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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El lazo rojo

Francisco Arias Solís
Redacción
martes, 3 de octubre de 2006, 00:38 h (CET)
“¿Dónde está la utilidad
de nuestras utilidades?
Volvamos a la verdad:
vanidad de vanidades.”


Antonio Machado

Cuando las tropas alemanas invadieron Holanda en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial y decretaron que todos los judíos exhibieran su condición de tales cosiendo en sus vestidos una estrella amarilla, el rey de aquel país apareció en público luciendo la estrella de David bordada en su chaqueta. Pronto muchos ciudadanos holandeses siguieron el ejemplo de su rey y aquel grito callado de “yo también soy judío”, redujo a papel mojado el infamante decreto de las tropas de ocupación. Este histórico gesto de solidaridad con los perseguidos ha inspirado la campaña del lazo rojo en contra de la discriminación social que padecen los enfermos de SIDA. Llevarlo en el pecho es un acto de valentía al proclamarse un enfermo más, para paliar así la marginación de los afectados por esta enfermedad. Ocurre sin embargo, con bastante frecuencia, que el esnobismo y el afán de estar a la moda bastardean un gesto noble, gallardo y hermoso.

Desde el mes de octubre de 1992 en que Liz Taylor recibió en Oviedo el premio Príncipe de Asturias de la Concordia adornada con uno tachonado de brillantes, el lazo rojo ha entrado en la categoría de los complementos para fiestas. Se ven de raso, de seda, bordados, con pedrería; también los hay de artesanía, de diseño, de alta costura. Me cuenta un amigo del mundo de espectáculo que recientemente asistió a la fiesta más sonada que este año se ha dado en nuestro país. Allí estaban las caras más guapas de la prensa del corazón. Pero en esa ocasión nadie lo llevaba excepto mi amigo. En un momento se vio arrebatado por un político muy conocido por sus ideas progresistas que lo llevó a un rincón y le increpó: “¡Quítate el lazo ahora mismo! ¿Cómo se te ocurre traerlo puesto? Aquí es como mencionar la soga en casa del ahorcado”. Al parecer, entre los presentes estaba algún sospechoso de llevar el virus en la sangre. “Al oír eso, cogí mi abrigo y me fui asqueado”, concluyó mi amigo.

Y es que para muchos famosos el lazo no es un compromiso con los que sufren sino un medio más de promoción personal, como lo han sido en ocasiones los esqueléticos niños de los “países del hambre” para la estrellas del séptimo arte. Ponerse un lazo rojo beneficia, sobre todo, a la propia imagen de quienes viven del público. Pero en privado nuestros modelos sociales se amoldan a la realidad. Una realidad que todavía considera la enfermedad como una humillación. Cuando estamos sanos, sin otra infección que la de la vanidad, llegamos a creernos que somos eternos y huimos entonces de cuanto nos recuerde nuestra condición de seres caducos. El gesto de defensa ante la simple sospecha de que podamos hallarnos en horas bajas se refleja hasta en nuestro lenguaje coloquial. Cuando se nos pregunta “¿cómo estás?” respondemos “bien” maquinalmente y esbozamos una sonrisa aunque nos estemos muriendo. Sabemos que nadie quiere rostros dolientes a su alrededor. Que el enfermo es un perdedor al que todos esquivan.

La moda del lazo rojo distintivo de una solidaridad que no se siente, que no compromete es una burla a nuestros semejantes afectados de una enfermedad de la que nadie está libre, y como tal debe ser denunciada. Cuando alguien exhibe el lazo cuando le interesa y en privado lo llama soga, nos hallamos ante un tipo de seropositivos morales que son los verdaderamente peligrosos para la sociedad y, por tanto, dignos de la prevención que ellos manifiestan hacia los enfermos. Y como dijo el poeta: “Bastante castigo tiene / el que se quiere así propio, / con no saber lo que vale / el querer bien a los otros”.

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