pueden proporcionar al colectivo mejores rendimientos o disponen de mejores dotes de organización y mando para ponerse a su frente de la nación; la sociedad no los cuida, los gratifica mejor, les ayuda a desenvolver y proyectar sus conocimientos y cualidades en beneficio de la comunidad, es posible que pierda la posibilidad de aprovecharse de un talento potencial, renunciando a la oportunidad de aprovecharse y obtener los frutos de él, que le permitan su mejora y desarrollo.

Es por ello que no creemos en los cupos, tanto de hombres como de mujeres; ni en la capacidad de aquellos, cuyos padres hayan sido capaces de triunfar en la vida, para sustituirlos en el mando de sus negocios, industrias o gabinetes de negocios si, el único título para hacerlo, consiste en el parentesco con sus antecesores. Es obvio que todos aquellos que estén mejor preparados, que brillen por encima del resto y que gocen de una inteligencia superior, deberán estar mejor remunerados que el resto de sus compañeros de trabajo. Dicho esto, queremos hacer referencia a aquellos chupópteros, sanguijuelas, parásitos y vividores, parias de la sociedad, que no dudan en recurrir a toda clase de martingalas y malas artes; saltando por encima de los demás; prostituyéndose, tanto físicamente como moralmente; engañando, halagando, calumniando o vendiéndose, para lograr llegar a la cima, conseguir la riqueza o alcanzar el éxito y la popularidad.

Es evidente que, cuando la situación del país deja de ser confortable; el trabajo escasea, los créditos apenas se consiguen, una gran masa de sus ciudadanos bordean la línea roja de la pobreza; las empresas pasan por serias dificultades y el número de desempleados alcanza cifras desorbitadas, como es el caso de España (con sus más de 5 millones de parados y casi dos millones de personas que ya no reciben ninguna ayuda); resulta más escandaloso, menos justificable y, sin duda, más indecente; que existan personas que destacan por sus abultados patrimonios; que por influencias o por reportar grandes beneficios a aquellos para los que trabajan o, incluso, que bajo la apariencia de formar parte de organizaciones benéficas o relacionarse con ellas, se lucran de unos emolumentos que, desde el punto de vista moral y ético, sobrepasan lo que se considera una compensación justa, lógica e incluso generosa. Estos sueldos desorbitados, estas fortunas excesivas y estos contratos que garantizan unas compensaciones multimillonaria por trabajos que, en ningún caso, los justifican y que, si se buscara, existirían muchas personas, con iguales o mejores cualidades, dispuestas a desempeñarlos por una cantidad mucho más reducida y proporcionada.

Verán ustedes, cuesta que haya alguien que admita que se le retribuye mejor de lo que, en justicia se merecería. Cuando se entra en el tema de las retribuciones no existe diferencia alguna entre aquellos que son de derechas o los que pertenecen a las izquierdas porque, en ambos casos, como ocurre cuando se proponen aumentos de las retribuciones de parlamentarios o senadores, todos, por unanimidad, los aceptan sin que haya ni uno solo que proteste por tal decisión. Hoy mismo, en una emisora de que se considera imparcial; en la que se habla mucho de política y economía, que se critican a los que invierten en SICAV y a aquellos que piden aumentos salariales en las empresas, sin tener en cuenta que hay un número importante de parados; en el momento que se ha puesto sobre el tapete el informe de los “sabios” sobre una posible reforma de la fiscalidad en España; a todos los tertulianos se les ha encogido el ombligo cuando se ha hablado de la posibilidad de que a los sueldos millonarios se les apliquen unas retenciones mayores.

Lo típico. Se han agitado los ánimos de los presentes cuando, se ha entrado a tratar de la finaza de 29 millones de euros impuesta por la jueza Alaya a la señora Magdalena Álvarez –enchufada, por Rodríguez Zapatero, en el cargo de vicepresidenta en el BEI (Banco Europeo de Inversiones) cuando se la cesó por su desastrosa gestión del ministerio de Fomento – presuntamente implicada en el embrollado caso de los ERE de Andalucía. Cuando ha salido a relucir que esta señora cobra más de 22.000 euros al mes más dietas y otros beneficios, nadie lo ha considerado un sueldo excesivo y se han lamentado de que se la critique porque perciba semejante bicoca por algo que es más honorario que efectivo . Les parecía normal. Detrás de todo ello está que, estos señores, con toda probabilidad cobran cantidades parecidas si no superiores y ¡claro!, para ellos no son cantidades elevadas sino justificadas. ¡El grado de la egolatría humana no tiene límites! Seguramente, piensan que la cantidad que cobran en sus respectivos puestos la tienen merecida y no es exagerada. Para ellos es posible lo que cobran es justo pero, para la mayoría de ciudadanos, es evidente que son cantidades astronómicas que para nada, están justificadas.

A contrario sensu, tenemos casos evidentes de investigadores, científicos, médicos importantes y otros personajes superdotados, que han tenido que marcharse de España ante la imposibilidad de que se subvencionen sus investigaciones o se les paguen unos sueldos acordes con los trabajos que vienen desarrollando. Uno de los casos más sangrientos ha sido el de los altos cargos de bancos y Cajas, que han conseguido esquivar sus responsabilidades en las quiebras o concursos de sus entidades, se han favorecido con indemnizaciones supermillonarias y se han asegurado pensiones de infarto. Algunos han caído en manos de la Justicia, pero muchos políticos y sindicalistas que se enriquecieron formando parte de las direcciones de las Cajas de Ahorros, parece que han salido de rositas de todo ello.

La clase media española no es, ni mucho menos, un conjunto de ciudadanos de retribuciones homogéneas. En ella se han auto incluido muchos profesionales, faranduleros, especuladores, etc. que gozan de ingresos millonarios, que nada tienen que ver con el resto de los que forman parte de esta sufrida casta que vienen siendo los que sobre sí, aparte de los parados, ha caído la parte más dura de la crisis. El Gobierno debiera de saber distinguir a quiénes debe de pedirles más sacrificios, mediante una criba adecuada, a aquellos que tienen salarios excesivos y de los que, a duras penas pueden mantenerse sin caer en la pobreza, que han sido los que más han venido contribuyendo, con sus sacrificio económico, a que España vaya consiguiendo superar la crisis. O así es, señores, como vemos, con rabia, la aplicación indiscriminada de la carga fiscal en España.
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