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Entreacto en el circo de Georgia

Víctor Litovkin
Redacción
sábado, 7 de octubre de 2006, 03:25 h (CET)
Todo parece indicar que se ha puesto punto final a un “espectáculo” circense mal orquestado y peor representado que consiste en la detención de cuatro oficiales rusos en Georgia y su envío a Rusia después de cinco días del encarcelamiento. Los militares regresaron a Moscú, y ya nada amenaza su vida y salud. Con todo eso, el bloqueo económico, de comunicaciones viarias, bancario y postal de Tbilisi declarado por Rusia en respuesta a ese “acto de terrorismo de Estado”, según ha calificado el presidente Vladimir Putin esta última provocación realizada por los servicios policiales georgianos, no ha sido levantado. Ni en el Kremlin ni fuera de éste nadie dará las garantías de que las acciones ilegales que las autoridades georgianas emprendieron contra ciudadanos rusos en el territorio de la república y contra la propia Rusia, por fin han cesado y ya no tendrán continuación.

¿Por qué? Por lo visto, debido a que la brutalidad provocadora, el descaro cerril y las provocaciones especulativas de los actuales dirigentes georgianos con respecto a su vecino del Norte y a sus ciudadanos han llegado a ser marca de fábrica del “gobierno más democrático de Georgia”, como lo califican en Occidente. Es difícil discutir sobre el "éxito" de la economía georgiana, si de la ayuda financiera que prestan los socios occidentales depende la existencia misma de la élite dirigente de Tbilisi.

Y bien, el "democratismo" de Saakashvili y sus ministros es un tema aparte. Hasta el más reciente ejemplo del arresto de oficiales rusos resulta muy explícito.

Los oficiales de Rusia que han llegado a Georgia un par de meses atrás para organizar la retirada de las tropas estacionadas en ese país han sido acusados de espionaje en el territorio de Georgia, hasta de crear redes de espionaje, de preparar un golpe de estado y de haber perpetrado actos de sabotaje en la línea eléctrica “Caucasioni”. Y, a la vez, de haber perpetrado el año pasado una explosión del automóvil minado en la ciudad de Gori, acto que dejó un saldo de tres muertos y dieciocho heridos. ¡Vaya! ¡Tanto han logrado hacer en tan poco tiempo!

No ha sido presentada ninguna prueba fehaciente y argumentada que acompañe estas acusaciones. Es que no pueden serlo grabaciones mal montadas de las conversaciones en el salón del automóvil, donde alguno de los oficiales acusados entregaba a habitantes del lugar dinero supuestamente como paga por “los servicios de espionaje”.

Hay también una confesión para la telecámara de cierta preparación de actos terroristas (en que los rusos también participaron), hecha por los "conspiradores" detenidos por las autoridades georgianas. En los años treinta del siglo pasado, a los verdugos al mando de Yagoda, Ezhov y del georgiano Beria les confesaban “crímenes” aun mayores hasta destacados dirigentes del Partido Comunista y del movimiento internacional comunista, así como comandantes de regiones militares y Ejércitos …

No obstante, a base de estas sospechas gratuitas el tribunal de Tbilisi ha condenado a cuatro oficiales rusos - por cierto, sin haber permitido la asistencia del abogado de los acusados al proceso - a dos meses de prisión preventiva. Y de repente, sin que haya pasado un par de días, por decisión del presidente, sin decisión del juicio ni de la fiscalía, sin tampoco levantar acusaciones tan graves como “espionaje y terrorismo” los ponen en libertad y expulsan del país. ¿De qué Estado democrático y de derecho puede hablarse en tal caso? Se trata en este caso o de las veleidades del régimen unipersonal de Saakashvili en Tbilisi o de un intento, haciendo uso de representaciones teatrales, de acabar rápidamente con la provocación abominable que ha sido condenada por la ONU, la OSCE y otros organismos competentes mundiales, lo cual justamente dio lugar a las sanciones impuestas a Georgia por el Kremlin.

¿Significará este ignominioso fin de la provocación orquestada respecto a “los espías rusos”, así como la implantación de sanciones económicas, de comunicaciones viarias y otras contra Tbilisi, el fin de las innumerables e infundadas reclamaciones de las autoridades georgianas a Rusia y sus ciudadanos? Se convertirá el entreacto en un “espectáculo” circense de turno de Tbilisi en su final? ¿Servirá esta seria lección diplomática de motivo para establecer por fin las relaciones cordiales y de buena vecindad con Rusia, relaciones que se vayan transformando poco a poco en una cooperación tan habitual para nuestros pueblos y en una amistad sincera que ha durado más de un siglo? Hay serias dudas de que esto no ocurra.

Es porque la demasía provocadora y el aventurerismo abierto de los actuales dirigentes de Georgia han ido demasiado lejos, pasando de la raya Saakashvili y sus ministros de instituciones armadas. Y lo principal es que, a juzgar por el apoyo que Washington presta a los desplantes de Tbilisi, el primer mandatario de esta república transcaucásica y sus allegados distan de ser figuras independientes en los juegos geopolíticos en el espacio postsoviético. Deben demostrar que merecen los medios y anticipos asignados para cumplir la tarea tan vana e ingrata como la de desplazar a Rusia de la Transcaucasia.

Es poco probable que lo logren, pero da pena de la gente sencilla de Georgia que sin querer cae víctimas de este juego geopolítico absurdo e improductivo.

Hay también otros problemas graves que se vislumbran tras las peripecias del conflicto ruso-georgiano. Por ejemplo, este. ¿Qué debe o no debe hacer Tbilisi para que las sanciones que le han sido impuestas por Moscú sean anuladas? ¿Para que aviones rusos comiencen de nuevo sus vuelos a la capital georgiana, los trenes vuelvan a rodar y las motonaves comiencen nuevamente a hacer escalas en los puertos de Batumi y Poti? ¿Para que entre Rusia y en Georgia de nuevo se realizan giros bancarios y postales? Todavía no hay respuesta a estos interrogantes. Como tampoco hay respuesta y a la pregunta de si el Kremlin tiene en la manga otros triunfos importantes, a excepción de acciones militares y bloqueo de la costa georgiana, en caso de que Georgia prosiga su política de descaradas provocaciones contra nuestro país y sus ciudadanos.

Lo podemos saber solamente dentro de algún tiempo. Lo ideal sería que la escalada del conflicto, que no honra ni a Tbilisi ni a Moscú, cese lo más pronto posible. Y los espectáculos de circo mal representados, en los que la parte georgiana "ha hecho tantos éxitos", sean cosas del pasado. Ambas partes tienen que darse cuenta de que es imposible despegar a Georgia de Rusia ni tampoco a Rusia de Georgia y trasladar alguno de estos países a otro lugar en otro hemisferio de la Tierra. Tarde o temprano, tendrán que ponerse de acuerdo. Y hacerlo en las condiciones mutuamente ventajosas y aceptables. Incluso en contra de los intereses de los patrocinadores extranjeros.

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