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Música española

Francisco Rodríguez
Francisco Rodríguez
jueves, 12 de octubre de 2006, 00:31 h (CET)
No me sorprende, pero me entristece, saber que el partido en el poder y sus cómplices han eliminado hasta 49 veces la mención España o nación en la Ley de dependencia.

Malhumorado por ello, conecto la radio buscando alguna distracción y oigo al locutor decir “aquí Radio Nacional de España, Radio Clásica.” Me quedo pensando si cualquier día dejara de oírse esta identificación, si se atreverán a sustituirla por otra cosa anodina y vergonzante.

Mientras escucho la música del programa siento la nostalgia del tiempo en que oír a Falla, a Albéniz, al Orfeón Donostiarra o a Mocedades, a la Caballé o a Victoria de los Ángeles era oír música española. Mía, española, era la música de Manolo Escobar o la de Kraus, de Concha Piquer o de Serrat. Recuerdo cuando íbamos de excursión y dibujamos el mapa de España con canciones típicas de cada una de sus regiones. El género chico ambientado en Guipúzcoa, en Murcia, en Madrid, en Granada, en la Mancha o en Valencia era algo que entendía como patrimonio común de todos los españoles. ¿Seguirá siendo así?

Como español me siento europeo y me encanta Mozart o Beethoven, Bach o Verdi, Berlioz o Tchaikovsky, por citar unos cuantos, y no creo que la música española de ayer o de hoy desentone con la que se hizo o se hace en Europa. Tengo el temor de que también empecemos a trocear nuestra música para no llamarla española. Recuerdo una anécdota que hace mucho tiempo oí contar. A finales de los años 50 o principios de los 60 del siglo pasado, cuando Europa era una ilusión para nosotros, hubo una reunión de jóvenes de diversos países no sé si en Estrasburgo. En el acto de clausura se pidió a los asistentes que cantaran algo representativo de su país. No hubo ningún problema con Francia, con Gran Bretaña o con Italia, pero al tocarle el turno a España no llegaban a ponerse de acuerdo, el resto de asistentes se impacientaba y los españoles terminaron entonando algo que todos sabían: “Cantemos al amor de los amores.” Hoy esto sería impensable, pero ¿habrá algo que pudiera unificarnos? Quizás el “Oé, oé”, el “Dale a tu cuerpo alegría Macarena” o el “Porrompompero” de Manolo Escobar.

En su libro “Sobre el nombre y el quién de los españoles” Américo Castro explicaba que la palabra español es un extranjerismo, concretamente un provenzalismo, derivado del latín hispaniolus que nos llegó y aceptamos en el siglo XIII, con la particularidad de ser el único gentilicio de nuestra lengua terminado en –ol. Los de Coruña no son “coruñoles” sino coruñeses. Los de España serían más bien “españeses” en lugar de españoles. Las gentes de Francia que venían por el camino de Santiago englobaron a los que iban encontrando, vascones, cántabros, astures, gallegos, con un solo nombre: “españoles”, ya que el que nombre que ellos se daban a sí mismos, en aquella circunstancia concreta, era el de cristianos para distinguirse radicalmente de musulmanes y judíos con los que compartían la península. Obviamente el nombre de cristianos no los distinguía de los peregrinos, que también lo eran. Alfonso X aceptó el provenzalismo y le dio carta de naturaleza. Durante setecientos años hemos sido españoles, si ahora dejamos de serlo será una insensata pirueta, un salto atrás y si entonces el nombre de cristianos incluía a todos hoy ya no sería así. Por eso quisiera que todos buscáramos apasionadamente lo que tenemos en común, máxime cuando nos están llegando gentes de otras partes que tienen muy clara su propia identidad.
La música española que el otro día oía en Radio Nacional de España, Radio Clásica, me dio una pista que quiero compartir con los que me lean.

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