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Etiquetas:   Las plumas y los tinteros   -   Sección:   Opinión

El desecho

Daniel Tercero
Daniel Tercero
jueves, 12 de octubre de 2006, 00:31 h (CET)
Las noticias que leemos cada día en la prensa pueden presagiar lo peor. Sin necesidad de hemeroteca: bomba atómica en Corea del Norte, proliferación y éxito -relativo, pero éxito al fin y al cabo- de partidos políticos xenófobos en toda Europa, asesinatos por escribir, buscar la verdad y molestar al poder político como el de Anna Politkovskaya, clandestinidad obligada para los viñetistas daneses ante las amenazas de los radicales islamistas por ridiculizar a Mahoma... y así hasta el infinito. A esto podemos añadir: las emigraciones continentales, las sequías, las inundaciones torrenciales, la inflación, el déficit familiar... Todo un panorama digno de beneficio para nuestros subsiguientes.

Es latente en nuestra sociedad occidental la doble moral. Es significativo que cada vez se dediquen grandes esfuerzos a tareas macrosentimentales dejando de lado el sacrificio de lo que realmente importa a la ciudadanía, en esta caso europea -que no deja de ser el embrión de lo que conocemos como Occidente-. Algo está fallando en eso que conocemos como 'ser humano' y que generalmente llamamos 'hombre'. ¿Puede que repitamos la historia una y otra vez y no nos demos cuenta? ¿Puede que Francis Fukuyama, en aquéllo que empezó como un artículo de opinión y acabó convirtiéndose en un libro influyente: El fin de la Historia y el último hombre, y que ahora ha renegado en parte de lo que en él escribe y argumenta, descolocara a los pensantes de este planeta? ¿Realmente alguien puede ahora, después de aquel 9 de noviembre de 1989, sostener que estamos ante el fin de la Historia?

Hace unos días compartía cena con un íntimo amigo -y permítanme, las dos o tres lectoras que aún rondan estos lares cibernéticos, esta digresión-, economista y conocedor de Europa y sus tradiciones sin necesidad de intermediarios, en la que me planteaba la duda de que el sistema democrático, como lo conocemos en Occidente, sea un modelo digno de exportar. Venía a decir que para un afgano o para un iraquí lo normal, lo lógico, lo correcto, eran sus leyes, sus tradiciones y lo que se deriva de éstas. Yo, convencido de que el sistema democrático liberal es lo mejor, o lo menos malo conocido, no entendía cómo una persona cabal estaba defendiendo implícitamente sistemas no democráticos de organización de estados o de convivencia ciudadana, al fin y al cabo. Esto es a lo que me refiero cuando digo que algo está fallando.

La Historia no acabó en 1989, y menos aún el 31 de diciembre de 1991, pese a que lo que conocíamos como los dos bloques dejó de existir. La Historia se renueva y ahora tenemos encima de la mesa otros bloques, siendo el de mayor importancia real el que podemos llamar libertad-tradición. O, mejor dicho y sin ánimo de ofender a nadie, democracia-islamismo. Pero no son los únicos frentes abiertos para lo que conocemos como 'hombre'.

Dentro de las democracias encontramos la herencia del extinto bloque capitalismo-socialismo, y que ahora después que estos últimos se han visto faltos de ejemplos a seguir se han agarrado, ¡y de qué manera!, al progresismo de salón más cínico. Es decir, sí a todo lo que provenga del islamismo -que no es lo mismo que el islam-, sí a lo que esté frente a los Estados Unidos -sea éticamente correcto o no, sea humanamente defendible o no-, y sí a lo que algunos llaman nacionalismos y otros preferimos denominarlo favoritismo excluyente.

Lo último nos ha llegado de Francia, se llama Robert Redeker, y es un profesor, en Toulouse, que por criticar a una religión -no, no a una, al islam- lleva más de dos semanas escondido (sin dar clases, alejado de su familia y protegido por la gendarmería) debido a las amenazas de muerte que lleva recibiendo por parte de los radicales islamistas. Su pecado: escribir; escribir un artículo de opinión en el diario Le Figaro.

Pero lo más sorprendente ha sido la reacción de los sindicatos de profesores. Algunos, muy a su pesar, han respaldado a Redeker; otros -como el MRAP, movimiento contra el racismo y la amistad de los pueblos-, han justificado las amenazas de muerte al intelectual ya que “la provocación genera lo inaceptable”. ¿Argumentarían lo mismo si se atacase a la Iglesia católica o a la anglicana?

Lo de menos, en este caso, es lo que defendía Redeker en su artículo (referente a los acontecimientos posteriores al acto de Benedicto XVI en Ratisbona) sobre Mahoma (“maestro del odio”), sobre Occidente (“de nuevo bajo la violencia ideológica”), el Corán (“de violencia inaudita”) o Alá (“jefe de guerra despiadado”). Todo discutible, desde luego, pero únicamente reprochable sobre un papel y con letras de tinta, jamás de sangre.

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