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Etiquetas:   Con permiso   -   Sección:   Opinión

Bono las pagará todas juntas

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
viernes, 13 de octubre de 2006, 01:14 h (CET)
Yo suelo admirar a todo el que se sale del camino trillado, a todos los que mantienen su personalidad y permanecen al margen de las dictaduras oficiales, sean las de la política, de las modas o de las costumbres.

Por eso siempre he sentido interés por Bono o Ruiz Gallardón. No se trata de darles la razón ni de decir que si presidieran el Gobierno otro gallo nos cantaría, no. Se trata de que nunca me ha gustado eso que llaman disciplina de partido y que es una de las condiciones sine qua non para medrar en el escalafón político.

Me cuesta comprender eso que llaman disciplina de partido. He perdido la cuenta de los sitios de los que me han echado o me he ido, a veces, mea culpa, para irme a otro peor. Esa disciplina es un corsé que oprime a cualquier persona inquieta e independiente, que le impide preguntar, curiosear e informarse, que le obliga a aceptar como necesariamente bueno cuanto le venga impuesto desde los cargos superiores.

Por eso me gustaba Bono cuando se salía del guión preestablecido que le marcaban sus superiores, cuando les cantaba las cuarenta, sus cuarenta, y les soltaba su opinión, viniera o no a cuento, coincidiera o no con la del partido. A mi parecer reunía un cúmulo de cualidades que le hacían merecedor de un crédito que no tenían otros políticos. Sin embargo no me gustaba el Bono de los renuncios, el de los silencios, el que se esforzaba por no contrariar a sus líderes, el que se violentaba a sí mismo para no violentar a sus compañeros de part..., de disciplina.

Empecé a cambiar cuando aquella manifestación de víctimas del terrorismo en la que le agredieron pero no le agredieron. O no le agredieron pero se sintió agredido. Cuando menos fue un fallo de elegancia humana y política, puede que incluso algo más. En todo caso era un borrón grosero y un interrogante sobre su futuro.

Que dejase colgado a Zapatero también me gustó. Se había llenado la boca de medias palabras, de insinuaciones y de amagos y aquélla parecía ser la salida congruente de un hombre congruente. Su oposición interna no podía seguir más por el camino de sí pero no, de matizaciones y de limitadas puntualizaciones a las decisiones de su jefe de partido y de Gobierno. O se oponía o dejaba de oponerse.

Lo que ha ocurrido en los últimos días ha estado absolutamente fuera de lugar. Que se desdijera una vez más e insinuara su candidatura a la alcaldía de Madrid es impropio de alguien con su experiencia. No podía volver a los seis meses y plantearse ser alcalde paracaidista, si había suerte y salía elegido, o ser concejal cunero de la leal oposición si las cosas rodaban mal.

Sus manifestaciones del martes pasado indicaban claramente que aceptaba la ingrata tarea. Todos, y sobre todo en la Federación socialista de Madrid, estaban convencidos de que volvía, aún de una manera impropia e inelegante. Pero Bono nos ha tomado el pelo y sus compañeros del partido deben andar abochornados y quitándose de delante de la prensa para que no se les escape lo que piensan. Lo que piensan de Bono y de Rodríguez Zapatero.

Pero ésta la paga, este ridículo no lo van a dejar pasar sin más quienes tienen que lidiar con la representación del partido en la capital de España, es un descrédito que les está pasando factura y por el que van a tener que realizar mucho esfuerzo para recuperar todos los puntos que está acumulando sin mérito ni esfuerzo, en este caso, el PP. Bono ha vuelto a meter la pata, ha vuelto a querer nadar y guardar la ropa, ha querido jugar de nuevo a pares y nones a la vez, a querer sentarse en los dos lados del tablero de ajedrez. Eso en política no se hace, no se juega con las cosas de comer, no se puede insinuar una cosa tan importante y al día siguiente decir “Si te he visto no me acuerdo, José Luis”. Sus compañeros se sienten burlados y no se lo van a perdonar.

Y Zapatero también lo pagará. Algún día todavía lejano.

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