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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Aula hospitalaria

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 1 de octubre de 2006, 05:35 h (CET)
Número 1 de la calle Caracola. La madre y el niño acaban de llegar a la planta de Pediatría del Hospital General. Él enfermo, pero tranquilo; ella un poco nerviosa, pues es para él su primer ingreso. De inmediato, una señorita, no de bata blanca sino de uniforme colorista de muñequitos, les sale al paso y les ofrece el mejor servicio de habitaciones como si se tratara de un buen hotel de varias estrellas. Sin embargo, ellos saben que no es lo mismo, que sólo es una habitación confortable de un hospital, si eso es posible. Sin dar apenas tiempo para tristezas o lamentaciones, entra un simpático profesor que toma al niño de la mano y se lo lleva a la escuela. No importa si es la hora o si el niño puede o quiere estudiar en ese momento, ésta es una clase especial, tan especial que en ella todo es diferente.

Lo primero que hace el niño es comenzar a diseñar una mascota para un concurso de animales, bien podría ser la mascota del aula pero casualmente se llama Kissi y es la mascota real de su amiga y compañera de clase, no compañera de hospital, sino amiga de la otra clase del colegio. Kissi se ha convertido ahora en una mascota de papel realizada a témpera y convive ya con toda la fauna que puede habitar en una aula de estas características. El niño toma una tiza de color y resuelve cuentas y cuentas como el problema del 8 que él mismo se inventa para recordar propiedades de las operaciones: 8 más 8, menos 8, por 8, entre 8, igual a 8. Pero el profesor sabe que el niño no está ahí para resolver problemas sino para que se los resuelvan y que el tratamiento no tardará en interrumpirle, y así deja en brazos de la madre todo un cargamento para llevarse a la habitación y tener el material más cerca. Ricardo Celestino que así se llama el profesor, sabe que el niño depende de su salud para poder asistir a esta aula tan imaginativa y le invita por unos segundos a saludar por medio del ordenador por videoconferencia a otra profesora de un aula parecida, que se encuentra a muchos kilómetros. Le enseñan la mascota dibujada por la camarita pero al niño le llegan los primeros cuidados médicos y debe abandonar el aula.

Ya con el material en la habitación el niño dispone de una pequeña pizarra, papel y rotuladores para continuar expresándose de manera plástica. También un tablero de parchís y de oca pero el niño no tiene ganas ni de tirar los dados. La madre en su espera repasa las páginas de la revista plastificada “Crialíos” donde otros niños, como su hijo, cuentan un cuento o explican de una manera mágica su paso por el aula. Y, por supuesto, quedan citados para el día siguiente.

A la mañana, devuelven el material y el niño explora toda el aula. Tira dardos, juega a los videojuegos educativos, envía un mensaje con foto al profesor y a los compañeros de su colegio, al otro profesor claro, y enseguida diseña en la pantalla un nuevo escudo de fútbol que deja allí grabado. De nuevo, los cuidados médicos interrumpen la visita del aula, el profesor está acostumbrado a que los niños entren y salgan a cada minuto, difícil tarea docente para él pero necesaria y gratificante para el niño enfermo. El niño sale. Otro niño pasa a la zona de informática. Ahora, una niña magrebí entra con sigilo, la acompaña su madre que lleva en sus brazos a un bebé pequeño. Y el aula a todos alberga, en horario de colegio, es hospitalaria a cualquier hora y en cualquier momento. Desde allí se coordina si el pequeño paciente debe recluirse en el domicilio más de un mes, además otra profesora se encarga de los pacientes, en su mayoría de género femenino, de la Unidad de Bulimia y Anorexia. El niño es dado de alta, se va a casa, han sido pocos días, no se ha despedido del profesor y decide enviarle un e-mail para darle las gracias.

Es hospitalaria el Aula Hospitalaria, no podría llamarse de otra forma.

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