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Ver, juzgar y actuar
Sobre la verdad
Francisco Rodríguez
 



Si lo que decimos o pensamos concuerda exactamente con la realidad, podemos decir que estamos en la verdad. La verdad es la plena conformidad de un enunciado con la cosa. Por tanto la verdad no depende de ningún tipo de consenso, ni de la opinión de una fluctuante mayoría. Solamente podremos aceptar algo como verdad cuando comprobemos por nosotros mismos su certeza, lo cual no siempre nos será posible, por carecer de los medios necesarios para investigarla o comprenderla o porque los datos que llegan a nuestro conocimiento son parciales, inconexos o contradictorios. Cuando hayamos reconocido nuestra incompetencia para adquirir por nosotros mismos la certeza de algo, tendremos que recurrir a utilizar nuestra razón para discernir sobre la autoridad, intereses y honestidad de los que nos ofrecen sus verdades. Una medida de prudencia tanto respecto a las verdades comprobadas por nosotros mismos, nuestras verdades, como de las aceptadas de otros, verdades ajenas, es la duda, la reserva de la prueba en contrario, la falsación que decía Popper.

Pero algo bien sabido es que una mentira repetida constantemente puede llegar a ser creída como verdad y esta técnica nazi puesta en práctica por Goebbels, Ministro de Propaganda e Información del III Reich, hoy tiene unas inmensas posibilidades con los modernos medios de comunicación, que no necesitan ser de titularidad pública para estar al servicio del poder y es más, pueden convertirse ellos mismos en poder de hecho. Se puede argumentar que en la actualidad no es posible este tipo de propaganda ya que la libertad hace posible una pluralidad de mensajes, pero no todos los mensajes llegan a los ciudadanos con la misma intensidad y hay mensajeros y mensajes que se tratan de silenciar o al menos de atenuar, reduciéndoles su ámbito de audiencia.

De cualquier forma la única manera de estar en la verdad o al menos defenderse de la mentira es la comprobación de la certeza o el discernimiento de la autoridad, intereses y honestidad de los mensajeros. Pero esto exige esfuerzo, algo que no parece estar demasiado valorado en la actualidad. Así una gran mayoría de personas aceptarán como verdades cosas que quizás no lo sean, solamente por el hecho de que son proclamadas por el medio que habitualmente oye o lee. Sería una clara muestra de amor a la verdad el que mantuviéramos abierta nuestra duda sobre lo que se nos dice desde unos medios u otros. La verdad no es cuestión de consenso, ni de votos, ni siquiera de sentencias judiciales. Siempre pueden aparecer pruebas en contrario, recordemos el caso Dreyfus.

Si algo se cree como verdad sin serlo, resulta verdad en sus consecuencias y esto es grave. No se puede construir ningún orden justo desde la mentira y vemos, con pena, como se manipula la historia, se la falsea, se la utiliza como base de adoctrinamiento al servicio de intereses partidistas. Son mentiras, o al menos verdades dudosas, las que repitiéndolas desde las clases de preescolar hasta las universidades y amplificándolas a través de los medios de comunicación, tienen la consecuencia de legitimar unas opciones políticas determinadas silenciando otras por todos los medios posibles.

No me parece que sea la búsqueda de la verdad lo que se intenta al reescribir la historia de nuestro pasado reciente, para abrir viejas heridas y enfrentar a los españoles. Es loable querer saber la verdad pero sumamente peligroso manipularla con deseos de revancha.

Dice el Evangelio que la verdad nos hará libres. Es la libertad de quien no deja de razonar por su cuenta con la máxima honestidad. Si no buscamos esforzadamente la verdad, terminaremos manipulados por los intereses inconfesables de todos los mentirosos. Y si no podemos comprobar la verdad de lo que nos dicen, por favor dudemos.

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Publicado el miércoles 4 de octubre de 2006 a las 03:43 horas.
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