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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

En el 125 aniversario de Picasso

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 4 de octubre de 2006, 22:02 h (CET)
“Pablo Picasso nació en Málaga
y halló un palito en el Perchel
que se convirtió en pincel.
Al pincel le salió una hoja,
a la hoja le salió una flor,
a la flor le salió un pintor.”


Rafael Alberti

Decimos genial la personalidad de Picasso por su arte, como la de esos otros geniales pintores (Goya, Velázquez, Rembrandt, Tintoretto... ) por su violencia maravillosa que no elude el espanto trágico de la muerte a fuerza de estar viva. Que suspende, que arrebata nuestro ánimo colocándonos por la verdad erótica de su forma sobre el abismo luminoso y tenebroso de la vida.

Lo que más nos sorprende al reflexionar sobra la personalidad y la obra de Picasso es ésta que decimos su afirmación erótica: la enorme fuerza poderosa de su constante realización en el tiempo, siguiendo el conjunto de su obra misma. Ha sido esa larga vida personal de Picasso la que le ha dejado lograrse enteramente en la plena realización de su obra.

Podemos establecer por el artificio de una evolución en el tiempo –y en su propio tiempo- tres etapas de su vida que decimos de su “ensimismamiento”, su “enfurecimiento” y su “entusiasmo” o “endiosamiento” final. Como si hubiera tres Picassos sucesivos, siempre diferentes y siempre iguales o fieles a sí mismos: Picasso ensimismado, Picasso furioso y Picasso entusiasmado o endiosado. Advirtiendo que este “endiosamiento” no es el del pintor en sí mismo sino, por el contrario, fuera de sí. Evocamos a Velázquez, a Rembrandt , a Goya... como a pintores que sucedió esto mismo.

De estas tres etapas, que artificiosamente separamos para su mejor entendimiento, podemos elegir este o aquel lienzo como el más significativo para caracterizarlas. Y así nos parecerá evidente a los ojos que de un primer Picasso, el ensimismado, pudiera darnos definitiva expresión cualquiera de sus mejores lienzos cubistas (el de “Los músicos”, por ejemplo, mejor aún que el del retrato de “Las señoritas de Avignon”). De la segunda etapa sucesiva, la de Picasso enfurecido o furioso, ningún otro lienzo mejor que el magistral de “Guernica” para señalárnoslo. Finalmente, del último Picasso entusiasmado o endiosado en el que, a nuestro parecer, culmina su obra toda como su proporcionalidad misma, señalaríamos su gran lienzo admirable de las “Meninas”.

Pero no olvidemos que junto a sus lienzos magistrales la obra de Picasso por su vitalidad misma, por esa prodigiosa explosión erótica de la vida que nos manifiesta, en cada una de sus diferentes etapas, en cada uno de sus lienzos, va acompañada siempre de otras manifestaciones menores que diríamos que la complementan y enriquecen. En otros lienzos, litografías, etc., sin contar su obra escultórica.

A veces nos parece que es en esta parte de su obra paralela y complementaria donde su personalidad se evidencia más claramente. Donde se nos hace más expresiva. No parece que no hubo jamás otra mano más asombrosamente dotada para decirnos por un solo trazo decisivo la vida misma en toda su profundidad misteriosa, que lo es la del amor: la de su afirmación erótica explosiva que, por serlo, se amortigua a los ojos por su forma, por su expresión exacta, como la del fuego por la llama. La triple llama de la pintura de que no s habló el poeta Apollinaire, y a propósito de la pintura de Picasso precisamente.

Ningún Picasso nos parece más Picasso, esto es, más verdaderamente él, más extremado y absoluto, que este Picasso último. Lo “extremado” es en nuestra lengua expresión de suprema o sublime perfección posible. Este Picasso que se extrema a sí mismo, en la etapa de su entusiasmo o endiosamiento, por el que desnuda su erotismo esencial, nos parece que alcanza, en efecto, la última, la suprema, la más extremada y veraz expresión de sí mismo, traspasando la frontera de su furia o enfurecimiento para darle alcance a este entusiasmo divino.

El Picasso que tan “profundamente ve la poesía” es este de sus realizaciones últimas el que nos parece, decimos por extremado, más absoluto, más evidente, más Picasso. Y hoy, podemos decir con el poeta: “Una vez en la tierra existió una edad maravillosa / a la que llamaremos picassiana”.

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