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Los maltratos

Ahí reside una de las mayores injusticias que sacude a nuestra sociedad, en ser dependiente de uno de los sexos
José García Pérez
martes, 11 de marzo de 2014, 07:50 h (CET)
Pasado ya el “Día de la Mujer” y en la confianza de que un día llegue el del Hombre sin calificativos de por medio, la verdad sea dicha estamos fama de torturadores. Quizás sea verdad, pero vamos que en cuanto se produce un maltrato a la “costilla” salte la noticia de agencia y una “primera” nos acogote y trate de destripadores al uso, tampoco es muy normal.

Hace años, al principio de nuestra todavía joven democracia, aunque marchita para muchos, corrían rumores por las tiendas de ultramarinos y entre la vecindad asequible a la cháchara de una serie de asaltos, robos, tirones, pinchaduras al cuello y violaciones por todas las esquinas y tugurios con baja intensidad luminosa; hasta tal punto llegó el terror que rejas y blindadas hicieron el agosto, mientras los padres íbamos a las puertas de las discotecas a recuperar a nuestras hijas del asaltante de turno o las esperábamos por los alrededores del domicilio con una disimulada estaca a la hora que nos habían prometido regresar.

Lo del maltrato, físico o psíquico, entre parejas desestabilizadas viene de siempre. No será un servidor el que insinúe que cuando finiquite el amorío se tome las de Villadiego, pues entonces apaga y vámonos que quedarían no más una docena por barriada.

Desde siempre he mantenido que no existe mayor acto de confianza que acostarse junto a la otra, o viceversa, cerrar los ojos y dormir siete horas seguidas tras una trifulca de las muchas que se dan entre pareja. Y no existe mayor cobardía que usar la fuerza bruta o la mala “puleva” por cualquiera de las partes contratantes, fenómeno que se dan en ambas, pero más a lo bestia por el mío sexo, aunque no haya hecho uso de ella.

Lo más lamentable en todos estos sucesos de terror es tener que aguantarlos por pantalones o falda ante la falta de autonomía económica, y esto sí se da más en el sexo llamado débil.

Ahí reside una de las mayores injusticias que sacude a nuestra sociedad, en ser dependiente de uno de los sexos, especialmente del varón. Ser dependiente del otro es vivir como esclava, no poder fijamente a los ojos de cualquiera y, como dice alguien que no recuerdo, mandarlo al diablo o allí donde se prefiera.

De esa dependencia vienen las grandes vejaciones que padece la mujer. Creo.
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