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Ecuador: Entre la espada y la espada

Michel D. Suárez
Redacción
jueves, 12 de octubre de 2006, 00:31 h (CET)
Nueve millones de ecuatorianos están convocados a unas elecciones en las que el candidato antisistema, Rafael Correa, lidera las encuestas.

Si como indican los sondeos, el izquierdista radical Rafael Correa Delgado vence en las elecciones de Ecuador el próximo domingo, el país andino ingresará irremediablemente en la carrera de "refundación" y aniquilación de las instituciones, el último grito de la moda regional.

Todo apunta a que Correa, un economista de 43 años, podría instalarse en la presidencia mediante un sistema que él mismo aborrece. Odia los partidos políticos, no quiere oír hablar de la palabra reforma, exalta lo que denomina "revolución constitucional", afirma que los miembros de las FARC no son terroristas y juega a explicar que democracia es "otra cosa". Su plataforma (Alianza Patria Altiva y Soberana, [PAIS]) encarna justamente el resumen de sus propósitos. No es un partido, sino un heterodoxo movimiento de intereses dispuesto a cortar de raíz todo vestigio de ayer.

La victoria de sus más cercanos rivales tampoco supondría necesariamente una época de relativa estabilidad para Ecuador. El triunfo del "socialista moderado" León Roldós, de la socialcristiana Cinthya Viteri o del magnate Alvaro Noboa podría sumar a alguno de estos aspirantes a la triste nómina de seis presidentes que ha tenido Ecuador en los últimos diez años. Porque a pesar de que Correa tiene un perfil sobradamente más intelectual que el ex candidato peruano Ollanta Humala —e incluso que Hugo Chávez—, no dudaría en poner en práctica un programa de oposición que justifica "la salida por vía violenta de presidentes que no cumplan lo prometido al pueblo". Dicha amenaza no es una simple soflama, si se analiza la historia reciente del país.

La estrategia de Chávez
Por otra parte, el silencio de Hugo Chávez sobre "su candidato", es sintomático. Después del varapalo de los peruanos a Humala, Caracas ha rediseñado su intervención en las campañas electorales de la región. Del verbo encendido a favor de uno de los contendientes, Chávez ha pasado a otro tipo de apoyo.

Por ejemplo, el primer barco venezolano de petróleo, vendido en condiciones muy favorables, acaba de irrumpir en la campaña electoral nicaragüense. El anuncio no lo hizo el presidente de la República, sino el candidato sandinista Daniel Ortega.

A Rafael Correa se le piden cuentas en Ecuador por la supuesta financiación chavista de su campaña. Aunque, de momento, lo único probado es que el muy izquierdista candidato no ha escatimado recursos financieros para desplegar sus ideas: es uno de los aspirantes que más dinero ha invertido en la campaña; tanto como la derecha tradicional.

De Correa pueden esperarse varios extremos, aunque la mayor connotación de su hipotética victoria radicaría, fundamentalmente, puertas adentro. Ecuador no ha aspirado hasta ahora a liderazgos continentales. Sus problemas económicos y sociales son tantos, que sería demencial dedicarse a otros asuntos. Sin embargo, no hay nada escrito en un contexto en el que algunos líderes naturales del continente —como Brasil, Argentina y Colombia— se han inhibido y no parecen dispuestos a dar la batalla frente a Venezuela.

En el orden interno, además, Correa se enfrentará probablemente a un Congreso al que su movimiento, Alianza País, no presenta candidatos. Ésta se presenta como una estrategia deliberada para crear una situación límite que le permita disolver la cámara y convocar la anunciada constituyente en el momento en que las decisiones se bloqueen en el legislativo.

Hay pocas ideas en el pensamiento de Correa que se sustenten en la estabilidad democrática, base indispensable —junto a las garantías jurídicas— para la promoción de las inversiones, la disminución del riesgo-país y para el crecimiento económico. La idea de cambiarlo todo, probablemente con muy poco consenso (como está intentando Evo Morales en Bolivia con la Asamblea Constituyente), es el leitmotiv de su futura gestión.

Entretanto, una victoria de Roldós sería menos escandalosa y reivindicativa; pero su política exterior dejaría mucho que desear. El socialdemócrata, aunque ha hecho bastante por evitarlo, es el "segundo hombre" de Chávez en Quito y no podrá aislarse de ese entorno de favores, petrodólares y coacción por parte del nuevo imperialismo latinoamericano. Al final, terminaría sucumbiendo al asistencialismo promovido desde Miraflores, la mayor metedura de pata concebida para erradicar la pobreza.

Nada que esperar
Con respecto a Cuba, los dos candidatos que marchan en punta son miopes políticos de lamentable condición. Uno deliberado y otro residual. Correa es un admirador de la obra de Castro y La Habana estará entre los destinos favoritos de su agenda. Roldós dice que su gobierno no votaría contra Castro en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU (del cual Ecuador es miembro), "porque el acoso a que está sometida la Isla le hace tomar determinadas acciones".

Sólo el empresario Noboa tiene claro que no tendrá relaciones afectivas con La Habana y Caracas. Al final, disidentes y exiliados cubanos de todas las tendencias ideológicas parecen obligados a desear el triunfo del centroderecha internacional para obtener algo de solidaridad. Una contradicción que en su momento tendrá que ser explicada.

Sin embargo, cada vez hay menos condiciones para que los extremos se disipen. Los discursos tradicionales están seriamente anquilosados y la pérdida de influencia se agrava, dando paso a personajes excéntricos que buscan la ruptura total en aquellas zonas políticas en la que los partidos cercanos al centro (de izquierda y derecha) debían haber favorecido reformas y métodos de regeneración democrática.

Con Correa en el Palacio de Carandolet, o sin él, Ecuador volverá a tensarse al límite. Póngase atención a este doctor en Economía por la universidad norteamericana de Illinois, que desde el gobierno o la oposición será una especie de látigo sobre las espaldas de los ecuatorianos.

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Michel Damián Suárez es periodista y profesor.

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