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Tags: Cine · Crítica de cine · Pelayo López
'Los Borgia': peones en un tablero de celuloide


Pelayo López


Pelayo López Pelayo López
martes, 19 de diciembre de 2006, 23:22
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Poder, política, religión, amor, sexo, asesinatos, conspiraciones… La historia de esta familia de raíces valencianas, contada ahora con una estructura semicircular con epílogo final, posee todos estos interesantes ingredientes y muchos más, unos reales y otros producto de la libidinosa y morbosa imaginación de autores que han sedado a lo largo de los años la memoria colectiva. Claro está, la Historia no la escriben los perdedores. Sin embargo, los Borgia experimentaron en sus propias carnes la victoria y la derrota en igual medida, así que su huella sigue levantando expectación. Y ahora, cinco siglos y muchos libros después –uno de ellos de Mario Puzo, autor de la asombrosamente parecida historia de El Padrino-, este episodio es dirigido en la gran pantalla por Antonio Hernández, el realizador de películas más personales, como En la ciudad sin límites o Lisboa, que da el salto a las superproducciones –A3 sustituye a T5 en sus respectivas propuestas de este corte- y lo hace con mejor nota que su antecesor más reciente dentro de nuestra cinematografía.

Las comparaciones son odiosas, pero muchos son los paralelismos y una la diferencia entre Los Borgia y Al-traste, como algunos han calificado ya la versión cinematográfica del personaje de Arturo Pérez-Reverte. Paralelismos en lo que se refiere a unos presupuestos fuera de lo normal en España, en los repartos llenos de nombres destacados en la escena interpretativa... La diferencia: Antonio Hernández, que se reserva un pequeño papel en la trama, sale victorioso del duelo de titanes, aunque también juega quizás a su favor que esta historia tiene mayor calado que la del mercenario. Las vidas del Papa Alejandro VI y su saga de hij@s –el perdedor Jofré, el aspirante Juan, el triunfador César, y la comodín Lucrecia- son estructuradas, con un necesario y pertinente tono “mafioso”, por Piero Bodrato, el autor del guión de una magnífica serie de televisión de los 80, La Piovra, un dato que no se ha resaltado mucho y que bien merece ser tenido en cuenta. Además, la utilización de varios de los escenarios físicos reales donde tuvo lugar la acción, la música erizante de uno de los talentos a reivindicar en el panorama compositivo patrio -Ángel Illarramendi-, y la fotografía de alguien asiduo a menesteres parecidos como en Lázaro de Tormes –Javier García Salmones-, crean la atmósfera adictiva propicia y el valor más firme de esta arriesgada apuesta, incluso con algunos planos generales arriesgados que suponemos retocados digitalmente.

Sigue elevando la nota media de la cinta el reparto, aunque sólo en alguno de los grupos en los que podemos dividirlo. Tenemos al de los magníficos y siempre en su línea Lluis Homar, Roberto Álvarez, Roberto Enríquez, Antonio Dechent y Ángela Molina; al de los regulares Sergio Peris Mencheta –puede que impacte más su presencia física que actoral, pero demuestra que sigue creciendo como intérprete y que además, como nos confesaba, tiene familia en Cantabria-, Eusebio Poncela, María Valverde –como ninfa embaucadora funciona salvo por la dicción demasiado pulcra para la época- y Paz Vega; y los fallidos Eloy Azorín o Diego Martín. Y la nota sólo baja un poco si somos lo suficientemente incisivos como para detectar algunos fallos menores e igualmente excusables. Entre ellos, algunos errores de montaje inter-secuencial, los resquicios de su origen televisivo –no sólo en las más de dos horas y cuarto de metraje, sino sobre todo en el pasteloso lirismo épico de algunos lances y diálogos-, y la falta de escenas bélicas, circunstancia ésta de la que no sólo adolece este episodio sino también la propia Alatriste, y que, para reconocer los méritos, últimamente sólo ha sido capaz de suplir con cierta honra y originalidad Vicente Aranda en Tirante El Blanco.

Al igual que el grito de guerra de uno de los personajes centrales es “o César o nada”, la película, en cuyo trasfondo histórico podemos reconocer un tema de plena actualidad, una especie de “Estado de las Autonomías” algo más radical y extremo, resulta una de esas que no suele dejar indiferente a nadie, por su magnitud y por sus excesos de todo tipo, así que la sensación que nos dejará será la de ser, como casi todos los personajes de la cinta, en manos del talento del director, peones en un tablero de celuloide.

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