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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Ante el dudoso futuro

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
martes, 10 de octubre de 2006, 02:02 h (CET)
Ya decía el prehistórico filósofo latino, Lucio Anneo Séneca, que la vida se dividía en tres tiempos: en presente, pasado y futuro. Sobre dichos períodos, apuntaba que el presente era un espacio brevísimo; el futuro, un ambiente dudoso; y el pasado, una dimensión cierta. Ahora, que vivimos en una época muy distinta y distante de aquella, pienso que lo mejor de la existencia continua siendo el pasado, el presente y el futuro. Son como ciclos de un libro que vamos escribiendo en presente, donde el prólogo es el pasado y el epílogo nos vislumbra el futuro que se nos viene. Reflexionando como Nietzsche, de que solamente aquel que construye el futuro tiene derecho a juzgar el pasado, concentraré las palabras en el porvenir como un buen hijo de las raíces y, mejor abuelo, porque es el lugar en el que me voy a instalar con mis nietos.

Reconozco que me gusta soñar el mañana, revitalizarme en esa espera. Creerme que tengo una nueva oportunidad a pesar de la dudosa predicción. Estoy convencido de que la vida siempre da ocasiones, el pronto radica en saber recolectarlas. Una sabiduría que está escrita en nuestra propia historia. Precisamente, las Jornadas Europeas de Patrimonio 2006, versan sobre este sentido, el de dar un futuro a nuestro pasado. Me parece una acertadísima idea, ahondar en el patrimonio cultural heredado; puesto que, considero es un recurso imprescindible al servicio del desarrollo humano, de la valoración de las diversidades culturales y que fomenta el diálogo intercultural, basado en un modelo de desarrollo económico que respeta los principios de uso sostenible de las haciendas. Bajo estas premisas, se quiere acercar a la ciudadanía el significado de su patrimonio cultural que, como la propia sociedad, es plural y variado. Estimo que no es mal consejo estudiar el pasado, para no estar vacilante ante el futuro.

En estos tiempos tan difíciles que soportamos, y lo son sobremanera para esas gentes que prefieren morir en la mar antes que residir en sus países de origen, para esas otras que soportan violencias y amenazas, que su vida es una guerra continua, sin valor alguno, la vacilación ante lo próximo se acrecienta todavía más, cuando todo lo vemos oscuro. Lo primero que nos suscita es ansiedad; angustia propia de la ceguera, porque pensamos que tenemos capacidad suficiente para plantarle cara a nuestro propio futuro, desesperándonos al ver que somos insuficientes. A lo mejor tendríamos que medir menos fuerzas unos contra otros y tener más corazón unos en otros. El dudoso porvenir no lo tienen solamente las personas que viven en la pobreza, también lo sufren, directa o indirectamente, aquellos que viven en la abundancia. Nos conviene, pues, salir de la encrucijada de un presente injusto, promover desarrollos equitativos para toda la humanidad, sin exclusiones. Nadie puede seguir jugando a ser dios en un mundo interconectado. Todos nos movemos junto a todos.

Detrás de cada persona se esconde el futuro de la humanidad. En el fondo, todas las personas, de todas las culturas, razas y religiones, tienen un mismo anhelo como patrimonio común, el deseo de vivir mejor, para vivir más. La plenitud se alcanza cuando el futuro se universaliza. Por esto, es necesario construir un porvenir unido, sin obviar el futuro de nuestro pasado. No se debe ahuyentar y menos disipar el patrimonio de las diversas civilizaciones generado a través de los tiempos, puesto que ha contribuido tanto a la defensa de los valores de la libertad como a la estética de la fraternización.

Tras este dudoso futuro, donde la intranquilidad forma parte de nuestro diario común, una eficaz vacuna de esperanza sería conseguir estar en paz con nosotros mismos, para luego estarlo con los demás, lo que nos haría a todos responsables del bien universal. Sería un buen orden de vida para la posterioridad. Y un buen catecismo para el presente, para descubrir que es necesario reformar conceptos que nos pervierten y desorientan. Solamente una palabra es, en el fondo, verso que nos aviva: amor. Hoy es sencillísima de decir, pero dificilísima de llevarla en los labios sin romperla ni mancharla, pues ya me dirán cómo se puede elevar el amor a los altares de principio universal, cuando la mentalidad del hombre actual es individualista, comercial, egoísta y repelente por el veneno del odio y la venganza que se cultiva y hasta se aplaude.

El presente es para desconsolarse. La lucha es lo que vale. Hay que pelear en vez de amar. El amor es de gomosos. Armar la trifulca tiene fibra de éxito. Hasta la borrachera de violencia encuentra seguidores y aduladores. Este bochornoso ambiente pisotea el mayor de los derechos humanos, el respeto a toda vida humana. Esta es la verdadera luz que necesita el mundo para que el futuro sea un valor seguro. Entiendo que ya es hora de que tomemos otras tazas de sabiduría y otros versos para conmovernos, para hacer caminar a la humanidad hacia un universo universalizado. La paz es el ser humano cultivado en el amor. Nada tiene que ver con lo que se enseña. De lo contrario, no subiría el acoso escolar, las adicciones de la juventud, el ardor guerrero y con saña que vomitan adolescentes, la furia y la intimidación de mozalbetes hacia personas más débiles. Sería más humano pensar en un programa educativo que tuviese como objetivo el cese del hombre de ser lobo para otro hombre. Habríamos ganado el mejor de los futuros. Es necesario llegar a esta lógica matemática: La vida humana se presenta y representa, como una ecuación entre el pasado vivido y el futuro que nos queda por vivir. Lo que nos resta es una incógnita que se resuelve con el verbo amar conjugado en todos los tiempos y para todas las edades.

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