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Etiquetas:   Disyuntiva   -   Sección:   Opinión

Rostros impávidos

Por mucha cara que le eche cualquier personaje a sus declaraciones, nos conviene dejar aparcada la credulidad
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 7 de marzo de 2014, 08:14 h (CET)
¿Qué pensamos sobre el alma de cada persona? Los antiguos decían que la cara reflejaba los sucesos interiores del pensamiento. Ya no es así, los CAPARAZONES incrementaron su espesor de manera considerable. La auténtica expresión anímica permanece muy recóndita. A tanta dificultad, corresponde el numeroso grupo de quienes niegan la entidad del alma, actúan como si no existiese. Con las razones superficiales parecen tener suficiente alimento para los usos habituales, a pesar de los quebrantos sobrevenidos.

Espero que no se acaben los rostros SONRIENTES arraigados en los mejores motivos; si sucediera así, esa sí que sería una realidad ominosa. La sintonía de la buena convivencia constituye uno de los contagios que precisamos en unos ambientes desbaratados por la crispación. No perdamos de vista que hay sonrisas empalagosas, hipócritas e incluso las de piñón fijo, que no entran en los elogios comentados. Nunca se acaban las disyuntivas.

Pero recalco el interés por los rostros IMPÁVIDOS, portadores de tres inclinaciones diferenciadas. El talante de serenidad que no es perturbado por las maniobras externas o por las tormentas internas; no sería mala cosa si contribuyeran a la conservación de la templanza. Está también el simple caradura de una frialdad simpaticona o indiferente, que no altera su tono facial. Después pasamos a los desafiantes, cuando en plan displicente retan a los observadores, añaden la chulería a sus pocos escrúpulos.

Pronto descubrimos la INSENSATEZ de perdernos en las muchas teorías, que si las moléculas detectadas, la química de las neuronas, las imágenes obtenidas del cerebro en situaciones concretas; en un afán de dominio sobre cada función. La complejidad aumenta si incluimos las valoraciones sociológicas, la política u otras ocupaciones. La amplitud de los sectores contemplados dispersa el conocimiento a fondo de cada persona; lo perdemos de vista a medida que nos extraviamos por las ramificaciones intrincadas. El rasgo esencial constitutivo de cada individuo desapareció entre tantos accesorios. El rostro, las motivaciones, la responsabilidad siguen con explicaciones insondables.

Dejémonos de teorías enrevesadas, en busca de una sensatez sencilla aplicada a las conductas cotidianas. El carácter de cada persona dispone de un cierto espacio dedicado a la AUTORÍA de sus decisiones y comportamientos. Es una realidad radical, exigente. Implica de lleno a cada sujeto con respecto a sí mismo, pero también de cara al resto del mundo y las demás personas. Quede o no reflejada en sus expresiones, la autoría es ineludible. Los disimulos apenas desvían la atención. Las demostraciones leguleyas están elaboradas con entramados sofocantes. Sin embargo, vuelvo a lo sencillo, la percepción de lo sucedido es evidente en una buena parte de los casos. Que nos dejemos entrampar es cuestión diferente, de graves consecuencias.

Sobrepasando las mentiras, a pesar de los ocultamientos, errores e ignorancias; ningún rostro asume una alternativa real a las consecuencias de los actos realizados. Sus apreciaciones siempre estarán ceñidas a las dos versiones fundamentales; la que el protagonista pretenda mostrar con sus poses y visajes, o la que es apreciada desde fuera por los demás. Las denuncias son únicamente una imagen aparatosa de los enjuiciamientos. Las REPERCUSIONES superan estos planos, actúan por dentro de los autores y pesan sobre sus víctimas, con grandes oscilaciones en cuanto a su gravedad, tolerancia o complicidades. Cada implicado efectúa sus valoraciones en una suma de largo alcance. ¿Con qué medidas consecuentes? ¿Ninguna?.

De la espontaneidad sincera de los pequeñines apenas quedan vagos recuerdos, las sucesivas capas moduladoras influyen en las expresiones dominantes. Ahora podemos afirmar que las apariencias son sólo lo que aparentan, apariencias. Tomadas con excesiva confianza configuran la SUPLANTACIÓN de las verdaderas maniobras, por lo que esa credulidad confianzuda habrá que anotarla en la lista de las deficiencias. La confianza está tejida con hilos muy finos, su conservación es tarea casi imposible; más aún, si no la practicamos con diligencia y tenacidad. Por eso proliferan las lamentaciones cuando cumplen los ejemplos maliciosos.

Mención aparte corresponde a los encapuchados que esconden el rostro. ¿Penitentes? ¿Actores? ¿Imágenes veladas preservando identidades? Estos días vivimos la repetición de la escena de los ETARRAS de negras capuchas, portadores de un protagonismo forjado en los asesinatos previos y apoyados por quienes acercan las posturas a sus desplantes. El fondo está escrito con sangre, pese a lo cual, la pretensión decisoria de sus integrantes de cara a la organización social sigue en pie. Si la ambigüedad de las caras visibles es manifiesta, saquemos a relucir el significado intuido de las caras tapadas y de sus colaboradores.

Hablando de la impavidez observada en ciertos rostros, repugna de manera especial la DESFACHATEZ, cuando alardean incluso de sus posiciones. Incluyo aquí alguno de los variados ejemplares que me dan esa impresión. Carcaño o los padres de Asunta, la niña asesinada en Galicia. Qué me dicen de ese descenso de Urdangarín por la rampa del juzgado. Las apariciones de Bárcenas o Blesa, en las que intuimos los trasfondos. En los cuatro puntos cardinales encontramos caras como pantallas frías; no sólo encubridoras, sino con la intención inicial de presentarse como idóneas.

De los trámites burocráticos estamos bien achuchados la inmensa mayoría de los ciudadanos. Ponga usted una firma para comprobación de las responsabilidades adquiridas. Por eso vemos con asombro los avatares de la INFANTA en relación con los trapicheos de su esposo, con la amabilidad mostrada por su rostro en los días del interrogatorio. ¿Trabajaba en una entidad bancaria? ¿Ocupaba un cargo bien remunerado? ¿En su sillón no sabía lo que llevaba entre manos? ¿Sus firmas en Hacienda y en la dirección de ciertas empresas, no contaban? Que quieren que les diga, supongo que muchos no pensaremos bien de sus andanzas que acaparan las informaciones. La expectación creada me parece conformista, sin respuestas.

Otro tanto sucede con el asunto del trato recibido por los ciudadanos de parte de la Justicia. ¿Alguien con buen sentido diría que es igual para todos? A mí, las declaraciones del Rey, con gesto serio, me parecen desfavorables para él y para toda la realeza. La cara mostrada también es delatora de las deficiencias, que añaden un claro DESPRESTIGIO a su figura. No es el único en actuar así. Cómo vemos a Jordi Pujol e hijos, sobre todo uno; la impresión va en la misma línea. Hay más ejemplares. Pero sigo destacando la relativa tolerancia del gran público al respecto.

Es decir, por mucha cara que le eche cualquier personaje a sus declaraciones, nos conviene dejar aparcada la credulidad, con un mayor ajuste de las decisiones que vayamos a tomar a nivel democrático. La dignidad del ciudadano hay que ejercitarla.
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