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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Síntomas inquietantes

Francisco Arias Solís
Redacción
martes, 10 de octubre de 2006, 02:02 h (CET)
“Todo llega y todo pasa.
Nada eterno:
ni gobierno
que perdure,
ni mal que cien años dure.”


Antonio Machado

La conciencia de inseguridad es uno de los rasgos del siglo XX , a diferencia del siglo XIX, que creyó por un momento que las cosas estaban ya en principio resueltas, que había un estado definitivo que nunca variaría sustancialmente. El siglo XIX dio por supuesto el progreso como algo mecánico e indudable, que no podía experimentar regresión; creyó que la libertad política era una conquista que no se perdería nunca; una vez y otra sucumbió el espejismo de lo definitivo e inmutable.

Después de haber experimentado las violencias del fascismo y del racismo, el genocidio, las purgas y campos de concentración, ningún hombre de nuestro tiempo puede creer que el progreso es seguro e irreversible; no deja de creer en el progreso, pero como una posibilidad, no como una necesidad: como algo que hay que lograr, conseguir, defender, salvar de los peligros y retrocesos. No puede creer que el mundo se establezca en una forma social o política de una vez para todas: el siglo XX ha introducido en las sustancia de la vida humana la conciencia histórica, la persuasión de que el hombre es una realidad cambiante, no fija, nunca terminada y conclusa, a la cual no se le puede asignar un límite dado y que no pueda rebasar.

No podía ser de otro modo en un tiempo de tan increíble fecundidad intelectual, que ha creado, al lado de formas artísticas y literarias enteramente nuevas –afectadas también en gran proporción por el sentido de la crisis, de la experimentación y el ensayo inseguros-, formas nuevas de la ciencia, y, sobre todo, el pensamiento filosófico.

La fertilidad del pensamiento occidental no se ha agotado, estamos en una etapa de la historia que no ha hecho más que empezar, cuyas visiones radicales están lejos de todo estancamiento.

Hay, por supuesto, síntomas inquietantes. Sobre todos los brotes de arcaísmo, que están caracterizando estos primeros años del siglo XXI, y que intentan repetir ideas y concepciones políticas y formas de vida que pertenecen principalmente a los últimos años del siglo XIX y primeros del XX, es decir, que nos hacen retroceder un siglo. Muchas de las cosas que pretenden pasar por la “última palabra” no son más que intentos de volver atrás, de romper la continuidad histórica, de imponer de nuevo formas superadas, hace mucho tiempo sustituidas por las propias de finales del siglo XX. Estas ideas, de muy distinto origen y filiación tienen rasgos comunes: la falta de imaginación, la creencia de que la realidad está “dada” y no cabe innovación o invención sustancial, el miedo a la libertad, ante todo a la libertad personal, y a consecuencia de ello, a la libertad social y política.

Los primeros años del siglo XXI van a ser , si no me engaño, el enfrentamiento entre lo que ha sido el torso del espíritu de los últimos años del siglo XX y los esfuerzos por limitarlo, confinarlo, volverlo atrás. Nos disponemos a asistir, con apasionada curiosidad, a este drama histórico, cuyo escenario será el mundo entero en presencia, y en el cual nos va literalmente, la vida: es decir, el que la vida que nos aguarda pueda llamarse con verdad vida humana. Y como dijo el poeta: “Hombre, no te desesperes / que algún siglo llegará / en que seas el que eres”.

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