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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El invierno que viene

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 8 de octubre de 2006, 05:33 h (CET)
“Llega el invierno. Espléndido dictado
me dan las lentas hojas
vestidas de silencio y amarillo.”


Pablo Neruda

Cuando llega el invierno todos nos sentimos sensibles y nos emocionamos pensando en los desdichados que no podrán resistir sus rigores. Los rigores del verano, en cambio, ¿a quién le producen una emoción objetiva? ¿Quién se conmueve, en la playa , acordándose del prójimo que tiene que aguantar toda la canícula en cualquier ciudad del interior de nuestro país?

La insolación mata tanto como el frío, y sin embargo, la persona generosa que en invierno estaría dispuesta a comprarle un abrigo a un anciano con una pensión ínfima, no es probable que en verano esté dispuesto a comprarle un ventilador. En invierno, un parado de larga duración –con su certificación de que no percibe ningún tipo de ayuda- puede conseguir, sin gran dificultad una taza de caldo; pero ¿dónde están esas personas caritativas que le ofrezcan en verano un vaso de gazpacho andaluz? Y hay que confesar que no son pocos, los ciudadanos que ayudan económicamente a sus mayores en el invierno para que puedan pasar unas cortas vacaciones en las playas del Sur, pero no son muchos, los que prestan la misma ayuda para que puedan costearse en el verano unas vacaciones en las playas del Norte.

Decididamente, el verano ha descuidado su publicidad. Es una estación tan importante como cualquier otra; pero carece de prestigio. La misma primavera y el propio otoño, especie de apeaderos del año más que verdaderas estaciones, tienen mejor literatura que el verano. Toda la literatura veraniega es una literatura ociosa, frívola y vana en la que el veraneo se nos aparece como un lujo y no como una necesidad.

Y quizá el veraneo sea, efectivamente, un lujo, pero en todo caso, es un lujo necesario. En el verano, el afán de ser rico llega a adquirir en los hombres los caracteres de una necesidad primordial. Ya no se trata como en invierno, de combatir los rigores de temperatura. Se trata de darle vueltas al mundo por la tierra, por el mar y por el aire hasta poseerlo completamente con todo lo que tiene encima. Por eso tantos cajeros y vigilantes, honradísimos durante el invierno, se escapan cuando llega esta época, con los fondos confiados a su custodia. Su honradez no resiste el terrible imperativo del verano, por donde resulta que era una honradez inferior; una honradez de invierno.

¿Cuándo restituiremos al verano su verdadera jerarquía? ¿Cuándo se le reconocerá a todo el mundo el derecho de veranear?

Porque en esto no vale estar pendientes de lo que hagan los países ricos de la Unión Europea, países admirables, pero que no pueden darnos ninguna norma para el asunto ni pueden obligarnos a hacer lo mismo que ellos por la sencilla razón de que carecen de verano, aunque pueda parecernos raro. Y es que, como dijo el poeta: “Los árboles son muy raros: / se desnudan en invierno / y se visten en verano”.

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