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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Profundidades de la conciencia

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 2 de octubre de 2006, 01:51 h (CET)
Un apasionante misterio sin resolución, aunque los adelantos proliferen y las pretensiones apabullen. Nos movemos entre unas minúsculas moléculas con agua y sal, también con algo de grasa. Permiten enlazar las percepciones, establecer un asiento para los pensamientos. Nos fascina la maravilla y nos atrae lo inalcanzable de sus particularidades. Cualquier investigación en este terreno, capta la atención y suele abrir polémicas por lo incompleto del conocimiento.

La revista Nature (14 de septiembre) plantea de nuevo la cuestión, a la luz de recientes descubrimientos en torno a las percepciones y respuestas detectadas en sujetos con criterios diagnósticos de estado vegetativo. ¿Hay restos de conciencia? ¿Podemos considerar como conscientes a los restos vitales detectados? ¿Cómo acercarse con precisión a los detalles de su funcionamiento? Se trata de un intrincado camino, en él cualquier conato de luz será bienvenido.

El reciente estudio que reactiva estos conceptos ha sido efectuado por Adrian Owen (Cambridge). Lo lleva a cabo en una accidentada de 23 años, confirmado su estado vegetativo al comprobar los criterios diagnósticos habituales, pruebas efectuadas, desconexión con respecto a su ambiente pese a los intentos, etc. En estas condiciones le someten a una serie de estímulos exteriores, voces, sonidos e imágenes; obteniendo registros por Resonancia Magnética con claras modificaciones de la imagen cerebral. Además, esas imágenes se comparan con las obtenidas en sujetos normales voluntarios sometidos a estímulos similares. Estamos ante una imagen provocada por la respuesta cerebral ante la percepción del estímulo, son similares en sujetos normales y en el paciente desconectado del medio por su estado vegetativo. La joven accidentada cambian alguna función de sus células cerebrales ante la capatación de voces e imágenes.

El descubrimiento es preciso, novedoso, al captar esas imágenes con técnicas radiológicas. ¿Qué significa realmente? El debate sobre la posible conciencia o no de estos pacientes vegetativos sigue abierto totalmente. Las señales detectadas son un hecho aislado. Desde el Imperial College de Londres matizan la cuestión trás los hallazgos mencionados. Se han identificado regiones del cerebro que participan en la respuesta del organismo ante esas llamadas desde el exterior, quizá se trata de consumo de oxígeno por esas células, pero eso no es suficiente para la afirmación de una conciencia real, como tal, en ese paciente. Ni siquiera llega a demostrar, como necesaria, la participación de esas estructuras para que se alcance la conciencia. Valorando la novedad e interés del estudio, no se debe afirmar más de lo comprobado.

Cometemos muchos excesos a la hora de las definiciones, con tres o cuatro pinceladas tratamos de abarcar todo un mundo. Con la CONCIENCIA y su definición suele darse esas exageraciones. Resulta una precisión utópica eso de expresar nítidamente los límites y arcanos de lo que significa la conciencia. Hablamos de señales físicas o bioquímicas, tal como sucede en el trabajo de Owen con la Resonancia. Nos referiremos a términos psíquicos y elaboración de pensamientos o respuestas; entrando ya en un terreno virtual, por eso no menos real, pero evanescente, sólo alcanzable por destellos ocasionales. Sin olvidar esa especie de trasfondo generador, último bastión; permanente impulso de la conciencia y de la vida.

Aquí llegamos a toda una exigencia de humildad, un rotundo pronunciamiento, un NO LO SABEMOS. Sacaremos a relucir la intuición, instintos, ¿Qué son estos al fin?. Disfrutaremos de la maravillosa dinámica de una elaboración continua y sugerente, pasajera -¿Duración?- y constituyente nuclear de la experiencia vital. Con todo esto y tanto más como se pueda ir arguyendo, las señales externas no pasan de signos indicadores; será muy intrincado eso de atribuirles otro valor. Somos así, modestamente habrá que funcionar con algunos saberes y notables ignorancias. Se suele descubrir algo y, como consecuencia, se abren muchas más incógnitas nuevas.

Esperemos que el carnet por puntos aminore la cifra de ciudadanos con esas secuelas del estado vegetativo. Sean consecuencia de accidentes o bien incluyamos las enfermedades, plantean sufrimientos sin límite y penalidades. Ocuparon las noticias mediáticas casos como el de Terri Schiavo, pero por desgracia en cada pueblo tendremos ejemplos similares. Todos ellos nos lanzan a un enérgico debate moral, sobre los posibles signos indicadores de una cierta esperanza y sobre sus repercusiones a la hora de valorar las oportunas medidas encaminadas a obtener su recuperación ... y el tiempo que se deban mantener. Casos tristes y gran sensación de impotencia.

La legalidad funciona con unos plazos, lo más ajustados posible, porque de alguna manera se ha de concretar. Puede ser la mejor ley posible, pero no confundamos las medidas y el número de días transcurridos, como la culminación de esos saberes, Una tendencia muy común, es la de precipitarse a la hora de establecer conclusiones generales a partir de un hecho aislado. Un dato es sólo eso; como ocurre con el experimento comentado hoy. Las diferentes fases e intensidades del proceso pueden variar en cada paciente; no podemos tampoco precisar el carácter transitorio o fijo de las alteraciones captadas. Dudas, zonas neblinosas y especulaciones.

En la revisión comentada (Nature) también se menciona una evolución de las lesiones cada vez mejor conocida. Mencionemos las lentas re-conexiones entre las neuronas que subsisten, hasta recuperar contactos entre diferentes áreas cerebrales. A ello debiéramos añadir las posibilidades regeneradoras del tejido cerebral impensables hace unos años. Por lo tanto, el reconocimiento y avances en el terreno de la recuperación impulsan nuevas esperanzas.

Es lógica la gran ansiedad, comprensible ante cuadros tan patéticos. ¿Simples reflejos ante el dolor u otras provocaciones? ¿Hay posibilidades por remotas que sean? Nos perdemos en la profundidad de una conciencia huidiza.

Si pretendiéramos mejores precisiones, el fondo se convierte en un túnel infinito. ¿Qué valor atribuirle a los restos de conciencia en cada caso? ¿Podemos saber con fiabilidad qué es la conciencia? Recibimos con ilusión los nuevos descubrimientos, ¿Ilusos en el sueño de la vida? Predominan en exceso las respuestas pretenciosas y se requieren posiciones humildes fascinadas por la vida.

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