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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El naipe de Don Federico

José Luis Palomera
Redacción
lunes, 2 de octubre de 2006, 01:54 h (CET)
He vuelto Don Federico y no precisamente de Fuente Vaqueros (Granada), he vuelto con bríos fuertes, la cara izada.

Con nada del deber no hecho en suertes, con la letra yerta de ser censurada.

¡Ya ve! Don Federico, dilapidado por ser cruel de frente, ignorado por no tragar las dicciones, borrado del mapa, hiriente, y con la cruz por devociones.

Y todo esto, porque los hombres se inventan solos, por gozar abrasan “peros”, por faldas polvos óbolos y trinares majaderos. Mientras a usted, unos más que otros, le empujaron a los olivos, cortejado de máuseres azahares, que se oprimían cautivos, y esas manos asesinas, que al alba fusilan vivos.

Nada ha cambiado Don Federico, seguimos naciendo de carne tochos, y cien sentidos, creciendo entre los pochos y babas de los paridos.

Creemos saber de vida, controlar las emociones, y toda sangre bebida arrojamos por los balcones.

Así es Don Federico, por ir quemado de sol me echaron y a usted por vivir ayer, le asesinaron. Por irme de un salto al cielo, de nube me agonizaron y a usted por ser además ilustre poeta, el sentir del pecho le ensangrentaron.

Somos parias de la tierra, gusanos recién crecidos, que entre sienes aferramos vivir, estando dormidos.

Y aquel con deje sevillano, primo y vecino villano, plisó el cerrojo en la mano. ¿Recuerda usted, Don Federico? Ah, la traición, siempre afierra por el “pico”.

Creemos ser parte indivisible del cielo, sin darnos cuenta que sin la mano ajena todos hubiéramos perecido entre heces descompuestas.

Y sin embargo aún, amigo Federico, llamamos a la masa belleza, a los gases vientres mismos, a la vista la tristeza, y al defecar sucumbimos.

Somos traidores y amargos. Lloramos al divertirnos. Matamos por los encargos de dioses por definirnos. Esa noche, Federico García Lorca, suspiró la muerte al hielo tres balas de tizas heridas clavaron sus puntas al cielo, los asesinos troneros no lo dudaron, apuntaron, propusieron y fusilaron.

A la mañana siguiente, herían de albahacas ventiscas, del lugar el suelo removían arcillas aricas, hileras y trazos de sangres y un naipe marcado de brisca.

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