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Hungría y Polonia, puestas a prueba por la desestabilización política

Yuri Filippov
Redacción
martes, 3 de octubre de 2006, 00:38 h (CET)
Las violentas protestas en Hungría resultaron tan inesperadas para observadores europeos que en los primeros momentos ellos no sabían a que atenerse. Esto viene a ser demostrado por las proporciones de la divulgación de la versión de que los disturbios en Budapest fueron provocados por las ominosas manifestaciones del premier húngaro Ferenc Gyurcsány de que el gobierno socialista que preside “cometió un montón de graves errores”, era “el más torpe de Europa” y “mentía las 24 horas del día”. Pero las causas reales de los violentos enfrentamientos de muchos miles de manifestantes con la policía en el centro de esta capital europea son más profundas.

Desde Rusia estos acontecimientos se perciben con especial claridad. Aquí la revalorización de la política gubernamental de la década del 90 se ha realizado y se realiza a mano dura. Sin embargo, esa práctica, lejos de desembocar en disturbios y revoluciones, a veces ni siquiera conduce a escandalosas dimisiones ni a la desaparición de la élite política y empresarial de las figuras que cometieran graves errores en la década anterior, pero hoy han reconocido directa o indirectamente sus errores. Han confesado haber inducido a error a sus conciudadanos. A este respecto conviene señalar que los errores rusos han sido mucho más graves que los húngaros. Baste mencionar la hiperinflación, la reducción al doble de la producción industrial, la crisis financiera nacional de 1998 que llevó a congelar los depósitos bancarios en divisas de la población y, como colofón de las calamidades, a la sangrienta guerra chechena en 1994-96 desembocada en prolongado conflicto habiendo convertido por un período la república en cabeza de puente del terrorismo internacional.

Se podría proseguir con los paralelismos entre Rusia y Hungría. Tras haber criticado la política de los años 90, el gobierno de Rusia comenzó a practicar las reformas de derecha liberal bastante duras (ahora son más sopesadas que antes), análogas en muchos casos a las que devinieron fatales para el gabinete socialdemócrata de Ferenc Gyurcsány. Se dio comienzo a la reforma en el sector de energía eléctrica acompañada de la chocante subida de las tarifas de electricidad para la población, pues ahora en Rusia los métodos de mercado se implantan en el sector social: la educación, la salud pública, la economía y el servicio comunal y de vivienda. Al principio, la sustitución de privilegios sociales por compensación en metálico condujo a las manifestaciones de protesta, pero lo sucedido en Rusia no tenía nada en común con lo de Budapest, y después de que el gobierno reconoció sus errores y aumentó la financiación de las reformas monetarias, la tensión dejó de ser aguda.

Naturalmente, las políticas de Rusia y de Hungría acusan substanciales diferencias. Por ejemplo, Rusia practica el rumbo de centroderecha impugnado, en lo fundamental, por las fuerzas de izquierda, mientras que en Hungría el poder pertenece a la izquierda, a la que amenaza la derecha. Pero la diferencia principal es distinta y acusa también el carácter netamente político. A principios de los años 2000, en Rusia fue conseguido el consenso socio-político, una especie de convenio público que hizo posible seguir realizando las reformas económicas, normalizar la situación en Chechenia, desactivar el peligro de separatismo y desintegración del país y suavizar en grado sumo el descontento social que tiene sobradas razones en Rusia: el 20% de su población vive al borde de la pobreza. El presidente Vladímir Putin dedicó casi todo su primer mandato a consolidar la sociedad, revelar y determinar el derrotero político, lo que hizo posible equilibrar la situación para seguir avanzando sin temer crisis políticas.

Actualmente, Rusia se avecinda a las elecciones parlamentarias (diciembre de 2007) y a las presidenciales (marzo de 2008) llamadas a demostrar hasta qué punto sigue siendo estable el consenso social en los momentos cruciales de la vida política del país.

Lo sucedido en Hungría ha demostrado la falta del consenso en el país y, además, la falta de una firme cultura política y un código ético de la conducta de sus políticos. Si Gyurcsány reconoció haber mentido durante más de un año, que a causa de ello “estuvo a punto de morir” y sigue insistiendo en que “mentía durante un año y medio”, los líderes de la oposición de derecha liberal estimaron posible unirse a numerosos cabezas rapadas, extremistas y otros elementos antisociales reunidos en la Plaza Kossuth.

El hecho de que Hungría es miembro de la Unión Europea desde 2004 no podrá garantizarle la inyección instantánea de alta cultura política ni de consenso público.

Análogos acontecimientos se observan ahora en la Polonia de hoy donde la crisis estalló cuando salieron a flote las intrigas políticas entre bastidores, bastante sucias, lo que degeneró en la desintegración de la coalición gobernante. En la agenda del Parlamento figura la votación de confianza al gobierno de Jaroslaw Kaczinsky y, probablemente, las anticipadas elecciones parlamentarias.

Al ser ampliada en 2004 según la fórmula 15+10, la Unión Europea absorbió un abanico de países sumamente complicado, intranquilo y bastante impredecible en lo político. Además, precisamente en lo político, pues la economía minuciosamente examinada en la UE es menos importante a este respecto. Pone en guardia el que los nacionalistas y populistas de muchos Estados recién admitidos en la UE tienen posiciones muy fuertes. Un ejemplo descollante ofrecen los hermanos Lech y Jaroslaw Kaczinsky, primer ministro y presidente de Polonia, respectivamente, que ganaron las elecciones a costa de la activa retórica nacional-populista.

El problema se mantiene. Los regímenes políticos de los países situados en el espacio que media entre la “Europa vieja” y Rusia, denotan inestabilidad interna. Muchos políticos y parte de su población se muestran dispuestos aún a buscar solución a sus problemas no en el parlamento sino en las calles, recurriendo al uso de la fuerza. Esto quiere decir que todos esos países habrán de recorrer el camino que conduzca a la estabilización política.

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Yuri Filippov, para RIA Novosti.


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