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Etiquetas:   Cartas al director   -   Sección:   Opinión

Defensa de la vida

Carlota Sedeño, Málaga
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@DiarioSigloXXI
viernes, 14 de marzo de 2014, 14:35 h (CET)
“Vivimos en una era en la que se define la condición de persona cada vez con más requisitos, de modo que cada vez somos menos los que superamos el listón; en una era que prácticamente ha abjurado de los valores morales, de forma que podemos tratar a las personas como objetos. Sí, el aborto nos ha ayudado a aprender a hacer eso.” El que hizo estas afirmaciones sabía muy bien lo que decía ya que se trata del Dr. Bernard Nathanson que fue director del Centro de Salud Reproductiva y Sexual, entonces, la mayor clínica abortista del mundo. Este ginecólogo de Nueva York practicó a lo largo de los años unos 75.000 abortos. Al desarrollarse la ecografía en la década de los 70, observó un aborto en tiempo real y ello le condujo a reconsiderar todo hasta llegar a ser un defensor de la vida. Viajó por muchos países dando conferencias y mostrando un vídeo: “El grito silencioso”. Posteriormente, mostró un documental: “El eclipse de la razón”.

“Yo soy uno de los que ayudaron a marcar el comienzo de esta era de barbarie” fue otra de sus afirmaciones. Desarrolló la “teoría del vector de la vida” en la que explica que, desde el momento de la concepción, existe “una fuerza auto-dirigida de vida que, si no se interrumpe, dará lugar al nacimiento de un bebé humano.” Nathanson se definía a sí mismo como un “ateo judío” y hablaba del tema de la vida y su eliminación desde su experiencia práctica durante años. Realizó el aborto de su propio hijo al quedar embarazada la que entonces era su novia (él había tenido ya dos divorcios). Se negó, entonces, a un nuevo matrimonio y, además, consideró que no se daban las circunstancias socio-económicas necesarias. Dice a este propósito que fue “un egregio ejemplo de la coacción ejercida por los hombres en la tragedia del aborto”.

El Dr. Nathanson explicó, en años posteriores, que después de observar los ultrasonidos, ya no podía seguir como antes. Era algo puramente empírico ya que la tecnología había permitido conocer más sobre el feto que en casi toda la historia de la medicina anteriormente. Ya no le quedó duda alguna de que el embrión temprano es un ser humano ya que todo su código genético y todos sus rasgos son indiscutiblemente humanos. Dice: “Como ser, no cabe duda de que existe, está vivo, se autodirige y no es el mismo ser que la madre, siendo como es un todo unificado.” Viene bien recordar que la comunidad pro-vida afirma que no se puede poner como condición, para conferir la condición de persona, ninguna cualidad basada en habilidades o en capacidades físicas o mentales.

El Dr. Nathanson decía que los embriones son criaturas “dependientes” así como los fetos y como todos nosotros somos dependientes de la amabilidad o tolerancia de los otros y de varios aparatos médicos o biológicos: ayudas auditivas, gafas, marcapasos, diálisis, etc., etc. Por lo tanto, la “dependencia” no es una medida de la categoría de los seres humanos, de su calidad moral, de su valía. Hablaba de la abolida esclavitud y decía que en este tema y en el del aborto hay un mismo tema central, común a ambos: la definición del ser humano en términos morales y la eliminación de derechos naturales que acompaña a ese status.

En una autobiografía, crudamente sincera, habla de su familia, de sus orígenes, de sus fracasos matrimoniales, de su trabajo, de la evolución de su pensamiento y de cómo sus posturas pro-vida estaban científicamente fundadas y, que se mantenía a distancia de cualquier creyente ya que él era ateo. Pero, llegó un determinado momento en que reconoció, con la misma sinceridad, lo siguiente: “Por primera vez, en toda mi vida adulta, empecé a considerar seriamente la noción de Dios…Como Simone Weil, me encontré en el eterno umbral de la bendita rendición a la fe, pero siempre remiso a dar el último e irrevocable paso.” Y es que él, quizá no contaba con que siguiendo la ley natural, se encontraría también con su Creador.

El Dr. Nathanson fue recibido en la Iglesia Católica y el cardenal O`Connor le administró los Sacramentos del Bautismo, Confirmación y Comunión en la catedral de San Patricio de Nueva York. Su autobiografía se titula “La mano de Dios” y es un relato apasionante.

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