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Pinceladas del derbi

Luciano Sabatini
Luciano Sabatini
martes, 3 de octubre de 2006, 00:47 h (CET)
Quizá sea uno de los partidos más esperados del año, para los madrileños, madridistas y no tan madridistas ni madrileños. Y también quizás el caprichoso calendario nos lo haya traído demasiado pronto, en esta quinta jornada. No decide la liga, y al final se ponen en juego tres puntos como en un partido más, pero el derbi entre Real Madrid y Atlético es un partido único, especial.

Esta vez se enfrentaban la ilusión y la renovación conceptual del Atlético, que apuntaba ciertas maneras en las pocas jornadas disputadas, y el disgusto y el enfado de los madridistas por el juego de los suyos, en las mismas jornadas. De todas formas los blancos cuentan con ese plus que es la historia, y que aunque en muchos casos está para romperla, parece que a los atléticos, especialmente a Fernando Torres, se les hace un partido cuesta arriba, con cierto aire a maldición. Siete son los años que lleva el atleti si ganar a su eterno rival en estos derbis, y visto lo visto la historia no tiene visos de cambiar por ahora. Con estos antecedentes el partido no ha defraudado a los agoreros. El Madrid ha jugado mal, hasta donde ha podido o le han dejado sus aficionados encolerizados, y el Atleti ha intentado hacer ese juego sencillo, práctico pero preciosista que predica el “vasco” Aguirre.

Para el análisis queda el juego de los blancos: un equipo que no sabe tener la pelota no puede jugar bien. Emerson y Diarra no son jugadores que puedan sostener la responsabilidad creativa ni de un equipo regional, y la responsabilidad recae toda en Guti, que recordemos, tampoco es medio centro. Así Luccin, Maniche y Mista tenían bien claro donde pegarle al Madrid, y vaya que si lo han hecho, pues acabaron parando a José María Gutierrez de forma barriobajera, “si pasa el balón no pasa el jugador”. Las doce faltas sufridas y cuatro tarjetas forzadas por el canterano hablan por sí solas.

Raúl quizás no vuelva a ser el de antes pero se esfuerza. Digamos que en su boletín de notas del curso se le podría poner un PA (progresa adecuadamente). En el partido ha hecho más kilómetros que el resto de sus compañeros juntos, ayudando desde atrás, en la transición, en el apoyo en corto, y el la finalización de la jugada. Al menos eso ha intentado. Si Luis quiría motivarle con su no inclusión en la convocatoria lo ha conseguido. Del otro lado los atléticos lo han sufrido, materializado su esfuerzo en el gol del empate.

Torres también se ha convertido en un raro espécimen digno de un serio análisis. Quizá sea el delantero más en forma de todos los nacionales de nuestra liga, pero en estos partidos no es ni la mitad de la mitad de lo que puede ser. Obsesionado en el regate y obcecado con el gol, acabó por perderse en luchas personales con su par. Y como no estaba inspirado con el balón probó suerte en otro espectáculo de masas, el teatro. Viendo la jugada de la expulsión de Sergio Ramos uno siente vergüenza ajena. Si bien es cierto que Ramos forcejea con él, y el atlético cae, en ningún momento le toca la cara, para que éste se revuelva en el suelo y llore como el “niño” que dice ser. De las pocas afirmaciones coherentes de Capello en el derbi: “esas actitudes había que sancionarlas”.

¿Y los entrenadores? Aguirre ilusionante, sobre todo porque ha cogido a un equipo en crisis o maleficio desde hace años y está consiguiendo cambiarle la cara. El “vasco” no da demasiadas concesiones al espectáculo, pero como escoge a los mejores (con permiso de las suplencias del “kun” Agüero), el buen juego acaba por salir. Mientras Capello a lo suyo: “Emerson va a acabar triunfando en el Madrid”, y válgame Dios que no será por incomprensibles oportunidades. Si el equipo se queda con uno menos y voy empatando en mi campo, saco un central, que seguramente así encontraré el camino del gol, y si necesito creación en el medio, sustituyo al único jugador que me la da, Guti. El resto balones largos del medio a que Van Nistelroy los pelee. El palmarés del italiano es indiscutible pero incomprensible.

Entre pundonor y coraje de unos, fichas blancas, y el miedo escénico y la inoperancia de otros para matar al rival de los rojiblancos, no podía resultar más que un empate, uno de despropósitos.

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