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Etiquetas:   A pie de calle   -   Sección:   Opinión

Pulgarcito ya no existe

Paco Milla
Paco Milla
miércoles, 4 de octubre de 2006, 22:02 h (CET)
Era martes, pero en el “cole” había puente. Los padres tuvieron que marchar al trabajo. Una vez mas, delegaron sus funciones en el abuelo, ex--picador de carbón, durante 40 años y con tercer grado de silicosis. El “güelito” Tino, contaba a sus dos nietos, el muy solicitado cuento, por parte de los pequeños, a la luz de la chimenea, dado que el otoño, ya había presentado sus credenciales.

Su hijo, el treintañero Marcelino, también trabajaba en la mina. El mismo día que salió su padre, entró él. Era un derecho adquirido. Entre la tercera y cuarta galería a 400 metros de profundidad, discurrió su adolescencia y juventud. Lo conocí bien, puesto que me casé con su hermana.

A medida que avanzaban los días de su vida, se le veía mas cabizbajo y amargado, ignorando todo su entorno el motivo.

Solo cuando jugaba con sus pequeños, parecía encontrar la felicidad.
Solía pintarse en los pulgares ojos, nariz y boca y fingía voz infantil, que por aquello de la magia de los oyentes, pasaban a pertenecer a “los pulgarcitos” de papa.

Un día se enteró, de que uno de sus compañeros había sido definitivamente jubilado por la perdida de un dedo y desde entonces… “su lavadora, no paraba de centrifugar”.

La manguera del oxigeno, tiene la particularidad, de que además de traer un poco de aire respirable a la quinta galería, anestesia de forma inmediata cualquier miembro.

Aquella fría mañana, la dirigió hacia su izquierda, hasta que dejó de ser el dueño del apéndice. Un suave golpe con “el hachu” hizo que su pulgar cayera a tierra como trozo de cristal… entero durante la fractura y el vuelo… y en mil pedazos tras el aterrizaje, dejando escapar sólidas gotas de sangre congelada.

Al mes llegó la noticia de que tras la recuperación, habría de volver, pues la mano izquierda no es importante, siendo diestro en la faena de extracción.

Dos meses después y por una “enorme casualidad” el pulgar derecho hizo el mismo “vuelo” y curiosamente esta vez… además de gotas sólidas de sangre, también tocaron el suelo varias de agua salada, que provenían de sus ojos.

Ayer, cuando le saludé, eche de menos en el apretón de manos algo, que no supe bien que era, pero cuando sus pequeños le pidieron el cuento de “los pulgarcitos que hablan”, solo comentó en baja voz… “los pulgarcitos”… ya no existen, os contaré otro cualquiera.

Y cogiendo el camino hacia lo alto del monte, donde viven, cogió de las manos a cada uno de sus pequeños, que a falta de los pulgarcitos, abrazaban cuatro dedos, que no es poco después de dieciocho años bajando al pozo.

Según caminaban, se escuchaba una canción: Pulgarcito ya no existe… marchó a otro lugar… papaito esta contento… ahora toca… disfrutar.

Y los niños, sorprendidos, reían, ante las carcajadas de su progenitor.

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