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Opinión

Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

Violencia o libertad...

Santi Benítez
Santi Benítez
jueves, 12 de octubre de 2006, 00:31 h (CET)
Hace muy poco leía y escuchaba como personas a las que siempre he respetado intelectualmente tachaban de barbaridad, provocación, etc, unas tiras cómicas en las que salía la figura de Mahoma. Yo mismo he recibido furibundos ataques en mi blog por haber usado una figura de Jesús, con la leyenda “Póntelo, pónselo, ama a tu prójimo como a ti mismo”, sacada del colectivo de gays y lesbianas católicos. Estamos llegando a un punto en el que expresar lo que se piensa se está convirtiendo en un deporte de riesgo. Y, sin embargo, el derecho a la libertad de expresión es, junto al Estado de Derecho, la piedra angular de la democracia y, por lo tanto, de la Sociedad Abierta y Libre. Por ello mismo la libertad de expresión es algo irrenunciable, que debe ser amparado y defendido por la ley, y que cualquier demócrata reconoce como incuestionable, incluso – yo diría que sobre todo – cuando lo dicho por otra persona no coincida con sus postulados. Que no se me entienda mal, lo digo porque siempre habrá quien le saque punta, el derecho a la libertad de expresión, como todo derecho, tiene sus límites expuestos en las leyes hechas dentro del Estado de Derecho. O sea, una cosa es la libertad de expresión y otra muy diferente, por ejemplo, la apología de la violencia de género, del racismo o del terrorismo.

Comenzamos con prohibir sátiras a la religión musulmana, cuando nos ha costado más de cuatrocientos años poder hacerlo con la católica sin tener que terminar tostándonos en una hoguera, y hemos terminado retirando óperas de los teatros porque Mozart hiere la sensibilidad religiosa. Quisiera recordar aquí a gente como Shalman Rushdie y Spinoza, salvando las distancias, claro. El primero condenado a muerte por escribir una novela, y el segundo acusado por el mahamad de horribles herejías y condenado a un herem que, hoy día, aún sigue en vigor. Spinoza tenía 23 años y todavía no había publicado absolutamente nada. A ello hay que sumarle la organización del olvido que vienen practicando las religiones desde tiempo inmemorial, erradicando todo aquello que no es de su gusto; el padre Meslier, La Mettrie, Dom Deschamps, Holbach, Helvetius, Sylvain Morechal, Cabanis, Volney, Desttat de Tracy. Tantos y tantos pensadores convertidos en parias, sin reconocimiento incluso dentro de la historia de la filosofía por su ateismo, y sin embargo se sigue estudiando a Tomas de Aquino. Un sin sentido que difícilmente se corregirá en unos tiempos en los que todavía ensalzamos los parabienes del judeocristianismo occidental.

La transubstanciación, la virginidad de María, la inmaculada concepción, la infalibilidad papal, la presencia no simbólica del Cristo en la ostia o el cáliz, la existencia del infierno, del paraíso, del purgatorio, el limbo – que al parecer la iglesia católica ahora dice que no existe –, las vírgenes que esperan a los guerreros de Allah, la prohibición de poner cara a Mahoma, la convicción de que si eres puro la mordedura de una serpiente no te llevará a la tumba o que dar vueltas alrededor de un edificio donde hay un trozo de piedra te llevará al cielo. Todo esto es materia para la crítica, la chota, el chiste, la parodia y la tira cómica. Nos lo hemos ganado, es más, hemos luchado durante siglos para poder hacerlo con toda libertad y sin trabas al derecho a la libertad de expresión. Porque el derecho a profesar la fe que se crea conveniente, como si quiere usted ser satanista, no está por encima de mi derecho a dibujarlo teniendo una charla teológica con una cabra. El respeto a las creencias religiosas personales no significa que yo no me pueda reír de ellas, sino que usted tiene derecho a profesar la que quiera, siempre y cuando su práctica no vaya en contra de las leyes que nos protegen a los dos.

Las democracias occidentales están emprendiendo un camino de retroceso que no debe, ni puede ser permitido por su peligro. Las creencias no pueden estar por encima de los derechos de los ciudadanos, ni, por supuesto, limitarlos. Y el miedo a atentados no es óbice para ello, ni para eso ni para usar como excusa la seguridad para hacer exactamente lo mismo. Por una simple razón, cuando conculcamos nuestros derechos y libertades en aras del miedo, aquellos que usan la violencia como argumento político o religioso en nuestras democracias están ganando la batalla; cuando no permitimos la exhibición de una obra de teatro por amenazas, Señor Gayardón, los violentos nos ganan la batalla; caundo retiramos una ópera por que su puesta en escena es susceptible de las iras de unos fanáticos religiosos, los violentos ganan la batalla; cuando decimos que algo no es susceptible de crítica, chiste o chota estamos diciendo que la libertad de expresión no existe.

Sigo respetando intelectualmente mucho a aquellos que en su momento dijeron que las tiras cómicas sobre el terrorismo islamista eran una barbaridad y una provocación, pero se equivocaron. Aquí la única barbaridad es que la ignorancia y el fanatismo puedan imponernos restricciones a decir, escribir o pensar lo que nos dé la real gana.

Suena de fondo “Kill an arab”, de The Cure.

Buenas noches, y buena suerte...

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