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Etiquetas:   Copo   -   Sección:   Opinión

El tiempo

José García Pérez
martes, 28 de enero de 2014, 07:39 h (CET)
    No sé la cantidad de veces que en mis más de 8.000 columnas escritas no aparece la siguiente frase: “parece que fue ayer”. Y lo que son las cosas, hoy hace la friolera de 78 años que se inició el presente de aquel ayer al que creo le queda poco futuro.

    El tiempo permanece impertérrito mientras nosotros pasamos por él, unas veces deslizándonos, en ocasiones luchando y, en mi caso, créanme saboreando el instante, ya saben, esa pizca de tiempo que da sentido a un día y hasta puede dárselo a una vida.

    Porque bien pensado, la vida -no la existencia- y la felicidad son fugacidades, estelas de perseidas que captamos si estamos con los ojos abiertos, bien mirando a lo que nos rodea o bien dándole la vuelta a las órbitas y mirándonos hacia nuestro interior: ese sagrario íntimo que nada más conocemos nosotros.

    El tiempo también deja su huella en las manos. Existen manos limpias pero vacías y hay otras sucias, pero repletas; en las mías, aunque arrugadas, permanecen las huellas de una vida al servicio de otros; son manos que han limpiado supuraciones de heridas en tiempos de visitas a enfermos, de compañía con extraños, de visitas de trabajo a guetos, de amor o intentarlo con los desvalidos. Lógicamente no me refiero a mis años de político, sino a aquellos en los que intentaba llevar una buena nueva al corazón y bolsillo de los desvalidos, a los perseguidos por la injusticia de una Justicia al servicio de los poderosos; lo que son las cosas, me siento orgulloso a los 78 años de edad de mis manos.

    Hoy -bendita palabra-, hoy, en parte, soy desechado por anciano por algunos en los que creí; pero no me encuentro solo: todavía existen personas que confían en mis últimos coletazos; a muchos de ellos y ellas no los he visto jamás, pero he recogido su amistad virtual, esa que se desliza por las redes sociales, en felicitaciones, frases de esperanza, ramos de flores que aparecen en la pantalla de este pequeño ordenador o en mensajes de whatsapp, hasta uno de ellos me ha enviado unas palabras del inmortal Borges sobre “el tiempo”, son, pues, los nuevos amigos; y junto a ellos y ellas, los cuatro de siempre y los parroquianos de ese pequeño bar llamado Gran Vía, y algún verso suelto o una roja gaviota que anda volando espacios de sueño.

    Gracias a ellos y ellas, y, lógicamente, a los de la misma sangre y a la compañera de toda la vida, me siento feliz y abrigado.

    Seguimos, amigos y amigas, porque como decía Jaubert: “La vejez no roba al hombre dotado de talento sino aquellas cualidades inútiles a la sabiduría”, y un servidor, lo escribo de corazón, soy sabio pero no un mera enciclopedia, sino sabio, o sea, capaz de seguir “saboreando” la vida.
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