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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El hombre se castiga a sí mismo

José Vicente Cobo
Vida Universal
miércoles, 4 de octubre de 2006, 22:02 h (CET)
Dios nunca castiga. El hombre se castiga a sí mismo, pues los efectos que tiene que experimentar en sí mismo, en esta vida terrenal o en los ámbitos de las almas o en las futuras encarnaciones, los ha creado él mismo: quien hace una y otra vez lo mismo o algo parecido en contra de la ley de la libertad, contra el amor eterno, quien por tanto actúa contra la ley de Dios con los mismo pensamientos y palabras, se acerca a un punto en el que empieza para él la catástrofe: sufrimiento, enfermedad o necesidades.

Pero eso todavía no lo es todo; la desgracia que surge de la ignorancia espiritual llega mucho más lejos: dado que el hombre no conoce las interrelaciones causales de siembra y cosecha, de causa y efecto, su experiencia llena de dolor y sufrimiento no le puede servir de enseñanza, o apenas, pues le falta el conocimiento espiritual fundamental, la base para el autorreconocimiento. En lugar de investigar sus propios errores, su culpa o su parte de culpa, la mayoría de las veces echa la culpa exclusivamente al prójimo, le acusa, e condena y le juzga, aumentando así la medida de su propia carga en lugar de liquidar parte de ésta.

Nosotros conocemos el camino del plazo de prueba para reparar lo causado, que es el camino del autorreconocimiento, de la purificación y del “no hacerlo más”. También existe el camino de la expiación: saldar culpas sufriendo aquello que el hombre ha hecho previamente a otros. Pero sin el reconocimiento del propio comportamiento erróneo, de la propia culpa, no es posible la disolución de este potencial negativo de energía. ¿Cómo se ha de reconocer el hombre en las adversidades experimentadas si no sabe que según la ley de siembra y cosecha él mismo es el causante?

Por consiguiente todos los dolores y sufrimientos se han sufrido en definitiva para nada; toda necesidad, toda miseria se han sufrido para nada si no conducen al reconocimiento y al cambio; ¡y en este mundo y en los ámbitos de las almas se ha sufrido y se sufre mucho!

¡Vemos qué funestas y profundas consecuencias ha tenido hasta hoy la decisión del año 553 en Constantinopla para muchos, muchos hombres, también para la moral y la ética en la vida privada y pública! La fuerza redentora del Cristo de Dios sólo puede actuar en una medida relativamente pequeña porque, por ejemplo, “la sola fe basta”; con ello además todo conocimiento espiritual, toda experiencia de Dios, toda vida interna, religiosa, se declara superflua, nula y nimia. Desde Constantinopla no “cristiano” al fin y al cabo ya no es cristiano, sino que el “cristianismo” es una herramienta, un instrumento en las manos del contrincante de Dios, del adversario, de las tinieblas”.

La Ley de siembra y cosecha, que es indicación de la reencarnación, es la justicia de Dios y no menos Su gran amor, que da al hombre y al alma la oportunidad de perdonar y de reparar actos contrarios a la ley divina para liberarse de la carga y del peso que hemos impuesto a nuestra alma. Si nuestros aspectos pecaminosos están purificados, si nuestra culpa ha sido saldada, la consecuencia de ello s que el alma y el hombre tienen una vibración más elevada, pues todo es irradiación, es vibración, para que entonces, cuando haya llegado el tiempo de desencarnar, regresemos con ligereza y rapidez al reino de sustancia sutil, eterno, que es nuestro Hogar eterno.

La reencarnación, el volver a tomar un cuerpo, da pues al nuevo hombre la posibilidad de reparar, es decir, compensar errores que ha hecho en existencias anteriores.

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