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Etiquetas:   ¿Es sólo un deporte?   -   Sección:  

En el estadio

Miguel Cañigral
Miguel Cañigral
@mcanigral
jueves, 12 de octubre de 2006, 00:39 h (CET)
La primera vez, normalmente siendo pequeño, que uno visita un estadio de fútbol, sube las escaleras, emocionado, temeroso por lo que se encontrará al final de esos interminables escalones, guiado por un padre que en la mayoría de los casos también se encuentra nervioso. Llegando al acceso a la grada se comienza a intuir que algo anormal ocurre, llega más luz de lo normal y se oye un bullicio casi ensordecedor. Una vez arriba, un manto verde es lo primero que se ve, uno no puede creer que ya esté allí, con el césped tan cerca, toda esa gente reunida para ver a tu equipo. La primera vez nunca se olvida, guste o no el fútbol, la conexión que existe durante noventa minutos con miles de aficionados a los que nunca has visto y a los que, sin embargo, ahora consideras como parte de tu familia.

Las cosas cambian con el tiempo y cuando uno se hace mayor y va a un estadio las sensaciones ya no son las mismas y tampoco la gente. En cualquier terreno de juego, grande, pequeño, con o sin gradas, el comportamiento de los aficionados es idéntico.

A veces ir a un partido de fútbol, y más aún en los últimos años, supone perder una tarde entera viendo un aburrido encuentro entre dos aburridos equipos. Este deporte pocas veces es espectáculo y uno se puede permitir el lujo de mirar a su alrededor y observar a la afición u oírla. La pitada al rival es ya una costumbre que ninguna afición puede permitirse borrar de su repertorio, y ésta excepción puede darse sólo cuando se trate de rivales de muy inferior entidad o de algún partido amistoso.

Durante el desarrollo del encuentro hay que pedirlo absolutamente todo y protestar todo lo que se señale en contra de nuestro club. Si nuestro central le ha abierto la ceja debido a un codazo intencionado al delantero rival, no se merece la expulsión, que el otro hubiese apartado la cabeza, ¡no haberse puesto en medio!.

Cuando llega el gol en contra, todo el estadio se calla, silencio absoluto, te quedas mirando al árbitro diciendo: ¿No lo vas a anular?, algo mal han hecho, ¡seguro que estaba en fuera de juego!. Pero el gol sube al marcador. Este arbitro no se entera de nada.

La cuestión primordial es pedirlo todo, da igual que haya ocurrido o que no. ¿Y si un jugador rival se atreve a protestar al árbitro?, en nuestro propio campo, es increíble, como se atreve. Pitada monumental, ese se merece no sólo que lo expulsen sino también una sanción de cinco partidos como poco. Ahora va y se tira al suelo, ¡será cara dura!, ese lo único que tiene es cuento. Al día siguiente los periódicos informan de la mala fortuna del jugador del nuestro equipo rival ya que se ha lesionado y deberá permanecer cinco meses sin jugar. ¡Ese lo que tiene es cuento!

El partido va acabando, nuestro equipo pierde, ¡siempre igual, no levantamos cabeza!. La afición empieza a andar hacia la calle, cabizbaja y decaída. De pronto, mientras bajamos los escalones se oye, ¡Gol!, corremos hacia la grada, todos se abrazan, la gente salta y creen que aún es posible ganar, ¡toma, si ya lo decía yo, este equipo es bueno!. El partido acaba y la gente vuelve a casa pero antes hay que aplaudir al equipo, porque ha conseguido un empate, un punto más gracias a un partido aburrido y por el que no valió la pena gastar 50 euros, pero es mi equipo.

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