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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El mundo hispánico

Francisco Arias Solís
Redacción
viernes, 13 de octubre de 2006, 01:14 h (CET)
“Es América... “Sí, logré, mi intento”,
grita el piloto audaz, y en voz sonora
exclaman cielo y tierra y mar profundo:
“Viva Colón, descubridor de un mundo.”


Duque de Rivas

Domina hoy la tendencia a llamar “mundo” a cualquier cosa, lo más revelador fue tener que recurrir a un número ordinal, a falta de caracteres reales, cuando se acuñó, hace ya algunos decenios, la expresión “tercer mundo”.

Hay, ciertamente, un mundo occidental, definido por raíces claras y homogéneas. Pero dentro de occidente, todavía las diferencias son muy grandes, las contraposiciones considerables.

Hay otro mundo, inserto en el anterior, rigurosamente real: el hispánico. De este mundo se habla lo menos posible; se lo silencia siempre que se puede; se lo disuelve en irrealidades; se lo desdibuja. Y, sin embargo, su realidad es tan fuerte que se impone más allá de toda duda.

El rasgo capital, abarcador y unificador, es sobre todo la lengua española. Pero cuando se habla de ella, hay que considerarla más allá de su carácter estrictamente lingüístico; quiero decir que no se trata sólo de hablar, sino de vivir en español. En todo el mundo hispánico hay una comunidad de interpretaciones de lo real, de gestos mentales, biográficos, que lo caracterizan desde hace siglos, a lo largo de épocas distintas y en condiciones sociales muy diversas.

Hay un sistema de creencias, usos, estimaciones, proyectos comunes articulados en una inmensa diversidad. Y esa diversidad no es sólo individual, sino que se realiza en elementos culturales que mutuamente se pertenecen: todos los hispanoamericanos son hispánicos (aunque no, ciertamente, españoles); no todos son occidentales, pero sí occidentalizados, y los españoles por nuestra parte, aun los nacidos en Europa y que no han puesto el pie fuera de ella, son también indios y negros y mestizos, con un mestizaje histórico mucho más profundo que el étnico.

España es, ciertamente, europea; pero hay que añadir en seguida algo más no sólo. Quiero decir que no es “intraeuropea”, como otras naciones, sino transeuropea. Lo más curioso es que, si se reflexiona sobre ello, se cae en la cuenta de que el hecho de que algunas naciones, especialmente relevantes en los últimos siglos, sean intraeuropeas, ha enmascarado el hecho profundo de que Europa como tal es transeuropea, y por tanto España, al serlo, no hace sino ser fiel a la condición más profunda y creadora de Europa.

Todo lo hispánico es de todos los hispánicos. Este tiene que ser el punto de partida, sin queremos entender lo que significa ese mundo realísimo al que pertenecemos. La primera empresa es, por tanto, la toma de posesión de nuestra herencia total. Y no se olvide que al patrimonio del hombre pertenecen, y a título eminente, los errores, las apariencias de todo género, y sobre todos los problemas. Se trata de conseguir, de manera real y no meramente verbal, la instalación plena en lo hispánico.

Cuando se habla del mundo hispánico, no se trata simplemente de la historia pretérita, sino sobre todo de la historia que se está haciendo y de la que, bien o mal, se va a hacer; se trata principalmente del futuro.

En otras palabras, se trata de una empresa temporal, actualísima y por tanto vuelta hacia el porvenir, y que abarca todas las discusiones de la vida colectiva: una empresa económica, social, política, cultural, cuya primera condición es la imaginación histórica.

Europa se hizo en los dos últimos siglos casi exclusivamente desde sus versiones francesa, alemana e inglesa. Occidente podría no hacerse, pero sí iniciarse realmente, desde su versión hispánica; ello sería posible si nos diésemos cuenta de que ya está casi hecho entre nosotros. Y como decía Campoamor: “Mientras la Europa a descansar se sienta, / cual Venus de la mar saliendo, / la nunca América se ostenta / hacia el camino de la luz corriendo”.

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